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Opiniones

Reconciliarse es amar, perdonar... expresarlo con la propia vida

Al celebrar la Iglesia la Semana de Oración para la unión de los cristianos del 18 al 25 de enero, ofrecemos la carta del hermano Roger de la comunudad ecuménica de Taizé, Francia, que como él dice quiere dar testimonio de la unidad.

Mas información sobre esta comunidad en http://www.taize.fr

Dondequiera que estés a través de los continentes, tú que quisieras percibir el misterio que está en el corazón de tu propio corazón, ¿presientes la belleza profunda del alma humana?

¿Cuál es esa belleza escondida ? Está en la audacia de una espera. Incluso si lo ignoramos, uno de los deseos más íntimos de nuestro ser es amar. Sin amor, ¿encontraría nuestra vida un sentido?

La vida y la vocación de la comunidad de Taizé

¿Quién eres tú, pequeña comunidad, repartida por distintos lugares del mundo?

Una parábola de comunión, un simple reflejo de este única comunión que es el cuerpo de Cristo, su Iglesia, y por ello también un fermento en la familia humana.

¿A qué estás llamada?

En nuestra vida común sólo es posible avanzar redescubriendo una y otra vez el milagro del amor en el perdón diario, en la confianza del corazón y en una mirada de paz dirigida hacia losque nos son confiados... Alejándose del milagro del amor todose pierde, todo se disipa.

¿Cuál puede ser para ti, pequeña comunidad, el designio de Dios?

Llegar a ser una comunidad viva buscando cómo acercarse a la santidad de Cristo.

Que Dios me ama es una realidad a veces poco accesible. Pero llega el día de un descubrimiento : dejándome ganar por su amor, mi vida se abre a los demás.

Acogiendo aquellos que vienen a Él, Cristo les dice : « ¡Felices los corazones sencillos ! »

Un corazón sencillo está atento a vivir el momento presente, disponiéndose a avanzar de comienzo en comienzo.

La fe es como un impulso de confianza muy humilde, vuelta a tomar mil veces en el transcurso de nuestra existencia.

Un corazón sencillo consiente no comprender todo del Evangelio. Puede decir a Dios : « No me apoyo solo sobre mi fe. Lo que no comprendo, otros lo comprenden y aclaran mi camino. »

Una sencillez así despierta a la compasión, nos hace estar atentos a quienes, a través de la tierra, conocen los abandonos, las humillaciones.

 Algunos días tenemos la impresión de orar con casi nada. Puede haber en ese momento como un despojo, pero Dios nos permite consentirlo.

Incluso cuando se produce un distanciamiento entre Dios y nosotros, podemos confiárselo todo, depositarlo todo en Él.

Feliz quien puede entonces decir a Cristo :

« Tú, Cristo, lo sabes, me cuesta expresar mi deseo de una comunión contigo. Pero tu Espíritu Santo reanima en mí una audacia, la de abandonarme en ti.

Tú ves quién soy. Has conocido la condición humana. No te escondo nada de mi corazón. No ignoras que a veces me siento atraído por varios lados a la vez. Pero cuando mi ser interior conoce un vacío, permanece en mí una sed de tu presencia. Y cuando no llego a orar, tú eres mi oración ».

La oración es un tesoro de Evangelio, 12 abre una senda que conduce a amar y a perdonar.

El perdón puede cambiar nuestro corazón y nuestra vida: se alejan entonces las severidades, las durezas al juzgar, para dejar lugar a la bondad y a la generosidad del corazón. Y somos capaces de buscar comprender más que a ser comprendidos. 13

Quien vive del perdón consigue atravesar las situaciones endurecidas, igual que en la temprana primavera el agua del arroyo se abre paso a través de una tierra aún helada. Por muy desprovistos que estemos, una de las urgencias de hoy es poner la comprensión allí donde hay antagonismos. Algunos recuerdos del pasado bastan para mantener tanto un alejamiento entre las personas como entre las naciones.

No hay nada más tenaz que la memoria de las heridas y de las humillaciones.

Buscar incansablemente perdonar y reconciliarse abre un porvenir inesperado.

Y lo que es verdad para cada persona lo es también en ese misterio de comunión que es el Cuerpo de Cristo, su Iglesia.

¿No habrá por todas partes humildes que preparan los caminos del futuro ? Lo que les cautiva es que irradie una esperanza. No son forzosamente los dones prestigiosos o las grandes facilidades lo que determina los cambios más profundos, sino, mucho más de lo que suponemos, la caridad ardiente.

El Espíritu Santo, infundido en todo ser humano, da libertad y espontaneidad. Vuelve a dar el gusto por la vida a quienes lo pierden. Libera del desánimo. Ni las dudas, ni la impresión de un silencio de Dios retiran de nosotros su Espíritu Santo. Quien se abre a su soplo y lo acoge en una humilde escucha entra en una aventura interior.

En las grandes penas de una existencia, el Espíritu Santo nos es un apoyo, un consuelo. 18 En Él las fuentes de júbilo, de una alegría tenue, son siempre ofrecidas. Y esa alegría nos aproxima más a quienes atraviesan el sufrimiento.

Seis siglos antes de la venida de Cristo, Dios nos interpelaba por medio de estas palabras : « No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, mirada que realizo algo nuevo ; ya está brotando, ¿no lo notáis ? »

Sí, ¡Asombro de una alegría ! El Espíritu quiere hacer de nosotros seres completamente transparentes, como un cielo de primavera.

El Evangelio trae consigo una esperanza tan clara y una tal llamada a la alegría que quisiéramos ir hasta el don de nosotros mismos para transmitirlas lejos y cerca.

¿Dónde está la fuente de esperanza y de alegría ? Está en Dios que nos busca incansablemente y encuentra en nosotros la belleza profunda del alma humana.