El contraste es bien marcado. Y sin embargo tienen
aspectos comunes. No sólo me refiero a las ‘convenciones’
de démocratas, republicanos y reformistas que, en
semanas recientes han reunido a sus seguidores para
determinar el futuro de sus respectivos partidos en la
nación.
Me refiero también al contraste entre estas
reuniones de corte político y la que casi al mismo
tiempo está teniendo lugar en Roma, con la
participación de miles de jóvenes de todo el mundo.
Hablo de la Jornada Mundial de la Juventud, junto
al Papa, en la que participan también jóvenes de la
Arquidiócesis de Miami.
El contraste y las semejanzas se hace obvio al
observar los participantes y su modo de proceder. A
las convenciones de Filadelfia y Los Angeles han
acudido los más comprometidos en el proceso
político. Son quienes saben por experiencia y por
convicción que la política importa. Que aunque no
siempre es una actividad bien vista, es importante a
la hora de construir el futuro y a la hora de vivir
una vocación de servicio en la construcción de la
sociedad.
A Roma han acudido jóvenes de todo el mundo,
también los más comprometidos con el futuro. Y
quizás debido a esta experiencia de intercambio con
gente del mundo entero, sean estos jóvenes quienes,
en un futuro no muy lejano y motivados por el
compromiso de fe que alimentan en estas Jornadas en
Roma, puedan aportar soluciones a los conflictos
mundiales y a las mejoras en la sociedad.
No se trata de comprometer la separación de
Iglesia y Estado en la tradición democrática
norteamericana. Se trata de llegar a entender que la
fe en alguien que nos transciende, en unos valores y
en unas verdades eternas, pueden ser el mejor
aliciente en la defensa del ser humano y en la
búsqueda de la justicia y el bien común.