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Rompió ataduras con el don de la fe

Araceli M. Cantero
La Voz Católica

 

SANTA CLARA, Cuba--Su nombre dice bastante: Vladimir López. Es un joven educado por la revolución cubana y con 17 años no había puesto un pie en la Iglesia. Su padre, un militar de alto rango, acababa de morir y él reconoce que "de Dios no sabía absolutamente nada. Los templos eran para mi lugares misteriosos, fachadas sumamente curiosas y puertas que llevaban a los desconocido, a lo prohibido."

Hasta que un día rompió esa barrera del miedo y acudió a la invitación de un amigo para ver una película en una parroquia de Santa Clara.

Aún hoy recuerda la angustia que sintió al subir la escalinata de la Iglesia. "Me invadieron temblores, tan arraigada estaba en mi la convicción de lo que iba a hacer era ilícito. Quería dar la impresión de que pasaba por allí casualmente y sólo se asomaba a curiosear. Sentía sobre si la mirada de miles de conocidos que le echarían en cara el delito:"Te vi entrando en una iglesia."

Vladimir se preparaba para una brillante carrera científica y su familia trató de abrirle los ojos ante las consecuencias y la "verguenza en que sumiría a miembros importantes de mi familia."

Pasaron los meses y en una parada de autobus escuchó una conversación sobre una Misa importante en la catedral. Así fue que Vladimir asistió a su primera Misa Chrismal. Recuerda que las raíces del materialismo en su mente se estremecieron hasta la médula. Y mientras observaba se decía que toda aquella gente no podía estar equivocada, "los sacedotes no me parecían realmente embaucadores que trataban de engañar al pueblo, al contrario parecían todos disfrutar a plenitud la presencia intima de Dios. Sí, definitivamente Dios existía."

Al mirar a los jóvenes le impresionaba que practicaban abiertamente la fe. " No parecían menos inteligentes ni más confundidos que yo..." Y mientras pensaba todo esto alguien le tocó en el hombro. "Ya me han reconocido," pensó. "Quieren verme bien la cara."

Y cuál fue su sorpresa cuando alguien le dijo: "la paz de Cristo hermano." A lo que sólo acertó a responder "mucho gusto."

Desde aquel día se inicio un nuevo camino para Vladimir. Conoció al padre Arturo González y le dijo que quería conocer todo sobre Cristo. Pronto comprendió que , a pesar de su carrera como neurofisiólogo en un Centro de Investigación de la Capital, no tenía por qué disimular su fe.

En la catequesis le dijeron que la fe es un regalo de Dios. "Yo lo entendí muy bien. Yo lo había vivido."