Exigirle a nuestros hijos la excelencia en los estudios
e instrucción es lo más saludable que podemos hacer para
desarrollar algunos procesos psicológicos en el área
cognoscitiva, como la percepción y el pensamiento con sus
respectivas estructuras. Sólo en la actividad diaria de
estudio y por la actividad diaria, el niño o joven
desarrolla de forma integral su pensamiento, análisis y
generalización como procesos cognoscitivos, que lo ayudan
a trasladar estos conocimientos a diferentes esferas de la
vida.
Trazarse metas altas es bueno para el crecimiento
humano, personal y familiar; trazarse objetivos acorde a
sus fuerzas y posibilidades es elemental para el éxito.
Hay que conocer qué potencialidad real tienen nuestros
hijos para exigirle, pero todo esto tiene que ser de forma
agradable y feliz.
La dulzura del saber es riqueza inagotable que podemos
recibir y dar a nuestros hijos con nuestro desvelo al
ocuparnos de su instrucción, pero la sabiduría y el
desarrollo de su inteligencia sólo es dada por Dios.
Cuando analizamos nuestras capacidades a través de los
dones dados por el Espíritu Santo vemos que todos tenemos
la inteligencia necesaria para una u otra actividad y que
sólo tenemos que desarrollarla con nuestro empeño y
esfuerzo personal.
Exigirnos el éxito es lo que Dios nos pide, El quiere
que seamos amantes del saber y del trabajo. El nos dice...
"Feliz el que halla sabiduría, el que obtiene
inteligencia" (Proverbios 3;13), pero también
tenemos que recordar siempre que lo primero que tenemos
que hacer es confiar de todo corazón en el Señor y luego
en nuestras propias fuerzas.
La sabiduría, el éxito y la felicidad se obtienen por
uno mismo, uno es el constructor y arquitecto de su vida
desde pequeño, uno es quien se traza sus metas,
desarrolla su intelecto, escoge los caminos en la vida,
pero si de forma absoluta escuchamos las señales de Dios
como lo hicieron siempre sus hijos, vamos a recibirlo
todo.
La sabiduría es la más preciada de todas las riquezas
del mundo, ella es quien ofrece larga vida y riqueza
material y espiritual porque sólo es dada por Dios.
Exigirle a nuestros hijos la excelencia en sus estudios es
un deber y compromiso ante ellos y ante Cristo; es nuestro
deber como padres para garantizar en el futuro un reposo
tranquilo en la noche después de un día de trabajo para
que cuando descansen no tengan nada que temer.
A nuestros hijos hay que exigirles la excelencia donde
tienen capacidades, no sólo en el estudio sino también
en el deporte, el arte, las relaciones interpersonales, la
cortesía ante los mayores y el trabajo de ayuda a otros.
El niño o joven nos tiene que sentir ocupados y capaces
para educarlos, para enseñarle que somos sus padres, y
que siempre vamos a estar orgullosos de ellos y de sus
vidas.