Hace unas semanas tuve el privilegio de asistir al
Entrenamiento Regional del Ministerio Social de la
Iglesia. Allí se nos enfatizó la tarea de enlazar la fe
con la justicia y la paz al servicio del Dios vivo y de la
transformación social: transformar a la sociedad desde
una fe activa, confiando que con Dios todo se puede pero
sin El somos débiles y vulnerables. Nuestro Creador nos
dio los talentos necesarios para poder trabajar por Su
Reino. No nos pide sólo oración, nos pide también
acción.
Hace años que trato de trabajar, lo mejor que puedo,
en la lucha contra las drogas. Es un trabajo difícil, por
lo que leo incansablemente e intento escuchar a todos los
que están dispuestos a enseñarnos cómo hacer nuestro
trabajo.
La drogadicción, el racismo, la pobreza y la
injusticia son problemas que no se generan
espontáneamente sino que siempre son consecuencia de
causas que muchas veces no llegamos a ver o comprender, o
que preferimos ignorar. Si no llegamos a la raíz del
problema, éste seguirá creciendo y no lograremos
vencerlo aún cuando tengamos algunos triunfos
ocasionales. Se ganará una batalla pero no la guerra. En
el caso de la drogadicción, lograremos salvar a alguna
víctima, pero muchas otras seguirán cayendo.
Los primeros que debemos prepararnos para erradicar la
droga somos los padres, los abuelos y todo el que
planifica una familia. La familia es la base de la
sociedad y es dentro de ésta que se desempeñará. La
indiferencia ante el problema de las drogas es una de las
mayores injusticias sociales que se cometen, pues no
estamos ignorando solamente a los drogadictos sino
también a nuestros propios hijos, estén ya en este mundo
o sólo en nuestros planes. Para proteger a nuestros
niños ahora y en el futuro, debemos trabajar por una
sociedad que no de motivos para buscar falsos escapes como
el tabaco, el alcohol, y cualquier otra droga o adicción,
aún la socialmente aceptada de trabajar compulsivamente.
Trabajar por la justicia no es trabajo de un día ni de
unas pocas personas. Es obligación de todos y un deber de
toda la vida. Para que nuestro esfuerzo sea efectivo
debemos informarnos, aprender y observar conscientemente
los hechos que provocan la injusticia. Una de las
principales causas de la epidemia del abuso de drogas es
el materialismo reinante en el mundo. Lo material no es
malo; lo malo es materia sin espiritualidad.
Si se busca la felicidad sólo en el poder y la
riqueza, nunca seremos felices porque viviremos
defendiéndonos de los que puedan arrebatarnos lo
conquistado. Si damos a lo material su justo valor y
alimentamos nuestra espiritualidad, lograremos una riqueza
que nadie podrá robarnos y seremos libres aún cuando
nuestro cuerpo esté encadenado. Ayudar a nuestros
jóvenes a lograr ese equilibrio para que les sea más
fácil decir no a la droga, será justicia.