Queridos
hermanos en el sacerdocio:
1. Jesús, " habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el extremo " (Jn
13, 1). Releo con gran conmoción, aquí, en Jerusalén,
en este lugar en el que, según la tradición, estuvieron
Jesús y los Doce con motivo de la Cena pascual y la
Institución de la Eucaristía, las palabras con las que
el evangelista Juan introduce la narración de la Ultima
Cena.
Doy gloria al Señor que, en el Año Jubilar de la
Encarnación de su Hijo, me ha concedido seguir las
huellas terrenas de Cristo, pasando por los caminos que
él recorrió, desde su nacimiento en Belén hasta la
muerte en el Gólgota. Ayer estuve en Belén, en la gruta
de la Natividad. Los próximos días pasaré por diversos
lugares de la vida y del ministerio del Salvador, desde la
casa de la Anunciación, al Monte de las Bienaventuranzas
y al
Huerto de los Olivos. El domingo estaré en el Gólgota
y en el Santo Sepulcro.
Hoy, esta visita al Cenáculo me ofrece la oportunidad
de contemplar el Misterio de la Redención en su conjunto.
Fue aquí donde Él nos dio el don inconmensurable de la
Eucaristía. Aquí nació también nuestro sacerdocio.
2. Precisamente desde este lugar del Cenáculo quiero
dirigiros la carta, con la que desde hace más de veinte
años me uno a vosotros el Jueves Santo, día de la
Eucaristía y " nuestro " día por excelencia.
Sí, os escribo desde el Cenáculo, recordando lo que
ocurrió aquella noche cargada de misterio. A los ojos del
espíritu se me presenta Jesús, se me presentan los
apóstoles sentados a la mesa con Él. Contemplo en
especial a Pedro: me parece verlo mientras observa
admirado, junto con los otros discípulos, los gestos del
Señor, escucha conmovido sus palabras, se abre, aun con
el peso de su fragilidad, al misterio que ahí se anuncia
y que
poco después se cumplirá. Son los instantes en los
que se fragua la gran batalla entre el amor que se da sin
reservas y el mysterium iniquitatis que se cierra en su
hostilidad. La traición de Judas aparece casi como
emblema del pecado de la humanidad. " Era de noche
", señala el evangelista Juan (13, 30): la hora de
las tinieblas, hora de separación y de infinita tristeza.
Pero en las palabras dramáticas de Cristo, destellan ya
las luces de la aurora: " pero volveré a veros y se
alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la
podrá quitar " (Jn 16, 22).
3. Hemos de seguir meditando, de un modo siempre nuevo,
en el misterio de aquella noche. Tenemos que volver
frecuentemente con el espíritu a este Cenáculo, donde
especialmente nosotros, sacerdotes, podemos sentirnos, en
un cierto sentido, " de casa ". De nosotros se
podría decir, respecto al Cenáculo, lo que el salmista
dice de los pueblos respecto a Jerusalén: "El Señor
escribirá en el registro de los pueblos: éste ha nacido
allí" (Sal 87 [86], 6).
Desde este lugar santo me surge espontáneamente pensar
en vosotros en las diversas partes del mundo, con vuestro
rostro concreto, más jóvenes o más avanzados en años,
en vuestros diferentes estados de ánimo: para tantos,
gracias a Dios, de alegría y entusiasmo; y para otros, de
dolor, cansancio y quizá de desconcierto. En todos quiero
venerar la imagen de Cristo que habéis recibido con la
consagración, el " carácter " que marca
indeleblemente a cada uno de vosotros. Éste es signo del
amor de predilección, dirigido a todo sacerdote y con el
cual puede siempre contar, para continuar adelante con
alegría o volver a empezar con renovado entusiasmo, con
la perspectiva de una fidelidad cada vez mayor.
Nacidos del amor
4. " Habiendo amado a los suyos que estaban en el
mundo, los amó hasta el extremo ". Como es sabido, a
diferencia de los otros Evangelios, el de Juan no se
detiene a narrar la institución de la Eucaristía, ya
evocada por Jesús en el discurso de Carfarnaúm (cf. Jn
6, 26-65), sino que se concentra en el gesto del lavatorio
de los pies. Esta iniciativa de Jesús, que desconcierta a
Pedro, antes que ser un ejemplo de humildad propuesto para
nuestra imitación, es revelación de la radicalidad de la
condescendencia de Dios hacia nosotros. En efecto, en
Cristo es Dios que " se ha despojado a sí mismo
", y ha asumido la " forma de siervo "
hasta la humillación extrema de la Cruz (cf. Flp 2,7),
para abrir a la humanidad el acceso a la intimidad de la
vida divina. Los extensos discursos que, en el Evangelio
de Juan, siguen al gesto del lavatorio de los pies, y son
como su comentario, introducen en el misterio de la
comunión trinitaria, a la que el Padre nos llama
insertándonos en Cristo con el don del Espíritu.
Esta comunión es vivida según la lógica del
mandamiento nuevo: " que, como yo os he amado, así
os améis también vosotros los unos a los otros "
(Jn 13, 34). No por casualidad la oración sacerdotal
corona esta " mistagogia " mostrando a Cristo en
su unidad con el Padre, dispuesto a volver a él a través
del sacrificio de sí mismo y únicamente deseoso de que
sus discípulos participen de su unidad con el Padre:
" como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos
también sean uno en nosotros " (Jn 17,21).
5. A partir de ese núcleo de discípulos que
escucharon estas palabras, se ha formado toda la Iglesia,
extendiéndose en el tiempo y en el espacio como " un
pueblo congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo " (S. Cipriano, De Orat. Dom., 23).
La unidad profunda de este nuevo pueblo no excluye la
presencia, en su interior, de tareas diversas y
complementarias. Así, a los primeros apóstoles están
ligados especialmente aquellos que han sido puestos para
renovar in persona Christi el gesto que Jesús realizó en
la Última Cena, instituyendo el sacrificio eucarístico,
"fuente y cima de toda la vida cristiana" (Lumen
gentium, 11). El carácter sacramental que los distingue,
en virtud del Orden recibido, hace que su presencia y
ministerio sean únicos, necesarios e insustituibles.
Han pasado casi 2000 años desde aquel momento.
¡Cuántos sacerdotes han repetido aquel gesto! Muchos han
sido discípulos ejemplares, santos, mártires. ¿Cómo
olvidar, en este Año Jubilar, a tantos sacerdotes que han
dado testimonio de Cristo con su vida hasta el
derramamiento de su sangre? Su martirio acompaña toda la
historia de la Iglesia y marca también el siglo que
acabamos de dejar atrás, caracterizado por diversos
regímenes
dictatoriales y hostiles a la Iglesia. Quiero, desde el
Cenáculo, dar gracias al Señor por su valentía. Los
miramos para aprender a seguirlos tras las huellas del
Buen Pastor que " da su vida por las ovejas "
(Jn 10, 11).
Un tesoro en vasijas de barro
6. Es verdad. En la historia del sacerdocio, no menos
que en la de todo el pueblo de Dios, se advierte también
la oscura presencia del pecado. Tantas veces la fragilidad
humana de los ministros ha ofuscado en ellos el rostro de
Cristo. Y, ¿cómo sorprenderse, precisamente aquí, en el
Cenáculo? Aquí, no sólo se consumó la traición de
Judas, sino que el mismo Pedro tuvo que vérselas con su
debilidad, recibiendo la amarga profecía de la negación.
Al elegir a hombres como los Doce, Cristo no se hacía
ilusiones: en esta debilidad humana fue donde puso el
sello sacramental de su presencia. La razón nos la
señala Pablo: " llevamos este tesoro en vasijas de
barro, para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria
es de Dios y no de nosotros " (2 Co 4,7).
Por eso, a pesar de todas las fragilidades de sus
sacerdotes, el pueblo de Dios ha seguido creyendo en la
fuerza de Cristo, que actúa a través de su ministerio.
¿Cómo no recordar, a este respecto, el testimonio
admirable del pobre de Asís? Él que, por humildad, no
quiso ser sacerdote, dejó en su testamento la expresión
de su fe en el misterio de Cristo presente en los
sacerdotes, declarándose dispuesto a recurrir a ellos sin
tener en cuenta su pecado, incluso aunque lo hubiesen
perseguido. "Y hago esto
—explicaba— porque del Altísimo Hijo
de Dios no veo otra cosa corporalmente, en este mundo, que
su Santísimo Cuerpo y su Santísima Sangre, que sólo
ellos consagran y sólo ellos administran a los otros
" (Fuentes Franciscanas, n. 113).
7. Desde este lugar en que Cristo pronunció las
palabras sagradas de la institución eucarística os
invito, queridos sacerdotes, a redescubrir el " don
" y el " misterio " que hemos recibido.
Para entenderlo desde su raíz, hemos de reflexionar sobre
el sacerdocio de Cristo. Ciertamente, todo el pueblo de
Dios participa de él en virtud del Bautismo. Pero el
Concilio Vaticano II nos recuerda que, además de esta
participación común de
todos los bautizados, hay otra específica,
ministerial, que es diversa por esencia de la primera,
aunque está íntimamente ordenada a ella (cf. Lumen
gentium, 10).
Al sacerdocio de Cristo nos acercamos desde una óptica
particular en el contexto del Jubileo de la Encarnación.
Este nos invita a contemplar en Cristo la íntima
conexión que existe entre su sacerdocio y el misterio de
su persona. El sacerdocio de Cristo no es "
accidental ", no es una tarea que El habría podido
incluso no asumir, sino que está inscrito en su identidad
de Hijo encarnado, de Hombre-Dios. Ya todo, en la
relación entre la humanidad y Dios, pasa por Cristo:
" Nadie va al Padre sino por mí " (Jn 14, 6).
Por eso, Cristo es sacerdote de un sacerdocio eterno y
universal, del cual el de la primera Alianza era figura y
preparación (cí. Hb 9,9). El lo ejerce en plenitud desde
que ha sido exaltado como Sumo Sacerdote " a la
diestra del trono de la Majestad en los cielos " (Hb
8, 1). Desde entonces ha cambiado el mismo estatuto del
sacerdocio en la humanidad: ya no hay más que un único
sacerdocio, el de Cristo, que puede ser diversamente
participado y ejercido.
Sacerdos et Hostia
8. Al mismo tiempo, ha sido llevado a su perfección el
sentido del sacrificio, la acción sacerdotal por
excelencia. Cristo en el Gólgota ha hecho de su misma
vida una ofrenda de valor eterno, ofrenda " redentora
" que nos ha abierto para siempre el camino de la
comunión con Dios, interrumpida por el pecado.
Ilumina este misterio la carta a los Hebreos, poniendo
en labios de Cristo algunos versos del Salmo 40: "
Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un
cuerpo... ¡He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu
voluntad! " (Hb 10, 5-7; cf. Sal 40 [39], 7-9).
Según el autor de la carta, estas palabras proféticas
fueron pronunciadas por Cristo en el momento de su venida
al mundo. Expresan su misterio y su misión. Comienzan a
realizarse desde el momento de la Encarnación, si bien
alcanzan su culmen en el sacrificio del Gólgota. Desde
entonces, toda ofrenda del sacerdote no es más que volver
a presentar al Padre la única ofrenda de Cristo, hecha
una vez para siempre.
Sacerdos et Hostia. Sacerdote y Víctima. Este aspecto
sacrificial marca profundamente la Eucaristía y es, al
mismo tiempo, dimensión constitutiva del sacerdocio de
Cristo y, en consecuencia, de nuestro sacerdocio.
Volvamos a leer, desde esta perspectiva, las palabras
que pronunciamos cada día, y que resonaron por primera
vez precisamente aquí, en el Cenáculo: " Tomad y
comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo que se
entrega por vosotros... Tomad y bebed todos de él, porque
este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva
y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los
hombres para el perdón de los pecados ".
Son las palabras transmitidas, con redacciones
sustancialmente convergentes, por los Evangelistas y por
Pablo. Fueron pronunciadas en este lugar al anochecer del
Jueves Santo. Dando a los apóstoles su Cuerpo como comida
y su Sangre como bebida, El expresó la profunda verdad
del gesto que iba a ser realizado poco después en el
Gólgota. En el Pan eucarístico está el mismo Cuerpo
nacido de María y ofrecido en la Cruz:
Ave verum Corpus natum / de Maria Virgine, vere passum,
immolatum / in cruce pro homine.
9. ¿Cómo no volver siempre de nuevo a este misterio
que encierra toda la vida de la Iglesia? Este sacramento
ha alimentado durante dos mil años a innumerables
creyentes. De él ha brotado un río de gracia. ¡Cuántos
santos han encontrado en él no sólo el signo, sino como
una anticipación del Paraíso!
Dejémonos llevar por la inspiración contemplativa,
rica de poesía y teología, con la que Santo Tomás de
Aquino ha cantado el misterio en las palabras del Pange
lingua. El eco de aquellas palabras me llega aquí hoy, en
el Cenáculo, como voz de tantas comunidades cristianas
dispersas por el mundo, de tantos sacerdotes, personas de
vida consagrada y fieles, que cada día se postran en
adoración ante el misterio eucarístico:
Verbum caro, panem verum
verbo carnem efficit,
fitque sanguis Christi merum,
et, si sensus déficit,
ad firmandum cor sincerum
sola fides sufficit.
Haced esto en memoria mía
10. El misterio eucarístico, en el que se anuncia y
celebra la muerte y resurrección de Cristo en espera de
su venida, es el corazón de la vida eclesial. Para
nosotros tiene, además, un significado verdaderamente
especial: es el centro de nuestro ministerio. Este,
ciertamente, no se limita a la celebración eucarística,
sino que también implica un servicio que va desde el
anuncio de la Palabra, a la santificación de los hombres
a través de los sacramentos y a la guía del pueblo de
Dios en la comunión y en el servicio. Sin embargo, la
Eucaristía es la fuente desde la que todo mana y la meta
a la que todo conduce. Junto con ésta, ha nacido nuestro
sacerdocio en el Cenáculo.
" Haced esto en memoria mía " (Le 22, 19):
Las palabras de Cristo, aunque dirigidas a toda la
Iglesia, son confiadas, como tarea específica, a los que
continuarán el ministerio de los primeros apóstoles. A
ellos Jesús entrega la acción, que acaba de realizar, de
transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, la
acción con la que El se manifiesta como Sacerdote y
Víctima. Cristo quiere que, desde ese momento en
adelante, su acción sea sacramentalmente también acción
de la Iglesia por las manos de los sacerdotes. Diciendo
"haced esto" no sólo señala el acto, sino
también el sujeto llamado a actuar, es decir, instituye
el sacerdocio ministerial, que pasa a ser, de este modo,
uno de los elementos constitutivos de la Iglesia misma.
11. Esta acción tendrá que ser realizada "en su
memoria ". La indicación es importante. La acción
eucarística celebrada por los sacerdotes hará presente
en toda generación cristiana, en cada rincón de la
tierra, la obra realizada por Cristo. En todo lugar en el
que sea celebrada la Eucaristía, allí, de modo
incruento, se hará presente el sacrificio cruento del
Calvario, allí estará presente Cristo mismo, Redentor
del mundo.
"Haced esto en memoria mía". Volviendo a
escuchar estas palabras, aquí, entre las paredes del
Cenáculo, viene espontáneo imaginarse los sentimientos
de Cristo. Eran las horas dramáticas que precedían a la
Pasión. El evangelista Juan evoca los momentos de
aflicción del Maestro que prepara a los apóstoles para
su propia partida. Cuánta tristeza en sus ojos: "
por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado
de tristeza" (Jn 16,6). Pero Jesús los tranquiliza:
"no os dejaré huérfanos, volveré a vosotros "
(Jn 14, 18). Si bien el misterio de la Pascua los
apartará de su mirada, El estará, más que nunca,
presente en su vida, y lo estará " todos los días,
hasta el fin del mundo " (Mí 28,20).
Memorial que se actualiza
12. Su presencia tendrá muchas expresiones; pero,
ciertamente, la más sublime será precisamente la de la
Eucaristía: no un simple recuerdo, sino " memorial
" que se actualiza; no vuelta simbólica al pasado,
sino presencia viva del Señor en medio de los suyos. De
ello será siempre garante el Espíritu Santo, cuya
efusión en la celebración eucarística hace que el pan y
el vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Es el mismo Espíritu que en la noche de Pascua, en este
Cenáculo, fue " exhalado " sobre los apóstoles
(cf. n 20, 22), y que los encontró todavía aquí,
reunidos con María, el día de Pentecostés. Entonces los
envolvió como viento impetuoso y fuego (cf. Hch 2, 1-4) y
los impulsó a ir por todas las direcciones del mundo,
para anunciar la Palabra y reunir al pueblo de Dios en la
" fracción del pan " (cf. Hch 2,42).
13. A los dos mil años del nacimiento de Cristo, en
este Año Jubilar, tenemos que recordar y meditar, de modo
especial, la verdad de lo que podemos llamar su "
nacimiento eucarístico". El Cenáculo es
precisamente el lugar de este " nacimiento ".
Aquí comenzó para el mundo una nueva presencia de
Cristo, una presencia que se da ininterrumpidamente donde
se celebra la Eucaristía y un sacerdote presta a Cristo
su voz, repitiendo las palabras santas de la institución.
Esta presencia eucarística ha recorrido los dos
milenios de la historia de la Iglesia y la acompañará
hasta el fin de la historia. Para nosotros es una alegría
y, al mismo tiempo, fuente de responsabilidad, el estar
tan estrechamente vinculados a este misterio. Queremos hoy
tomar conciencia de él, con el corazón lleno de
admiración y gratitud, y con esos sentimientos entrar en
el Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de
Cristo.
La entrega del Cenáculo
14. Mis queridos hermanos sacerdotes, que el Jueves
Santo os reunís en las catedrales en torno a vuestros
Pastores, como los presbíteros de la Iglesia que está en
Roma se reúnen en torno al Sucesor de Pedro, ¡acoged
estas reflexiones, meditadas en la sugestiva atmósfera
del Cenáculo! Sería difícil encontrar un lugar que
pueda recordar mejor el misterio eucarístico y, a la vez,
el misterio de nuestro sacerdocio.
Permanezcamos fieles a esta " entrega " del
Cenáculo, al gran don del Jueves Santo. Celebremos
siempre con fervor la Santa Eucaristía. Postrémonos con
frecuencia y prolongadamente en adoración delante de
Cristo Eucaristía. Entremos, de algún modo, " en la
escuela " de la Eucaristía. Muchos sacerdotes, a
través de los siglos, han encontrado en ella el consuelo
prometido por Jesús la noche de la Ultima Cena, el
secreto para vencer su soledad, el apoyo para soportar sus
sufrimientos, el alimento para retomar el camino después
de cada desaliento, la energía interior para confirmar la
propia elección de fidelidad. El testimonio que daremos
al pueblo de Dios en la celebración eucarística depende
mucho de nuestra relación personal con la Eucaristía.
15. ¡Volvamos a descubrir nuestro sacerdocio a la luz
de la Eucaristía! Hagamos redescubrir este tesoro a
nuestras comunidades en la celebración diaria de la Santa
Misa y, en especial, en la más solemne de la asamblea
dominical. Que crezca, gracias a vuestro trabajo
apostólico, el amor a Cristo presente en la Eucaristía.
Es un compromiso que asume una relevancia especial en este
Año Jubilar. Mi pensamiento se dirige al Congreso
Eucarístico Internacional, que se desarrollará en Roma
del 18 al 25 de junio próximo, y tendrá como tema
Jesucristo, único salvador del mundo, pan para nuestra
vida. Será un acontecimiento central del Gran Jubileo,
que ha de ser un " año intensamente eucarístico
" (Tertio millennio adveniente, 55). Este Congreso
pondrá de manifiesto precisamente la íntima relación
entre el misterio de la Encarnación del Verbo y la
Eucaristía,sacramento de la presencia real de Cristo.
Os envío desde el Cenáculo el abrazo eucarístico.
Que la imagen de Cristo, rodeado por los suyos en la
Ultima Cena, nos lleve, a cada uno de nosotros, a un
dinamismo de fraternidad y comunión. Grandes pintores se
han consolidado delineando el rostro de Cristo entre sus
apóstoles en la escena de la Última Cena; ¿cómo
olvidar la obra maestra de Leonardo? Pero sólo los
santos, con la intensidad de su amor, pueden penetrar en
la profundidad de este misterio, apoyando como Juan la
cabeza en el pecho de Jesús (cf. ]n 13,25). Aquí nos
encontramos, en efecto, en la cima del amor: "
habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los
amó hasta el extremo ".
16. Quiero concluir esta reflexión, que con afecto
entrego a vuestro corazón, con las palabras de una
antiguaoración:
" Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y
el conocimiento que nos diste a conocer por medio de
Jesús, tu siervo.
A ti la gloria por los siglos. Así como este trozo de
pan estaba disperso por los montes
y reunido se ha hecho uno, así también reúne a tu
Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino [...]
Tú, Señor omnipotente, has creado el universo a causa de
tu Nombre, has dado a los hombres alimento y bebida para
su disfrute, a fin de que te den gracias
y, además, a nosotros nos has concedido la gracia de
un alimento y bebida espirituales y de vida eterna por
medio de tu siervo [...]
A ti la gloria por los siglos " (Didaché 9, 3-4;
10, 3-4).
Desde el Cenáculo, queridos hermanos en el sacerdocio,
os abrazo espiritualmente a todos y os bendigo contodo mi
corazón.
Jerusalén, 23 de marzo de 2000
JOANNES PAULUS PP II