Es muy importante
recordar hoy aquello que dice el poeta: "Caminante, no hay camino, se hace camino al
andar". Y ciertamente en el desierto no hay caminos; no hay nada hecho; somos
nosotros con nuestra propia libertad y esfuerzo los que tenemos que hacer el camino.
Muchas de las respuestas que nos dában ya no nos sirven. ¡Todo ha cambiado tanto!
Quizás ya ni estemos en el mismo lugar en que estábamos cuando empezamos a conocer a
Dios.
Una mirada al interior
En Cuaresma nos tenemos que enfrentar con nosotros mismos y despojarnos de tantas cosas
que nos hacen sentirnos seguros en lo religioso. Sin darnos cuenta nos estamos
equivocando: estamos cayendo en la tentación de manipular a Dios y servirnos de su
Palabra según nos convenga. El desierto de la Cuaresma significa encontrarnos con
nosotros mismos y con el camino de Dios que se cruza con los nuestros. Lo mismo que
Abraham encuentra a Dios siguiendo su Palabra, cada uno de nosotros apoyados en la fe en
Dios podemos ir hacia donde Dios nos quiere llevar.
El desierto en Cuaresma significa la búsqueda para descubrir el auténtico camino del
creyente. Pues creer no es creerse católico, ni es decir las mismas frases que expresan
la rutina y la pobreza de nuestra vida.
Creer es desprenderse del mundo hecho a nuestra manera. ¡Qué bien ha definido la fe
de tradición o indiferencia el dicho popular de ser católico "a mi manera"!
Por eso Cristo se nos presenta en el evangelio bajo la presión de la tentación. Es la
misma tentación que nos acecha todos los días de nuestra vida: si tienes hambre, come;
si tienes ganas de poder, trata de conseguirlo a como dé lugar; si quieres ser famoso,
haz que todos los demás te aplaudan.
Cristo nos marcará el camino. No escogerá el camino fácil, el que sigue la mayoría.
Si hacemos del camino de Díos un camino a nuestra manera, es que no hemos entrado en
el desierto, un campo de batalla en el que se enfrenta el bien y el mal, y en el que todos
los días habrá que elegir entre la riqueza o el desprendimiento; entre la vanidad o la
sencillez; entre la saciedad o la búsqueda; entre la auténtica religión o la magia;
entre el amor o la entrega; entre el sacrificio o el egoísmo.
Dios siempre está con nosotros
La gracia del desierto es saber que Dios se hace presente como dice el libro del
Deuteronomio. "El oyó el clamor y vino en mi auxilio con su fuerza". Brilla su
misericordia, su compañía, en medio de nuestro pecado y soledad.
Este es el desierto diario del ser humano: sentirse sólo aunque esté, físicamente
acompañado, pero no siente el amor o el perdón. Sentirse confundido, aunque esté
bombardeado por miles de ideas y de libros. Este es el desierto de la vida en que todos
nosotros estamos, porque no tenemos un camino seguro o no encontramos la meta exacta hacia
la que queremos avanzar nuestras vidas.
No es fácil aceptar la lucha
Quien quiera entrar en el desierto de la Cuaresma debe desprenderse de todos estos
lugares comunes y repetidos para entrar en la sinceridad que está reñida con la
hipocresía, la mentira, la vida fácil de los autosuficientes. Ser sinceros para vernos y
valientes para buscar el camino que de verdad puede convencer. Porque la fe, nos dice San
Pablo, nunca defrauda, nunca engaña.
Por todas partes surgen las voces del tentador, y no esperen que el tentador se les
presente con tarros y rabo, esa figura que tanto miedo nos daba de pequeños. La religión
no es un cuento para asustar a los chiquitos, de manera que cuando somos grandes dejamos
de creer o de practicar la fe porque no aceptamos ser engañados.
El tentador está cerca de ustedes y de mi, porque somos precisamente nosotros mismos.
El tentador es el ambiente; son las ideas de la gente, las tonterías o vanidades en las
que todos podemos caer; la falta de valores y principios, la moda que se impone.
Entrar en el desierto es difícil cuando el mundo nos quiere ofrecer un vergel, aunque
sea falso. Nuestra vida se debate entre la verdad y la mentira. ¿No es un auténtico
desierto lleno de tentaciones, o si prefieren, un verdadero campo de batalla?
Las cosas han cambiado mucho y hay miles de peligros y tentaciones.
Cómo responder a cada tentación
La respuesta a cada tentación la debemos dar con una afirmación: puesto que soy hijo
de Dios, miraré a mi corazón y responderé. Mi respuesta debe ser expresión de mi fe y
de mi religión. No es solamente importante lo material, el sexo, la droga, el alcohol, mi
gusto, mi egoísmo. Hay algo más. Vivimos de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Esta Palabra me hace superar la tentación para hacer de la vida un vergel de paz,
de alegría y de gracia que es lo que se logra en la Pascua de Cristo.