El encuentro tuvo lugar en la sala
de las audiencias generales del Vaticano y uno de los presentadores fue Terence Hill, el
compañero cinematográfico de Bud Spencer. El ritmo de las más de dos horas de duración
del encuentro estuvo marcado por el testimonio de gente normal y de artistas y atletas que
han tenido que afrontar la enfermedad o el dolor.
Fueron particularmente emocionantes las palabras pronunciadas por Olivia Newton John,
quien ha superado el cáncer de pecho, o las del cubano Compay Segundo, quien a sus 92
años vino a Roma con su banda de 12 músicos porque, como dijo, soñaba con cantar para
el Papa, o las de la cantante irlandesa Scarlett.
"Si sigo viva tendrá que haber un motivo, ahora quiero descubrir la manera en que
puedo ser útil a los demás" dice Scarlett von Wollenmann, quien alcanzó sus
mayores momentos de éxito a finales de los años ochenta.
En 1995 sufrió un accidente de automóvil cuando chocó contra un poste a 35
kilómetros por hora. Quedó paralizada, obligada a moverse para siempre en una silla de
ruedas. Un peregrinación a Lourdes le abrió las puertas del alma y encontró un nuevo
sentido a su vida cotidiana en la ayuda a otros minusválidos físicos. Ahora ha vuelto a
cantar para dar testimonio de la aceptación del dolor, que ella misma define como
"una escuela de vida".
La fiesta se convirtió así en un testimonio sobre la manera en que la fe puede dar
sentido al dolor y al sufrimiento. Como dijo el campeón estadounidense de voleibol de los
años setenta, Kirk Kilgour, quien desde hace 24 años tiene que moverse en silla de
ruedas: "Le pedí a Dios que me diera fuerzas para emprender proyectos grandiosos y
me ha hecho débil para mantenerme en la humildad. Le pedí a Dios que me diera la salud
para realizar grandes empresas: y me ha dado el dolor para comprender mejor...".
Intervinieron también artistas que por diferentes motivos se sienten particularmente
cercanos al mundo de la enfermedad y no pidieron compensación económica por su
participación.