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Opiniones

En el nombre del Padre…

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Rogelio Zelada
Director asociado de la Oficina de Culto y Espiritualidad de la Arquidiócesis de Miami

Al entrar en el templo tracé una cruz sobre mi cuerpo y repetí mecánicamente: "En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo".

A mi lado otras personas hacían más o menos lo mismo. Un gesto apresurado y ritual, como de cortesía, algo que hay que hacer de rigor al entrar a la iglesia. Sin poder evitarlo comencé a observar los gestos de las personas a mi alrededor. Algunos cuidadosos y devotos. Otros incompresibles, casi caricaturas de un lenguaje que pretende expresar la fe a través de signos visibles, pero que se ha vaciado de contenido por falta de una buena instrucción litúrgica.

Los cristianos de los primeros siglos tuvieron el privilegio de recibir junto con el bautismo una catequesis adicional, cuando el obispo, en su calidad de liturgista y maestro de la comunidad, los introducía en la mistagógica de los signos aprovechando el fervor y la fiesta de la cincuentena pascual.

A la conversión y el baño bautismal seguía un tiempo de profundizar en aquel lenguaje formado por los elementos: agua, vino, aceite, fuego; por palabras, actitudes, posiciones y movimientos. Por eso todo gesto y toda palabra que usamos en la liturgia alcanza su mejor expresión significativa cuando alguien nos hace conocer su origen.

Todos los católicos hemos repetido centenares de veces la vieja fórmula bautismal recogida por San Mateo: "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". Las decimos para comenzar la misa y para rezar el rosario. Con ellas iniciamos nuestra oración diaria, toda liturgia y todo acto de devoción. Son la palabras de nuestro bautismo que fueron dichas mientras se derramaba el agua sobre nuestra frente para cumplir con lo mandado en el solemne final del Evangelio de San Mateo. Es Cristo quien da la orden y envía a sus discípulos a bautizar a los que crean, " en el nombre de".

Mateo, que escribe en un contexto determinado, usa una expresión que sus oyentes entienden claramente, la frase "en el nombre de". Tomada del uso comercial de la época, dicha frase indica un cambio de dueño, una nueva relación de propiedad o pertenencia. Los recién bautizados deberán expresar con su vida que ahora tienen un nuevo dueño, el Señor. Eso es lo esencial de la vida cristiana, demostrar con los actos que pertenecemos por entero al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

En este año 2000, tiempo trinitario tan especial, trazaré con cuidado la cruz al comenzar mi oración, e intentare superar los automatismos de la costumbre; para cada mañana y en cada liturgia recordar que soy propiedad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.