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Fue
todo corazón
Mons.
Gerard LaCerra 1943-2000

Araceli M. Cantero
La Voz Católica
MIAMI—Cientos acudieron a dar su último adiós al
sacerdote que entregó dos corazones en el servicio del
pueblo de Dios.
"Entregar dos corazones exige mucho amor",
dijo el padre Thomas Murphy durante la Misa de
Resurrección por el eterno descanso de monseñor Gerard
LaCerra, fallecido el pasado 25 de julio durante una
peregrinación a Tierra Santa.
El sacerdote, párroco de la Iglesia de Saint Timothy,
en el Sudoeste de Miami, acompañaba a sus feligreses en
la peregrinación cuando le sorprendió la muerte.
Acababa de almorzar, en vuelo de Egipto a Tel Aviv ,
cuando se sintió mal. En unos segundos exaló su último
aliento ante la sorpresa y dolor de su hermana Arlene que
viajaba con él.

"En el día de San Juan Bautista Vianney, patrono
de los sacerdotes, enterramos a un gran sacerdote",
dijo el arzobispo Edward McCarthy quien durante 17 años
tuvo a Mons. LaCerra como Canciller de la Diócesis y
estrecho colaborador.
En un homenaje de despedida a Mons. LaCerra, al
terminar su cargo de Canciller, el Arz. McCarthy había
elogiado su "incuestionable compromiso y lealtad, su
sensibilidad y su sentido común; su honestidad, candor,
apoyo, humanismo, generosidad y buen humor".
El Arzobispo señaló entonces que Mons. LaCerra
"ha sido para nosotros la voz, el rostro, la mente y
el corazón, los ojos y oídos amables del Señor y su
Arquidiócesis, al responder a los abogados, los
periodistas, los políticos y desesperados, los quejosos,
los aturdidos y adoloridos, los que sufren, los
necesitados o problemáticos".
Y reconoció que durante casi dos décadas el padre
LaCerra había estado en el centro de los grandes
proyectos diocesanos; el diseño y construcción del
Centro Pastoral, la renovación de la Catedral, la
celebración del Sínodo Diocesano, la visita del Papa a
Miami… Además de la celebración de aniversarios,
acogida de obispos, programas de evangelización , la
llegada de inmigrantes hispanos y haitianos y la
estructuración del Consejo Pastoral, del Senado
Sacerdotal, del Diaconado Permanente y de los Ministerios
Laicales. Dijo que siempre aportó claridad, organización
y soluciones.
En el día de su entierro, la parroquia y sus
alrededores se veían repletas de fieles que habían
acudido a despedir a su párroco. Muchos más lo hicieron
la noche anterior, orando delante del féretro que se
mantuvo abierto hasta media noche y fue abierto de nuevo
hasta momentos antes de la Eucaristía en la que
participaron seis obispos, 135 sacerdotes, también de
diócesis vecinas y centenares de fieles.

Durante la homilía uno de sus amigos más cercanos, el
padre Thomas Murphy fue recordando anécdotas de su vida y
de su celo sacerdotal.
Casi nativo de Ft. Lauderdale, sus padres llegaron de
Chicago cuando él tenía un año. Mons. LaCerra estudió
en el colegio de St. Thomas Aquinas y fue de las primeras
generaciones en graduarse del Seminario St. Vincent de
Paul en Boynton Beach.
A los 28 años fue Director de Educación Religiosa y
al tomar las riendas de la Arquidiócesis el nuevo Arz.
McCarthy le nombró Canciller. Tenía 35 años.
En 1990 debido a un virus por el que casi pierde la
vida, Mons. LaCerra recibió un transplante de corazón de
un joven de 18 años.
"Cuando por fin acepté la posibilidad de la
muerte, me invadió una inmensa paz que todavía
perdura" dijo entonces al recordar el momento. Una
vez recuperado Mons. LaCerra escribió sus memorias de la
experiencia y las repartió entre quienes le habían
acompañado. En seguida y a pesar de su salud continuó
sus tareas pastorales, y quienes fueron sus colaboradores
y amigos no dudan en afirmar que en medio de todo, la nota
suya más característica fue siempre su deseo de
disfrutar de la vida en plenitud.
"Siempre recordaré de él su alegría, su
esperanza. Era un hombre sumamente positivo que siempre
tenía tiempo para conversar contigo de lo más complejo o
lo más sencillo", dijo el padre José Pablo Nickse
quien presidió el rezo de Vísperas en la parroquia de
St. Timothy, la vigilia de su entierro.
El padre Gustavo Miyares había recibido el féretro
con los restos ese mismo día, y cientos de fieles le
rindieron respeto y oraron por su eterno descanso. El
padre Miyares recuerda de él "su habilidad para
disfrutar la vida a pesar de las tribulaciones… Vivía
eso de que cada día es un regalo y hay que disfrutarlo y
hacer algo positivo".
Otros sacerdotes vinieron de otras diócesis para la
despedida final. El padre Joe Sterns estudió con él en
el Seminario y con él vivió su misma pasión por el
fútbol.
"Al crearse la diócesis de Venice, nos quedamos
más lejos, pero me llamó el viernes antes de
viajar", recordaba el P. Sterns sin olvidar el
consejo que le había dado de joven: "No importa a
donde te envíen, siempre puedes servir al pueblo de
Dios", le había dicho.
El padre Paul Vuturo colaboró con Mons. LaCerra en
Educación Religiosa y le siguió en el puesto. De él
recuerda su sentido del humor y la paciencia para lidiar
con variedad de gente "lo mismo con un alcalde que
con un estudiante o un arzobispo. Le encantaba enseñar y
es un modelo para mí".
Para el padre David Russell, monseñor LaCerra siempre
será "un ejemplo de lo que el Concilio Vaticano II
tenía en mente para nosotros sacerdotes".
Al terminar la Eucaristía el arzobispo John. C.
Favalora recordó que "Mons. La Cerra tenía el celo
del apóstol Santiago y el amor por los sacerdotes de San
Juan Vianney".
Durante la homilía, el padre Murphy había señalado
que Mons. La Cerra era un gran sacerdote preocupado por
sus hermanos en el sacerdocio y al que había visto llorar
"por no saber como servirles mejor".
Alternando frases en inglés y en español, el padre
Murphy hizo frente al dolor de todos con algunas bromas. Y
contó como le había tratado de disuadir para que no
fuese en la peregrinación a Tierra Santa porque, siendo
Año Jubilar, habría mucha gente. "Vete el año que
viene y te saldrá mas barato", le había dicho.
"Pero ahora entiendo por qué tenía tanta
prisa", añadió.
Mons. LaCerra había dejado todo dispuesto por escrito
y quiso que el padre Murphy fuera el ejecutor de su
testamento. Por eso fue él quien entró en su cuarto para
revisar sus cosas. Encontró signos que justificaban la
prisa de Monseñor por el encuentro con Dios.
Sobre la mesilla de noche había un libro titulado
"Cómo evitar el purgatorio". Y sobre su
escritorio, una estampa con la cita bíblica ,Voy a mi
Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. |