Los miembros de la Coalición de Líderes Religiosos de
Miami hemos escrito una oración pidiendo la ayuda de Dios
para sanar las heridas creadas por la situación del niño
Elián González. En nuestra opinión, el poder de la
oración es lo único que puede traer la reconciliación y
el perdón a los corazones de los residentes de nuestra
ciudad.
Desde que comenzó el caso Elián hace seis meses, yo
mismo he pedido en tres ocasiones que nuestros fieles oren
por su justa resolución, ya que es una situación
extremadamente complicada e incierta desde el punto de vista
moral. No obstante cual fuese su opinión, más tarde o más
temprano ambos lados iban a sentirse decepcionados. Y así
ha sucedido.
Se ha dicho, sin embargo, que recurrir a la oración es
una manera de esquivar el problema. Eso no es verdad. Para
los creyentes, la oración es la única manera de responder
a los retos de la vida.
Nuestro Señor Jesucristo así lo mostró al enseñarnos
cómo rezar el Padre Nuestro. Durante su Pasión, él mismo
rezó hasta sudar gotas de sangre. Aún colgado en la cruz,
Jesús rezó por sus enemigos.
Decir que rezar no resuelve nada es tomar las cosas en
las propias manos en vez de dejarlas en manos de Dios. Es
insistir que nosotros sabemos más que Dios, cuya divina
providencia cuida amorosamente de toda su creación.
Al recurrir a la oración, reconocemos la verdad esencial
de nuestra fe: que nuestras vidas vienen del Señor, que El
nos provee de todo lo que necesitamos, que El nos cuida, que
quiere que vivamos unidos a El, y que nunca permitirá que
nada interfiera con nuestra salvación. Nosotros tal vez
optemos por alejarnos de El, pero El nunca nos abandonará.
A través de la oración, podemos aceptar todas las
circunstancias de la vida con la misma serenidad y paz con
que Cristo aceptó su sufrimiento y su muerte en la cruz.
"No mi voluntad, sino la tuya, Señor."
La oración nos ayuda a comprender que nuestro juicio
humano es falible y siempre debe ceder ante la sabiduría
infinita de Dios. Directa o indirectamente, en todo momento,
El guía cada paso de nuestra vida.
La oración también libera nuestros corazones de las
cargas del pecado, de la culpabilidad, del prejuicio y del
odio que nos impiden sanar y perdonar. A veces nuestro
pecado es tan grave, nuestro sentido de culpabilidad tan
profundo y nuestro odio tan apasionado que únicamente la
oración los puede penetrar. Mientras exista el pecado no
habrá conversión. El perdón y el odio no pueden compartir
un mismo corazón.
La oración es el bálsamo que sana los corazones de los
individuos y de las comunidades. La oración nos mantiene
vivos cuando nuestro mundo parece derrumbarse. Sin la
oración no existe la esperanza.
La oración también ayuda a las comunidades a reconocer
que no es sólo por fuerza propia que podemos unirnos para
vivir, trabajar, jugar y sufrir. ¿Si no creemos que somos
una familia bajo un solo Padre, que otra cosa puede unirnos?
La oración nos une a nuestros hermanos y hermanas en la
familia de Dios. La oración no tiene en cuenta las
diferencias raciales, culturales o religiosas, y disminuye
las diferencias políticas y las preferencias personales.
La persona que ora sinceramente quiere lo que Dios
quiere. Ahí radica la verdadera sabiduría. Quienes no
valoran la oración descartan el arma más poderosa que
existe para traer el bien a nuestra comunidad. La
omnipotencia de Dios creó el mundo y en verdad puede
renovar la faz de la tierra, si se lo pedimos humildemente
en oración.
Por eso les pido a todos, una vez más, que recen. La
oración sigue siendo el mejor consejo que les puedo ofrecer
en este momento a todos los miembros de nuestra comunidad.