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«LA
PALABRA SE HIZO CARNE, Y PUSO SU MORADA ENTRE NOSOTROS»
Mensaje
del Papa para la Jornada Mundial de la Juventud de 2000
CIUDAD DEL VATICANO, 11 agosto
(ZENIT.org).- Las Jornadas Mundiales de la Juventud del
año 2000, las segundas que se celebran en Roma,
constituyen una de las citas más esperadas por Juan Pablo
II para el Jubileo. El mensaje con que ha querido
prepararlas lo publicó hace ya más de un año. A
petición de muchos de nuestros lectores, lo presentamos
íntegro.
Muy queridos jóvenes:
1. Hace quince años, al terminar el
Año Santo de la Redención, os entregué una gran Cruz de
leño invitándoos a llevarla por el mundo, como signo del
amor del Señor Jesús por la humanidad y como anuncio que
sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y
redención. Desde entonces, sostenida por brazos y
corazones generosos, está haciendo una larga e
ininterrumpida peregrinación a través de los
continentes, mostrando que la Cruz camina con los jóvenes
y que los jóvenes caminan con la Cruz.
Alrededor de la «Cruz del Año Santo»
han nacido y han crecido las Jornadas Mundiales de la
Juventud, significativos «altos en el camino» en vuestro
itinerario de jóvenes cristianos, invitación continua y
urgente a fundar la vida sobre la roca que es Cristo.
¿Cómo no bendecir al Señor por los numerosos frutos
suscitados en las personas y en toda la Iglesia a partir
de las Jornadas Mundiales de la Juventud, que en esta
última parte del siglo han marcado el recorrido de los
jóvenes creyentes hacia el nuevo milenio?
Después de haber atravesado los
continentes, esta Cruz ahora vuelve a Roma trayendo
consigo la oración y el compromiso de millones de
jóvenes que en ella han reconocido el signo simple y
sagrado del amor de Dios a la humanidad. Como sabéis,
precisamente Roma acogerá la Jornada Mundial de la
Juventud del año 2000, en el corazón del Gran Jubileo.
Queridos jóvenes, os invito a emprender
con alegría la peregrinación hacia esta gran cita
eclesial, que será, justamente, el «Jubileo de los
Jóvenes». Preparaos a cruzar la Puerta Santa, sabiendo
que pasar por ella significa fortalecer la propia fe en
Cristo para vivir la vida nueva que Él nos ha dado (cf.
«Incarnationis mysterium», 8).
2. Como tema para vuestra XV Jornada
Mundial he elegido la frase lapidaria con la que el
apóstol Juan expresa el profundo misterio del Dios hecho
hombre: «la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre
nosotros» (Jn 1,14). Lo que caracteriza la fe cristiana,
a diferencia de todas las otras religiones, es la certeza
de que el hombre Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, la
Palabra hecha carne, la segunda persona de la Trinidad que
ha venido al mundo. Esta «es la alegre convicción de la
Iglesia desde sus comienzos cuando canta "el gran
misterio de la piedad": Él ha sido manifestado en la
carne» (Catecismo de la Iglesia Católica, 463). Dios, el
invisible, está vivo y presente en Jesús, el hijo de
María, la Theotokos, la Madre de Dios. Jesús de Nazaret
es Dios-con-nosotros, el Emmanuel: quien le conoce, conoce
a Dios; quien le ve, ve a Dios; quien le sigue, sigue a
Dios; quien se une a él está unido a Dios (cfr. Gv
12,44-50). En Jesús, nacido en Belén, Dios se apropia la
condición humana y se hace accesible, estableciendo una
alianza con el hombre.
En la vigilia del nuevo milenio, renuevo
de corazón la invitación urgente a abrir de par en par
las puertas a Cristo, el cual «a todos los que lo
recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn
1,12). Acoger a Cristo significa recibir del Padre el
mandato de vivir en el amor a él y a los hermanos,
sintiéndose solidarios con todos, sin ninguna
discriminación; significa creer que en la historia
humana, a pesar de estar marcada por el mal y por el
sufrimiento, la última palabra pertenece a la vida y al
amor, porque Dios vino a habitar entre nosotros para que
nosotros pudiésemos vivir en Él.
En la encarnación Cristo se hizo pobre
para enriquecernos con su pobreza, y nos dio la
redención, que es fruto sobre todo de su sangre derramada
sobre la cruz (cf. Catecismo de la Iglesia Católica,
517). En el Calvario «Él soportaba nuestros dolores...
ha sido herido por nuestras rebeldías...» (Is 53,4-5).
El sacrificio supremo de su vida, libremente consumado por
nuestra salvación, nos habla del amor infinito que Dios
nos tiene. A este propósito escribe el apóstol Juan: «
tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para
que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga
vida eterna» (Jn 3,16). Lo envió a compartir en todo,
menos en el pecado, nuestra condición humana; lo
"entregó" totalmente a los hombres a pesar de
su rechazo obstinado y homicida (cfr. Mt 21,33-39), para
obtener para ellos, con su muerte, la reconciliación.
«El Dios de la creación se revela como Dios de la
redención, como Dios que es fiel a sí mismo, fiel a su
amor al hombre y al mundo, ya revelado el día de la
creación... ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos
del Creador, si ha merecido tener tan grande Redentor!»
(«Redemptor hominis», 9.10).
Jesús salió al encuentro de la muerte,
no se retiró ante ninguna de las consecuencias de su
«ser con nosotros» como Emmanuel. Se puso en nuestro
lugar, rescatándonos sobre la cruz del mal y del pecado
(cfr. Evangelium vitæ, 50). Del mismo modo que el
centurión romano viendo como Jesús moría comprendió
que era el Hijo de Dios (cfr. Mc 15,39), también
nosotros, viendo y contemplando el Crucifijo, podemos
comprender quién es realmente Dios, que revela en Él la
medida de su amor hacia el hombre (cfr. Redemptor hominis,
9). "Pasión" quiere decir amor apasionado, que
en el darse no hace cálculos: la pasión de Cristo es el
culmen de toda su existencia "dada" a los
hermanos para revelar el corazón del Padre. La Cruz, que
parece alzarse desde la tierra, en realidad cuelga del
cielo, como abrazo divino que estrecha al universo. La
Cruz «se manifiesta como centro, sentido y fin de toda la
historia y de cada vida humana» (Evangelium vitæ, 50).
«Uno murió por todos» (2 Cor 5,14);
Cristo «se entregó por nosotros como oblación y
víctima de suave aroma» (Ef 5,2). Detrás de la muerte
de Jesús hay un designio de amor, que la fe de la Iglesia
llama "misterio de la redención": toda la
humanidad está redimida, es decir liberada de la
esclavitud del pecado e introducida en el reino de Dios.
Cristo es Señor del cielo y de la tierra. Quien escucha
su palabra y cree en el Padre, que lo envió al mundo,
tiene la vida eterna (cfr. Jn 5,24). Él es «el cordero
de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.36), el
sumo Sacerdote que, probado en todo como nosotros, puede
compadecer nuestras debilidades (cfr. Heb 4,14ss) y,
"hecho perfecto" a través de la experiencia
dolorosa de la cruz, es «causa de salvación eterna para
todos los que le obedecen» (Heb 5,9).
3. Queridos jóvenes, frente a estos
grandes misterios aprended a tener una actitud
contemplativa. Permaneced admirando extasiados al recién
nacido que María ha dado a luz, envuelto en pañales y
acostado en un pesebre: es Dios mismo entre nosotros.
Mirad a Jesús de Nazaret, por algunos acogido y por otros
vilipendiado, despreciado y rechazado: es el Salvador de
todos. Adorad a Cristo, nuestro Redentor, que nos rescata
y libera del pecado y de la muerte: es el Dios vivo,
fuente de la Vida.
¡Contemplad y reflexionad! Dios nos ha
creado para compartir su misma vida; nos llama a ser sus
hijos, miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo,
templos luminosos del Espíritu del Amor. Nos llama a ser
"suyos": quiere que todos seamos santos.
Queridos jóvenes, ¡tened la santa ambición de ser
santos, como Él es santo! Me preguntaréis: ¿pero hoy es
posible ser santos? Si sólo se contase con las fuerzas
humanas, tal empresa sería sin duda imposible. De hecho
conocéis bien vuestros éxitos y vuestros fracasos;
sabéis qué cargas pesan sobre el hombre, cuántos
peligros lo amenazan y qué consecuencias tienen sus
pecados. Tal vez se puede tener la tentación del abandono
y llegar a pensar que no es posible cambiar nada ni en el
mundo ni en sí mismos.
Aunque el camino es duro, todo lo
podemos en Aquel que es nuestro Redentor. No os dirijáis
a otro si no a Jesús. No busquéis en otro sitio lo que
sólo Él puede daros, porque «no hay bajo el cielo otro
nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos
salvarnos» (Hc 4,12). Con Cristo la santidad -proyecto
divino para cada bautizado- es posible. Contad con él,
creed en la fuerza invencible del Evangelio y poned la fe
como fundamento de vuestra esperanza. Jesús camina con
vosotros, os renueva el corazón y os infunde valor con la
fuerza de su Espíritu.
Jóvenes de todos los continentes, ¡no
tengáis miedo de ser los santos del nuevo milenio! Sed
contemplativos y amantes de la oración, coherentes con
vuestra fe y generosos en el servicio a los hermanos,
miembros activos de la Iglesia y constructores de paz.
Para realizar este comprometido proyecto de vida,
permaneced a la escucha de la Palabra, sacad fuerza de los
sacramentos, sobre todo de la Eucaristía y de la
Penitencia. El Señor os quiere apóstoles intrépidos de
su Evangelio y constructores de la nueva humanidad. Pero
¿cómo podréis afirmar que creéis en Dios hecho hombre
si no os pronunciáis contra todo lo que degrada la
persona humana y la familia? Si creéis que Cristo ha
revelado el amor del Padre hacia toda criatura, no podéis
eludir el esfuerzo para contribuir a la construcción de
un nuevo mundo, fundado sobre la fuerza del amor y del
perdón, sobre la lucha contra la injusticia y toda
miseria física, moral, espiritual, sobre la orientación
de la política, de la economía, de la cultura y de la
tecnología al servicio del hombre y de su desarrollo
integral.
4. Deseo de corazón que el Jubileo, ya
a las puertas, sea una ocasión propicia para una gran
renovación espiritual y para una celebración
extraordinaria del amor de Dios por la humanidad. Desde
toda la Iglesia se eleve «un himno de alabanza y
agradecimiento al Padre, que en su incomparable amor nos
ha concedido en Cristo ser "conciudadanos de los
santos y familiares de Dios" (Ef 2,19)»
(Incarnationis mysterium, 6). Nos conforta la certeza
manifestada por el apóstol Pablo: Si Dios no perdonó a
su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros,
¿cómo no nos dará con él todas las cosas? ¿Quién nos
separará del amor de Cristo? En todos los acontecimientos
de la vida, incluso la muerte, salimos vencedores, gracias
a aquel que nos amó hasta la Cruz (cfr. Rm 8,31-37).
El misterio de la Encarnación del Hijo
de Dios y el de la Redención por él llevada a cabo para
todas las criaturas constituyen el mensaje central de
nuestra fe. La Iglesia lo proclama ininterrumpidamente
durante los siglos, caminando «entre las incomprensiones
y las persecuciones del mundo y las consolaciones de
Dios» (S. Agustín, De Civ. Dei 18,51,2; PL 41,614) y lo
confía a todos sus hijos como tesoro precioso que cuidar
y difundir.
También vosotros, queridos jóvenes,
sois destinatarios y depositarios de este patrimonio:
«Ésta es nuestra fe. Ésta es la fe de la Iglesia. Y
nosotros nos gloriamos de profesarla, en Jesucristo
nuestro Señor» (Pontifical Romano, Rito de la
Confirmación). Lo proclamaremos juntos en ocasión de la
próxima Jornada Mundial de la Juventud, a la que espero
que participaréis en gran número. Roma es "ciudad
santuario", donde la memoria de los Apóstoles Pedro
y Pablo y de los mártires recuerdan a los peregrinos la
vocación de todo bautizado. Ante el mundo, el mes de
agosto del próximo año, repetiremos la profesión de fe
del apóstol Pedro: «Señor, ¿donde quién vamos a ir?
Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68) porque
«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).
También a vosotros, muchachos y muchachas, que seréis
los adultos del próximo siglo, se os ha confiado el
"Libro de la Vida", que en la noche de Navidad
de este año el Papa, siendo el primero que cruzará la
Puerta Santa, mostrará a la Iglesia y al mundo como
fuente de vida y esperanza para el tercer milenio (cfr.
Incarnationis mysterium, 8). Que el Evangelio se convierta
en vuestro tesoro más apreciado: en el estudio atento y
en la acogida generosa de la Palabra del Señor
encontraréis alimento y fuerza para la vida de cada día,
encontraréis las razones de un compromiso sin límites en
la construcción de la civilización del amor.
5. Dirijamos ahora la mirada a la Virgen
Madre de Dios, a quien la devoción del pueblo cristiano
le ha dedicado uno de los monumentos más antiguos y
significativos que se conservan en la ciudad de Roma: la
basílica de Santa María Mayor.
La Encarnación del Verbo y la
redención del hombre están estrechamente relacionadas
con la Anunciación, cuando Dios le reveló a María su
proyecto y encontró en ella, joven como vosotros, un
corazón totalmente disponible a la acción de su amor.
Desde hace siglos la piedad cristiana recuerda todos los
días, recitando el Angelus Domini, la entrada de Dios en
la historia del hombre. Que esta oración se convierta en
vuestra oración, meditada cotidianamente.
María es la aurora que precede el
nacimiento del Sol de Justicia, Cristo nuestro Redentor.
Con el «sí» de la Anunciación, abriéndose totalmente
al proyecto del Padre, Ella acogió e hizo posible la
encarnación del Hijo. Primera entre los discípulos, con
su presencia discreta acompañó a Jesús hasta el
Calvario y sostuvo la esperanza de los Apóstoles en
espera de la Resurrección y de Pentecostés. En la vida
de la Iglesia continúa a ser místicamente Aquella que
precede el adviento del Señor. A Ella, que cumple sin
interrupción el ministerio de Madre de la Iglesia y de
cada cristiano, le encomiendo con confianza la
preparación de la XV Jornada Mundial de la Juventud. Que
María Santísima os enseñe, queridos jóvenes, a
discernir la voluntad del Padre del cielo sobre vuestra
existencia. Que os obtenga la fuerza y la sabiduría para
poder hablar a Dios y hablar de Dios. Con su ejemplo os
impulse para ser en el nuevo milenio anunciadores de
esperanza, de amor y de paz.
En espera de encontraros en gran número
en Roma el próximo año, «os encomiendo a Dios y a la
Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el
edificio y daros la herencia con todos los santificados»
(Hc 20,32) y de corazón, con gran cariño, os bendigo a
todos, junto a vuestras familias y las personas queridas.
Desde el Vaticano, 29 de junio de 1999,
Solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo.
Ioannes Paulus P.P. II |