Claudio de Castro
Lector de La Voz Católica Digital residente en Panamá.
Sabes, nací en Colón. Queda al norte, a una hora de
Panamá. Colón es muy lluvioso en el invierno y muy seco
en el verano. Cuando llovía las calles se inunda-ban. No
es el Colón que ahora conoces. En aquellos días era un
lugar limpio y agradable. Solíamos salir durante las
tormentas y jugar en las enormes piscinas que se formaban
en las calles.
Asistía al Colegio Paulino de San José. Las maestras
eran, en su mayoría, monjas franciscanas; dulces monjas
que todavía recuerdo con cariño: Sister Avila, Sister
Fermina, Sister Louitgarda. El primer día de clases me
llevó mi papá. Llevaba yo pantalones cortos, camisa
blanca y una corbata anudada por mi mamá.
Me veo caminando de la mano de mi padre por el patio
interno del colegio. Me obsequió un llavero de colores y
entré al salón de clases.
Era un extraño, pero pronto me sentí en la antesala
del cielo, bajo las miradas tiernas de aquellas dulces
monjitas.
Las tardes de sol hacíamos manualidades. Me encantaba
pintar figuras en tablilas de maderas que cortábamos con
unas seguetas. También disfrutaba confeccionando
rosarios. Hice uno que luego obsequié a mi madre. Demoré
una semana, pero nunca lo olvidé. Quisiera hacer más
rosarios y obsequiarlos. Decirle a las personas: "Lo
hice para ti".
Pienso en el buen Dios, mi amigo y confidente. Mi Padre
del cielo. Sabes, ¡qué hermosa es la vida cuando estamos
cerca de Dios!
El mejor lugar de la escuela lo descubrí con los
años: era la capilla. Quedaba en el primer alto. Subía
en los recreos y me quedaba como extasiado contemplando
los vitrales, el altar, el Sagrario. Saber que era la casa
de Dios. ¡Cuánta tranquilidad! ¡Cuánta paz!
El lunes próximo cumpliré 43 años. La vida pasa tan
rápido. He descubierto que sólo vale la pena vivirla
para Dios. Lo demás nunca podrá llenarte ni darte la
felicidad que proviene de saberle cercano. Es un Dios tan
grande, magnífico, omnipotente, justo y bueno. ¡Qué
alegría tenerle por Padre!
Deseo regresar a Colón y visitar aquella capilla en la
que pasaba mis recreos. ¿Estarán aún los vitrales de
colores? La recuerdo enorme. Puede que al crecer yo no la
vea tan grande, puede que nadie me reconozca. Mi alegría
es saber que Jesús está aún allí. Y que cuando me vea
se alegrará mucho; y seguro me dirá emocionado:
"Volviste".
Y yo le responderé:
"Sí Jesús, aquí estoy".