EL CAIRO, (ZENIT).- Con un llamamiento a redescubrir la fuerza de los diez
mandamientos, ley de vida y de libertad, pronunciado a los pies del Monte Sinaí, Juan
Pablo II concluyó su viaje a Egipto del 24 al 26 de febrero.
Fue un desplazamiento breve, pero intenso, tras las huellas de Moisés para impulsar el
diálogo entre los creyentes de las religiones y entre los cristianos de las diferentes
confesiones. El sucesor de Pedro llegó a pedir que se acelere el paso en la búsqueda de
este objetivo.
Como peregrino tras las huellas de Dios se presentó, al finalizar su viaje, a los pies
de la montaña sagrada (conocida hoy día con el nombre de Djebel Mousa, Monte de
Moisés), en el monasterio greco-ortodoxo de Santa Catalina, una fortaleza con unos muros
de entre 12 y 15 metros a 1.500 metros de altura.
Ante unas 500 personas explicó el motivo de su visita como peregrino al Monte Sinaí
atraído por esta montaña santa que se yergue como un monumento majestuoso en honor de lo
que Dios reveló"¡Aquí reveló su nombre! ¡Aquí entregó su Ley, los diez
mandamientos de la Alianza!".
Hace algunos años, Juan Pablo II soñaba con participar en este lugar en un gran
encuentro entre los creyentes de las religiones monoteístas: judíos cristianos y
musulmanes. No fue posible. Es más, la comunidad de los monjes griegos del monasterio era
contraria a la visita papal. Sin embargo, en este santuario al aire libre, consagrado a la
fe en el único Dios, el Santo Padre no renunció a replantear el diálogo
El Papa fue al Sinaí a contemplar el secreto mismo de la libertad del hombre. Según
Juan Pablo II, las tablas de la Ley entregadas a Moisés, no son una imposición
arbitraria de un Dios tirano. Fueron escritas en piedra, pero antes, habían sido escritas
en el corazón de los seres humanos como la ley moral universal, valida para todo tiempo y
lugar. Hoy al igual que siempre, las Diez Palabras de la Ley ofrecen la única base
auténtica para la vida de personas, de sociedades y de naciones. "Hoy al igual que
siempre, son el único futuro de la familia humana. Salvan al hombre de su destructiva
fuerza del egoísmo, del odio y de la mentira. Ponen de manifiesto todos esos falsos
dioses que le esclavizan: el amor propio hasta la exclusión de Dios, la avidez de poder y
de placer que trastoca el orden de la justicia y degrada nuestra dignidad humana y la de
nuestro prójimo".
El Papa vivió el momento de mayor emoción de este día al visitar al Iglesia de l
Transfiguración del monasterio cristiano más antiguo del mundo (erigido por Justiniano
en el 527) en el lugar que conserva las raíces de la zarza ardiente de la que Dios se
sirvió para hablar a Moisés y revelar su nombre: Yo soy el que soy. El Papa peregrino se
quito los zapatos, como Dios ordenó a su profeta, se arrodilló y se postró para besar
esta tierra santa. Besó también las reliquias de Santa Catalina de Alejandría
(asesinada en el 307), a quien está dedicado el monasterio y veneró al Cristo
Pantocrator, el icono más antiguo del Redentor (siglo VI), cuyo rostro está copiado del
de la Sábana Santa de Turín, que en aquella época se encontraba en la ciudad griega de
Edessa.
Tras estos momentos de intensa conmoción espiritual, tuvo lugar la visita a la
biblioteca del monasterio (6 mil obras, de las cuales 3.500 son manuscritos). La comunidad
de 23 monjes no quería en un primer momento que el Papa visitara el monasterio. Damianos
fue sin embargo un anfitrión afectuoso y, fuera del monasterio, dirigió un largo
discurso de bienvenida al Papa. Sin embargo ni él ni los suyos rezaron con sus
huéspedes. Todavía no hay plena comunión eclesial, por esto no podemos rezar juntos,
explicó a los periodistas.
En el momento en que el almuecín llamaba a la oración musulmana vespertirna, Juan
Pablo II abandonaba El Cairo, la ciudad de los mil minaretes, hasta donde había llegado
directamente desde la Península del Sinaí. En el aeropuerto, la ceremonia de despedida
fue muy sencilla. Normalmente el protocolo egipcio no prevé la presencia del presidente.
Pero Hosni Mubarak quiso despedirse personalmente del Papa.
El día antes el Papa Juan Pablo II celebró una Eucaristía al aire libre para 200.000
personas en el Palacio de los Deportes de El Cairo. Se trató de la primera Misa celebrada
en este país en un lugar público que no fuese una iglesia desde hacía muchos años. En
la Eucaristía se hallaban presentes obispos, sacerdotes, religiosos y laicos de los siete
ritos católicos presentes en Egipto.
Por la tarde, el Santo Padre presidió un encuentro en compañía de líderes
religiosos de diversas religiones locales, durante el cual el Papa llamó a un mayor
respeto de la libertad religiosa. El acto se realizó en la nueva catedral de Nuestra
Señora de Egipto en El Cairo.