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El
perdón de Dios es infinito

Eugenio Torres
Uno de los fundadores de la Alianza Floridiana para el
Progreso, Inc., que ayuda a la juventud de Broward, y
miembro de la parroquia San Isidro.
De todas las historias de mi abuelo, Don Guillermo
Torres, hay una que siempre estará en mi mente,
especialmente en esta época y lugar, en donde tendemos a
pasar juicio a todo lo que nos rodea.
Cursaba yo el tercer año de escuela superior cuando
sucedió que una maestra de escuela elemental de mi
barrio, en las montañas de Puerto Rico, salió encinta
sin estar casada. Aquello causó gran revuelo porque nunca
había pasado antes.
Como en todos los países latinos, los políticos
trataban de aprovechar el hecho para acusarse unos a
otros. Siendo la maestra hija de personas cuya afiliación
política no era la del partido de poder, la gente se
ensañaba con ella y la acosaban. La vi llorando muchas
veces y pensaba que había perdido tanto peso que la pobre
ya no necesitaba ningún juicio puesto que estaba al borde
de la muerte. ¡Cómo me partía el corazón aquello!
La asociación de padres y maestros se reuniría un
domingo para asestarle el golpe final: recomendar su
despido del sistema escolar. Llegado el día, vi cómo
todos iban al salón de actos de la vieja escuela, sus
rostros serios y su frente fruncida.
De lejos alcancé a ver a mi abuelo. Iba vestido de
pantalón de trabajo, pero muy limpio, amarrado a los
tobillos, sobre sus zapatos de trabajo, color de la
tierra. Su camisa abotonada hasta el cuello, le daba un
aire de distinción. Su viejo sombrero blanco hacía juego
con el sol brillante. Llevaba en sus manos una bolsa de
papel arrugada y en ella lo que parecía ser un libro.
Aquello me impresionó porque mi abuelo no sabía leer ni
escribir, pero pensé que si él lo traía sería por algo
importante.
La reunión se tornó un tanto violenta por los
argumentos de uno y otro lado. Llegado un momento de
silencio, el abuelo dijo: "Señores, yo quiero decir
algo: yo sé que no soy ilustrado y que ni siquiera sé
leer o escribir. Yo he preguntado, he hablado con personas
de letras, he pensado mucho. Anoche, mientras pensaba en
estas cosas, le dije a mi nieto que me leyera de este
libro, la Biblia, que traigo en esta bolsa. Le dije
que cerrara los ojos y lo abriera en cualquier página.
Así mi nieto me leyó la historia de Jesús y María
Magdalena. Recuerdo que Jesús dijo algo así como: 'Vete,
mujer y no peques más'. Yo no me acuerdo de que la
juzgara ni la castigara. Si Cristo hizo eso, ¿podemos
nosotros juzgar a esta mujer hoy? Mírenla bien; casi
está muerta por el sufrimiento. ¿No es ese suficiente
castigo? ¿Es que somos mejores que Cristo y tenemos que
acabar con ella?"
Se hizo un silencio absoluto. Nadie se atrevió a
hablar más. En ese momento vi a aquel viejo de noventa
años, de estatura menuda, de pelo blanco por la canas,
tornarse en un gran gigante ante mis ojos. Ese día
aprendí lo que nunca aprendería en los libros: la
compasión por los demás y a no juzgar a la gente al
extremo de hacerles daño. Si Cristo perdonó, ¿por qué
no puedo hacerlo yo también?
Mi abuelo murió seis meses después. Dios lo tenga en
su gloria. |