Hoy descubrí que la vida es un jardín

Xiomara Pagés
Escritora cubana que vive en Miami
Siento la brisa en mi cara. La temperatura se ha tomado más fresca. Estamos ya en el
otoño, y las hojas comienzan a caer, aunque por suerte estamos en el Sur de la Florida, y
el trópico nos mantiene verdes casi todo el año.
En el fondo, desde la sala se oye la música que suena en el equipo musical: El
Concierto de Aranjuez, uno de mis favoritos. Esta música tiene una influencia poderosa y
especial dentro de mi alma. Saca desde dentro los sentimientos más sublimes, cala dentro
de mi alma por todos los vericuetos que llegan al corazón, y me transforma.
Allá cerca de la verja, veo un caracol, camina despacio, con esa lentitud
caracterísica, pero sabiendo adonde va. Me recuerdan a los ancianos. Van lentos, pero
vienen de un largo recorrido. Como los caracoles, también saben adonde van a llegar.
Más allá, veo una linda ranita, dando saltos, alegre, cambiando sus colores según la
vegetación donde se esconde. Estas me recuerdan a la juventud, saltarina y contenta, que
también cambia según el ambiente donde se encuentra.
Hay abejas, que liban, de una flor a otra, se parecen a los hombres, indecisos a veces,
tomando de cada flor, y no se deciden por ninguna. Todas les parecen lindas, y de todas
quieren libar la miel.
Los pájaros, cuantos son y como tienen colores. Así somos los seres humanos en la
vida, variados, de diferentes plumajes, pero todos volamos en cielo azúl que nos rodea.
Veo acercarse una mariposa. Ellos han pasado por una transformación de dolor, de
estrechez, de vivir encapsuladas, después de ser una fea oruga, para desplegar luego sus
bellas alas y volar por el firmamento, admirando toda la naturaleza y el paisaje. Me
recuerdan a los bebés. Que van creciendo, y de sus cunitas arropaditos con sabanitas y
frazadas, crece un apuesto joven, o una linda damisela.
Las espiguitas, las ramas de los arbustos, los arboles y palmas, comienzan siendo
pequeños empollos y van creciendo y extendiendo sus raices, y llegan a ser frondosos y
verdes, silbando, cuando son batidos por el viento. Me recuerdan la palabra del hombre,
ese privilegio que nos regaló Dios, el de comunicarnos.
La fuente chorrea con el agua, y su ruido calma, relaja. El agua cristalina y pacifica
me recuerda la sed del hombre, la necesidad de la paz, y del sosiego. El sol calienta mi
piel. Y recuerdo la calidez del amor, como necesita el hombre del querer y el amar.
Cuando el sol se pone, va saliendo la luna, y se llena el ciclo de luz, con las
estrellas. Esto me recuerda que el ser humano es también un reflejo de Dios, como lo es
la luna, y los planetas, que reflejan la luz solar. Así nosotros también reflejamos la
luz, el amor de Dios.
Las palomas anidan en lo alto de las tejas de mi casa. Se acurrucan, se dicen secretos,
las escucho desde lejos, como enamorados.
Los cocuyos vuelan, como lucesitas voladoras, y el olor de la hierba mojada es
indescriptible, como lo es el aroma de las flores, o el sabor de los frutos. Los
grillos saltan y hacen ruido, así como nosotros hacemos mientras pasamos por esta vida.
Las hormigas acumulan y trabajan con tezón, como los trabajadores de la tierra.
Voy descubriendo, como Pablo Neruda, que para ser poeta, sólo hay que observar, mirar
alrededor, y vivir. Si puedes describir lo que te rodea, y compararlo a lo que sientes,
eres tu también poeta.
Yo hoy descubrí, que la vida también es un jardín. Y de ese jardín, observo y
escojo las flores y plantas que prefiero, y aprendo de todo lo que habita en ellos. De
todo lo creado, podemos aprender, crecer, madurar y transformarnos. Sólo hay que situarse
en el jardín, y respirar el aire. Sentir la brisa, el viento, el calor del sol, la
humedad de la lluvia, sentir a Dios, aunque no se vea, que va llenando nuestro interior, a
través de nuestros sentidos, como la lluvia va calmando la sed de las plantas y la
tierra.
Cuanto misterio en la vida. Cuanto misterio en unas horas en el jardín.
Si todos pudieramos ver, pero ver de veras, todo lo que nos rodea, y disfrutar más el
presente, no habría tiempo para lamentarse tanto, y nunca conoceríamos el aburrimiento,
porque nos habríamos llenado de paz. |