¿A quién ven realmente los demás en nosotros? ¿Cómo aflora en
nuestro rostro nuestra vida interior? La vida no deja mucho espacio para meditar sobre
preguntas fundamentales. El medio ambiente nos "divierte". Explorar nuestro
interior pudiera ser,si se hace con humildad y confianza, una gran experiencia de
conversión, de progreso interior.
La clave está precisamente en el balance, en dejar que la realidad externa nos
interpele profundamente en todo aquello que tiene que ver con lo fundamental de la vida y
en hacer que nuestra respuesta surja de nuestro interior.
Vivir ignorando nuestra voz interior, no solamente minimiza nuestra humanidad sino que
la distorsiona. Todos tenemos la obligación fundamental de buscar, escuchar y discernir
la experiencia desde la "sabiduría" que existe en nuestro interior.
Nuestro ser profundo se expresa tridimensionalmente: la voluntad, el afecto, y el
entendimiento. En cada individuo ese "código" básico está personalizado y
convertido en una especie de "dialecto" muy individual.
Los "valores" no se originan externamente. El entorno tiene un impacto,
beneficioso o destructivo, sobre nuestros valores porque la vida sólo es posible en
intercambio con el ambiente. Los valores proceden de lo más profundo del ser, son el
signo de la misma acción creadora de Dios.
La palabra autonomía (del griego "autónomos") denota la capacidad de
auto-gobernarse. Actuar responsablemente exige desarrollar un grado de autonomía. Y
funcionar autónomamente exige un esfuerzo continuado de búsqueda no sólo
multidimensional, sino también multi direccional, pues se dirige hacia cuatro
direcciones: la belleza, la bondad, la verdad y la justicia.
La vida responsable o autónoma se vive como un proyecto que cada uno va descubriendo
en su relación con los acontecimientos y las personas, incluido uno mismo, y a la luz de
su propia vida interior
En el Antiguo Testamento Yahveh no quiso que los israelitas le representaran con
imágenes. Y ver el rostro de Yahveh causaba la muerte. Quizá Dios quiere que aprendamos
a mirarle en el rostro humano, y el primero es el nuestro.
Esa "epifania" de Dios-en-nosotros requiere que escuchemos desde el mayor
silencio a la voz de Dios en nuestro interior y que la interpretemos en la clave de
Jesucristo: humildad, astucia, mansedumbre de corazón, obediencia, disponibilidad y
dulzura.