Echar un vistazo al Medio Oriente y culpar a la religión
por el conflicto que allí se vive, es sólo estar correcto
en parte. Ciertamente la religión es parte integral de la
vida de sus residentes, hasta el punto de que recientemente
fue cuando el estado de Israel comenzó a distinguir entre
judíos practicantes y los no practicantes.
Si estudiamos la historia, veremos cuánto daño las
guerras habían causado en esa parte del mundo mucho antes
de que se estableciera el actual estado de Israel. Desde el
tiempo en que Moisés llevó a los israelitas hacia la
Tierra Prometida, las tribus han luchado sobre dos
situaciones: las tierras y el acceso a cuerpos de agua.
El río Jordán y el mar de Galilea son vitales para los
habitantes de esta tierra árida y desértica. Quien
controle las montañas, controla el agua. La ciudad de
Jerusalén y los altos del Golán tienen una importancia
estratégica al permitir que sus ocupantes descubran a los
invasores antes de sus ataques. A la vez, las montañas y
colinas son barreras naturales que dificultan cualquier
invasión.
La antigua Jerusalén era casi impenetrable. Cuando
llegaron poderosos ejércitos como los de Babilonia y
Persia, la ciudad construida por David fue conquistada y
destruida. En aquel entonces no existían israelíes ni
palestinos, judíos ni musulmanes según nuestro concepto
actual, por lo que la religión no era el catalítico para
la guerra.
Pienso que lo mismo es cierto en nuestros días. Ambos
pueblos quieren seguridad, incluyendo acceso a recursos
confiables de agua. Por supuesto, ambos también buscan que
sus culturas y religiones florezcan y sobrevivan, como lo
desean los cristianos. Esta tierra también es santa para
nosotros y hasta hemos luchado por algunas de sus regiones
desde el tiempo de las Cruzadas. Por lo tanto, la religión
no es la raíz del conflicto en Tierra Santa, sino un factor
que descansa en la defensa de tradiciones milenarias.
Sin embargo, el proceso de paz va progresando aunque sea
a muy pequeños pasos. Durante mi último viaje a principios
de año no presencié las animosidades que noté en mi
visita hace 38 años. De hecho, me parece que las relaciones
a nivel local son amistosas, por no llamarlas estrechas. En
Belén una mayoría cristiana se va llevando mejor con los
oficiales musulmanes de la autoridad palestina. Así sucede
con los musulmanes que residen en áreas mayormente judías,
aun cuando buscan una mejor representación en el Knesset, o
parlamento judío.
También existen conflictos entre la gente que profesa
las mismas creencias religiosas. Mientras la mayoría está
dispuesta a negociar tierras por paz, pequeños grupos
extremistas luchan por paralizar el proceso. La gente común
quiere la paz pero los líderes gubernamentales son
presionados para adoptar posiciones más firmes que sus
propias creencias.
La historia de los últimos 50 años –ataques
sorpresivos, luchas constantes, votos para destruir a Israel—
complica cualquier negocia-ción. A esto añadimos los miles
de años de historia y tradición de las partes
involucradas, sin mencionar la dificultad natural al tratar
con personas distintas a ellos, y la situación se vuelve
extremadamente complicada. Líderes políticos de ambas
partes deberán mantenerse firmes para poder alcanzar una
paz duradera.
Aún cuando llegue a ese punto, un tratado no será
suficiente. Las leyes y los acuerdos jamás erradicarán la
tirantez y las oposiciones atrinche-radas. Esto sólo se
logrará con un cambio en el corazón de las partes
involucradas. Y la única manera de lograrlo es a través de
la oración.
Los tratados de paz son necesarios porque establecen
límites y obliga a la ausencia de guerra, y abren paso a la
obra de Dios. Sólo El cambia los corazones. Sólo El puede
asegurar que la justicia y la paz reinen en Tierra Santa.
Pido a todos que oren para que la paz llegue pronto a ese
rincón del mundo. Como en tiempos antiguos, pedimos a Dios
que escuche el grito de su pueblo y revele su poder al
concederles el milagro de una paz justa y duradera.