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Y al final... una sorpresa

Araceli M. Cantero
La Voz Católica

LA HABANA, Cuba-- Nunca pensé que el padre Félix Vareal me causara tanto problema al salir de Cuba.

En el aeropuerto José Martí de La Habana había facturado mi pequeña maleta pero al llegar al chequeo electrónico final me la enontré allí de nuevo esperándome. Me resultaba estraño tenerque cargar con ella, después de haberla facturado. Me dijeron que habían detectado un objeto extraño y tenían que abrirla. Me apresuré a explicar que era periodista y seguramente se trataría del cargador del flash o de la pequeña gravadora. Saqué todos los equipos y volvieron a meter la maleta por el ‘ojo electrónico’. Pero el objeto sospechosos seguía allí. Era algo redondo que aparecía en pantalla como una mancha negra. Metieron la mano en la maleta, sacando la ropa y algunos papeles y palpándolo todo. De nuevo el objeto aparecia en pantalla y los mismos empleados del aeropuerto estaban sorprendidos. Les sugerí que pudiera ser el mecanismo de ruedas del maletín, lo que les parecía imposible por la posición del objeto en pantalla.

Ante las miradas de todos los viajeros, se sacó todo minuciosamente, y allí entre las páginas de unos boletines diocesanos apareció algo duro de bronce que yo misma había olvidado tener. El empleado de aduanas me lo enseñó con una sonrisa de alivio. "Aquí está el culpable de todo esto," me dijo mostrándome el medallón de bronce que me había regalado un artista santiaguero.

"¿Sabe usted quién es?, le pregunté. Y fijándose en la inscripción el joven de la raza negra fue leyendo "Padre Félix Varela... No se mucho de él, pero si sé que cuando venga el Papa a Cuba le van a hacer un homenaje, y hasta quizás le hagan santo."