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Encuentro 2000
 

Encuentro 2000 celebró la diversidad

Participaron 5,000 católicos de 150 diócesis y 153 grupos culturales y étnicos de los EEUU

 


Mons. Agustín Román con participantes al encuentro
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Araceli M. Cantero
La Voz Católica

LOS ANGELES—Los católicos de los Estados Unidos abrieron su corazón y su casa se llenó de gente de toda raza y color, lengua y cultura.

Celebraron el Jubileo 2000 con un Encuentro y descubrieron que hay muchos rostros en la casa de Dios.

"Somos el Cuerpo de Cristo. We are the Body of Christ," cantaban con ritmo y entusiasmo más de 5,000 personas de todas las razas y de más de 153 grupos étnicos de toda la nación, reunidas en Los Angeles.

"Encuentro 2000 es una experiencia de hospitalidad", dijo el obispo Gabino Zabala al iniciar el rito inicial de la única reunión de la Iglesia de los Estados Unidos para celebrar el año del Jubileo.

"Este Encuentro 2000 quiere ser un espacio en donde todos se sienten en casa, y en donde se reconocen y se respetan las diferencias", señaló el obispo auxiliar de Los Angeles, presidente del comité que coordinó los preparativos y la realización del evento.

"Quiere ser un espacio en donde juntos nos sentimos bien, porque hay lugar para todos". Y así fue.

Durante tres días, católicos de ascendencia europea, nativo americanos, descendientes de Africa, Asia y Latinoamérica cantaron, rezaron y se escucharon mutuamente a lo largo de un proceso modelado en el Sínodo ‘Iglesia en América’ que exigía redescubrir el propio encuentro con Cristo Vivo y su llamado a la conversión, a la solidaridad y a la misión.

"Queremos vivir una hospitalidad que abraza y respeta al tiempo que invita a la conversión", dijo el obispo.

"Que nos permite pasar de la conversación casual al intercambio profundo, de la mera conexión a la efectiva solidaridad. Que nos mueve mas allá de los actos de bondad al servicio de la justicia y la misión," recalcó Mons. Zabala.

Un templo para 5,000

El Centro de Convenciones de Los Angeles se convirtió en un inmenso templo en donde miles rezaron al son de los tambores de los primeros pobladores de la región, los nativos de la nación Tonga. Y en donde el suave aroma del incienso se unió a los ritmos de Africa y a la música del arpa y las gaitas celtas de irlandeses y escoceses, los guitarrones de los mexicanos y sus violines y los bailes de filipinos, coreanos, polacos, de las islas del Pacífico y de los delegados católicos con raíces en el Medio Oriente.

Todas las sesiones generales se podían seguir a través de dos grandes pantallas en las que se proyectaban las palabras en inglés. Además se ofreció traducción simultánea al español, coreano y vietnamita que los participantes podían seguir pidiendo auriculares. A lo largo de las paredes del gran salón, pequeñas capillas mostraban la herencia religiosa de cada grupo con las imágenes de los santos de cada pueblo, sus mártires y sus madonas.

Desde el comienzo del Encuentro quedó claro que todos los allí presentes habían llegado de algún lugar y estaban pisando tierra sagrada. Se recordó a los participantes que debajo de todos los edificios de la ciudad de Los Angeles estaba la tierra de los nativoamericanos y sus cementerios y se pidió que, al caminar por la ciudad, había que hacerlo "con respeto por la lengua y la cultura aún presente aquí".

Los hispanos tuvieron la idea

La idea de una celebración de la diversidad de la Iglesia norteamericana surgió de los católicos hispanos y en múltiples ocasiones durante el Encuentro se agradeció su iniciativa.

Acostumbrados a celebrar encuentros semejantes a lo largo de sus 30 años de labor pastoral, los hispanos decidieron abrir la experiencia a otros grupos para celebrar el Jubileo. Los obispos hispanos presentaron la idea y toda la Conferencia de Obispos la aceptó. Los hispanos ejercieron su liderazgo con la ayuda de todas sus redes diocesanas y regionales y el apoyo de la Conferencia Episcopal.

"Ha sido un Encuentro distinto pero es parte del mismo proceso que tenía que alcanzar otro nivel", señaló en una entrevista Ron Cruz, director ejecutivo del Secretariado Nacional para Asuntos Hispanos de la Conferencia de Obispos. "Ahora el pueblo hispano tenía la capacidad de invitar a toda la Iglesia", dijo.

"Pudimos hacerlo porque otros Encuentros nos han formado y nos han entrenado; tenemos el liderazgo y tenemos nuestra estructura".

Cruz reconoció que el proceso hispano necesitaba este paso porque a pesar del largo recorrido, "aún estamos fuera de la mesa donde se toman las decisiones". En su opinión, era "necesario que la Iglesia ‘total’ nos conociera y nos viera funcionar".

Más de 1,000 hispanos participaron en Encuentro 2000 y muchos hicieron presentaciones en los talleres. También tuvo lugar un proceso paralelo para los jóvenes.

Al iniciarse la oración de apertura resonaron las palabras de la Sagrada Escritura. "Harán sonar las trompetas… Declararán santo el año cincuenta y proclamarán la liberación para todos… Será para ustedes año de Jubileo."

El Mariachi Nati Cano, de Los Angeles, dejó sonar sus violines, mientras los participantes llenaban el gran salón hasta estallar en el canto de las Mañanitas y los vítores a la Patrona de América, cuya imagen fue entronizada para presidir los actos.

Un murmullo de agua se escuchaba al fondo entre la multitud. Era la fuente que fue llenándose con el agua que cada participante había traído de su diócesis y que fue bendecida por el Presidente de la Conferencia de obispos, Mons. Joseph Fiorenza.

La diversidad es ya un hecho

"Basta mirar a la Iglesia de los Angeles para saber como será la Iglesia de los Estados Unidos", expresó Mons. Fiorenza. Por su diversidad "qué mejor lugar para celebrar Encuentro 2000," dijo. Y señaló que la misma diversidad se está haciendo presente en cada diócesis, "un reflejo de lo que es la Iglesia universal."


Logo del encuentro

Según los datos del censo Nacional, entre 1990 y 1998 la población asiática y de las Islas del Pacífico ha crecido en un 29.8 por ciento, seguida de la población hispana que aumentó en un 35 por ciento. Los nativoamericanos y esquimales crecieron en un 14.3 por ciento y los afroamericanos en un 12.8 por ciento.

Se proyecta que para el año 2050 el crecimiento de los hispanos llegará a los 96.5 millones o un 259 por ciento de crecimiento desde 1995 y una edad media de 31 años. La población blanca no hispana tendrá un crecimiento de siete por ciento en el mismo período.

Al iniciarse el Encuentro no faltó la bienvenida del arzobispo de Los Angeles, el Cardenal Roger Mahoney quien recordó a los participantes que "en cada lugar que visiten encontrarán ángeles que les muestren el camino."

A lo largo de las reuniones se celebraron ritos llenos de colorido, propios de las diversas culturas presentes en los Estados Unidos: un rito penitencial de la nación Tonga, el rito Chusuk de los coreanos que pide paz a los antepasados, oraciones a la Madona Negra de los polacos y una fiesta filipina de barrio honrando a la Virgen de Antipolo.

Además cada día, los participantes podían ir al cine gratis y ver una película que reflejaba la vida de algún grupo cultural, cortesía de la Oficina de Comunicaciones de la Conferencia de Obispos.

Y en un emotivo rito de reconciliación, laicos, religiosas y sacerdotes ofrecieron sus testimonios de alegría y de dolor en su vivencia de la Iglesia.

"Cuando yo peco, cuando usted peca y cuando quedamos atrapados en el pecado de un sistema que hacemos nuestro, entonces oscurecemos la santidad de la Iglesia", dijo el cardenal Bernard Law, Arzobispo de Boston.

Los obispos lloraron

Muchos obispos lloraron al escuchar testimonios personales sobre los ‘pecados de la Iglesia’. Escucharon a la hermana Mary Paul Lee, quien en su juventud fue rechazada por varias congregaciones religiosas, por ser de la raza negra. El obispo nativo americano Donal Pellote habló de su diócesis de Gallup, Nuevo Mexico, en donde trata de sanar las heridas causadas por miembros de la Iglesia contra los pueblos nativos. Mary Jane Owen, minusválida y casi ciega, habló de la discriminación y la indiferencia de la Iglesia contra ella y las personas con impedimentos físicos.

Durante el servicio de reconciliación se escuchó también el dolor de Mary Kay LaVerne, mujer de la raza negra quien contó entre sollozos como después de recibir ella la sangre de Cristo en su parroquia, constataba que nadie más bebía de la misma copa.

También habló Marisela Frutos, que por ser indocumentada sus hijos eran humillados en la escuela para que regresaran a México hasta que su misma parroquia le ayudó a organizar a los obreros.

Testimonios semejantes se escucharon en las pequeñas sesiones y en unos 70 talleres prácticos sobre cómo vivir la solidaridad y la misión.

Diversidad y Sacramento de unidad

En un mensaje leído el primer día, Juan Pablo II había recordado a los delegados el propósito del Encuentro: "Celebrar la rica diversidad cultural, étnica y lingüística de la Iglesia en los Estados Unidos", y el llamado a ser sacramento de unidad, "en un mundo trágicamente marcado por la división, la violencia y la opresión."

También el presidente Bill Clinton envió un mensaje a los delegados señalando que "la reunión de diversos grupos raciales, étnicos y culturales, refleja mi visión de una sola América."

La Misa final en celebración del Jubileo 2000 parecía la explosión de un nuevo Pentecostés, por el entusiasmo y la variedad de lenguas y colorido. Allí estaban los vietamitas vistiendo el traje festivo o ‘áo dai’ y la nativoamericana Ruth Allen con su traje de la nación Choctaw, y Sol y René Sorollano con la delicada vestimenta filipina ‘Baron Tagalog’.

Irma Montenegro paseaba su traje 'cabanero'; de Guatemala, Elodia Mageña vestía el traje típico indígena de Yucatán, México. Densy Chandra lucía el traje Batik de Java.

Los grupos de Nigeria podían distinguirse por el diseño de la tela de su vestido y el arreglo de la cabeza. El de Jeraldine Jekinske era el Kenta. El jefe Igbo, Paul Amuche, desfilaba erguido vistiendo una túnica blanca y roja llena de colorido. Durante el ofertorio, los nigerianos se acercaron bailando al ritmo de los tambores. La mujeres movían el cuerpo mientras cantaban, llevando el mantel blanco y dorado con que iban a vestir el altar en el centro de la asamblea.

Largo camino y esperanza

Las lecturas se habían proclamado en lengua apache y en mandarín y hubo himnos en español, tagalog y latín.

Antes de partir, los delegados fueron enviados en misión y se pusieron unos a otros en la muñeca una cinta de color, como signo de su compromiso.

Tambien lo hicieron los más de 150 sacerdotes y 80 obispos que participaron. Y cuando Carmen Aguinaco, editora de las Publicaciones Claretianas, les escuchó a ellos y a las 5,000 personas de 150 diócesis cantar en español, casi se pone a llorar.

"Ha sido un largo camino desde que los hispanos teníamos que pedir permiso para estar aquí", dijo. "Creo que este Encuentro es un signo de buenísima esperanza".

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