Emma Espinoza
Parroquiana de la iglesia El Buen Pastor en Kendall.
Aquí estoy otra vez, estrenando el tercer milenio. Atrás quedaron los temores del
Y2K, las compras frenéticas, las predicciones de destrucción mundial y las fastuosas
celebraciones. Me produjo una gran tristeza ver como el mundo se divertía sin saber que
celebraba el acontecimiento más grande de la humanidad, la encarnación de Dios hace dos
mil años, trayendo la salvación.
El temor a una paralización mundial debido a un fallo de las computadoras me hizo
darme de cuenta cuan dependientes nos hemos vuelto de las máquinas, yo la primera, pues
me pongo histérica si el lavaplatos o el microondas no funcionan.
Sin embargo, las grandes obras de arte, filosofía y ciencia en las que se fundamenta
el progreso moderno fueron hechas o escritas sin computadoras y a la luz de las velas, lo
cual me comprueba que lo principal en el ser humano es su espíritu.
Por eso al pasar las fiestas, y encontrar de nuevo la realidad de la rutina diaria,
tengo que tener claro el objetivo de mi vida porque de lo contrario es fácil caer en el
abatimiento. La pregunta clave que tengo que hacerme es ¿qué sentido tiene vivir?
Para contestar esta pregunta hay que ser humilde. La soberbia fue el primer pecado del
mundo, el querer ser igual a Dios, y hoy más que nunca la soberbia hace que yo quiera
controlar todos los acontecimientos de mi vida.
Tengo que darme cuenta de que no hay máquina que me libre de mis limitaciones humanas.
Tengo que aceptar que soy criatura de Dios y que El es mi Padre y Salvador y ponerme en
sus manos con amorosa confianza. Tengo que darme cuenta de que la sabiduría y la
omnipotencia de Dios son infinitas y por eso hay cosas que son imposibles comprender, solo
debo aceptarlas con fe en su amor por mi. No puedo aspirar a satisfacer todas mis
interrogantes, pero eso no me hace caer en la desesperación, porque sé que Dios me ama.
Me postro ante la magnificencia de Dios, para quien mil años son como un día, y le
doy gracias por su paciencia. Como dice Pedro en su segunda carta, porque llevamos dos mil
años de cristianismo y todavía no aprendemos a erradicar la violencia y el egoísmo,
quizás la humanidad necesita otros dos mil años para poner en práctica por completo la
doctrina de Cristo.
Los hijos de las tinieblas le están ganando la batalla de la propaganda a los hijos de
la luz. El año del jubileo, la figura del anciano o Pontífice abriendo las puertas del
perdón y la esperanza, quedaron relegadas para dar paso a celebraciones de frenesí
pagano. Por eso tengo la responsabilidad de llevar el mensaje de Cristo a un mundo
profundamente herido por el materialismo y la injusticia. Todos los grandes inventos de
los cuales disfruto, palidecen ante el sufrimiento de millones de seres humanos que
padecen hambre y necesidad.
Al amanecer de este nuevo milenio, le doy gracias al Señor que me ha permitido llegar
hasta aquí y le prometo luchar para que su Evangelio de amor prevalezca y el mundo sea
mejor.