Sammy Díaz
Director de la Pastoral de Prisiones de la Arquidiócesis
de Miami
Había unos 80 presos, sólo una muestra de los 1,800
detenidos en esa cárcel. No había espacio para más en
la capilla. Cinco oficiales católicos donaron su tiempo
ese día para poder realizar el acto.
Y allí estaba yo, rodeado de los presos a los que
trato de servir en mi ministerio, escuchando con ellos la
homilía del arzobispo emérito Edward McCarthy.
Mientras lo hacía, no podía dejar de pensar en el
obispo Thomas Wenski que se encontraba en la cárcel de
Broward County y en el obispo Gilberto Fernández que
estaba visitando la Prisión Federal del sur.
Era el día del Jubileo de la Cárcel y el Papa y los
obispos de toda la Iglesia universal hacían lo mismo en
todo el mundo. En los países donde no pudieron entrar a
las cárceles, como en Cuba, los obispos celebraron el
día en las iglesias, pidiendo tener ese derecho.
En la cárcel de Metro West Detention Center, el
capellán Don Bizarro había organizado el acto con gran
espíritu ecuménico. El capitán Eduardo Clemente,
supervisor de la institución, cedió todas las
facilidades. Además trajo una banda compuesta por algunos
oficiales y sus familiares. Esta banda ecuménica tocó
antes y después de la Misa, dándole un amplio sentido
cristiano a la celebración.
La Directora del departamento, Lois Spears, estaba de
vacaciones pero la representó el director interino,
Charles McRay. También estaban el asistente del director,
Rolando Escalante y el comandante José Hernández, a
cargo de servicios religiosos.
Al hilo de la reflexión del Arzobispo, yo mismo
pensaba en el mensaje del Jubileo, recordando que no es
sólo para pedir por la conversión de los presos porque,
si bien el tema central de ese mensaje son los detenidos,
los mismos no son seres aislados, sino miembros de la
comunidad.
Recordaba algunas conversaciones con ellos que me
indicaban que quizás un curso sobre paternidad o
violencia familiar hubiera evitado una víctima y un
preso. Todos los detenidos salen de la comunidad y la
inmensa mayoría regresará a ella.
El mensaje del Jubileo es también para que los jueces
sean justos. Para que los guardianes no abusen de los
detenidos. Para que los gobernantes busquen la solución a
las causas del crimen: la pobreza real, la falta de empleo
y la ignorancia. El crimen no se reduce con más castigos
y más violencia como la pena de muerte. No se enseña que
matar es malo, matando. Nuestra sociedad es violenta, por
eso tienen éxito las películas, programas de televisión
y deportes violentos. Mientras haya problemas en nuestras
familias habrá crimen. La mayoría de los homicidios
ocurren entre personas que se conocían.
Seguía escuchando al arzobispo McCarthy, y me
cuestionaba ¿cuándo nos daremos cuenta que las
parroquias con sus programas para los jóvenes, la
educación religiosa, los grupos familiares y los grupos
de apoyo para adictos, son medios efectivos para combatir
el crimen? Los jóvenes con problemas vienen de familias
de todos los niveles económicos y de todas las razas y
colores. No nos engañemos: nuestros hijos necesitan más
de nuestro tiempo que de nuestro dinero. Darles cosas y
quitarles tiempo es un error, porque las cosas se gastan y
el tiempo compartido crea recuerdos que jamás se olvidan.
El Arzobispo le pidió a los presos oraciones por
nosotros los que trabajamos en este ministerio. Es su
deseo que seamos instrumentos de paz y reconciliación y
llevemos un mensaje de esperanza para ellos, sus
familiares y sus víctimas. Ojalá lo podamos cumplir.