A medida que aumenta la retórica política en este
año de elecciones, los candidatos y sus colaboradores
componen mensajes para persuadirnos que votemos por ellos.
Y algunos de nosotros nos cansamos rápido y decimos
cínicamente, "¡No se les puede creer nada!"
Otros se inclinan por los candidatos cuyas promesas se
acercan a sus propios intereses. Muchos dicen que les
interesa más el carácter personal que la substancia (el
quién más que el qué) y tratan de encontrar a la
persona detrás de las palabras. Lamentablemente, muchos
de nosotros no prestamos atención y "prestamos
oídos sordos".
No es suficiente que los ciudadanos escuchen y se
formen sus opiniones. Debemos expresarnos a través de
nuestras palabras y nuestras acciones. No tengan miedo de
hablar, de involucrarse en campañas políticas o temas de
interés. Sus voces pueden llegar a transformar a nuestras
comunidades, a nuestra nación y al mundo mismo.
Nos guste o no, el mundo en que vivimos es un mundo de
palabras. Mucho de lo que sabemos o creemos saber lo hemos
aprendido a través de las palabras de otras personas.
Esos hombres y mujeres que han intentado conducir o
presionar, inspirar o amenazar, defender valores o
atacarlos, lo han hecho utilizando el lenguaje para darle
forma a las acciones y reacciones de quienes escuchan.
Por el lado positivo, el lenguaje nos ha ayudado, por
lo menos, a ser civilizados. Violento como es nuestro
mundo hoy día, aún así recurrimos menos a la fuerza
bruta y más a las palabras para dirigir nuestra relación
entre unos y otros. Por cierto, a través de la historia,
nos hemos inclinado cada vez más hacia el poder
persuasivo de la palabra para alterar o reforzar nuestras
creencias y valores.
Es por eso que a todo aquel que trata de
"navegar" las corrientes retóricas de la escena
política, le aconsejo que lea algunos discursos del
pasado. Les sorprenderá ver cómo nuestros puntos de
vista han sido formados para bien o para mal. La Navidad
pasada alguien me regaló un libro que me impactó: una
colección de los mejores discursos del siglo
norteamericano por el senador de Nueva Jersey, Robert
Torricelli, y Andrew Carroll. Habiendo enseñado retórica
y comunicación en la universidad, encontré que el valor
especial del libro reside en su amplitud en el campo
político, social y cultural. Muestra claramente que los
discursos famosos y los no tan famosos tienen una función
en la formación de la sociedad.
David Lloyd George, primer ministro británico durante
la primera guerra mundial, dijo: "No hay mejor
elocuencia que la que logra que se haga el trabajo".
Familiarizándose con los grandes discursos del pasado,
podrán ustedes aumentar sus habilidades para responder en
forma más crítica a los oradores y candidatos de hoy.
Usar nuestro mejor juicio es no sólo nuestro derecho sino
nuestra responsabilidad. Lo que no podemos hacer es
abandonar nuestro interés personal en el proceso
político y gubernamental. Es demasiado importante para no
darle nuestra atención.