No es fácil hablar de la vida cuando la muerte
cierra el cerco. O cuando todo se ha venido abajo y no
quedan motivos para la esperanza. Ni se divisa un
rastro de luz en medio de la noche oscura.
Y sin embargo es ley de la naturaleza morir para
vivir, enterrar en grano para que de fruto, podar las
ramas para que den más flores.
No sólo es ley de vida, sino que es también
palabra bien cumplida por el Señor Jesús, que por
amar hasta el fondo, quedó enterrado, olvidado,
crucificado… pero recibió vida nueva para El y para
nosotros que en El creemos. Vida que no se acaba, vida
que da vida continuamente y que da esperanza.
Porque el Misterio Pascual que celebramos en estos
días no es sólo algo de la vida de Jesús. Es algo
que podemos reconocer en nuestra propia vida, cuando
contra toda esperanza seguimos esperando. Cuando
comprendemos que Dios puede escribir derecho con
líneas torcidas. Cuando aceptamos que puede haber un
sentido misterioso en el dolor, en los planes
frustrados, en las contradicciones, en todo aquello
que parece muerte.
En estos días me pongo ante Jesús para pensar en
mi vida y en la de esta comunidad y reconocer este
misterio que sucede de tantas maneras y que en estos
cinco meses se ha centrado en un niño, en una madre
desaparecida en el mar, en un padre atrapado en un
sistema y en el drama de todo un pueblo. Que esta
experiencia sea verdaderamente Misterio Pascual, un
misterio que no separa la muerte de la resurrección.