El Pontificio Consejo para la Familia
ha preparado algunos temas de reflexión y de diálogo en
preparación al III Encuentro Mundial del Santo Padre con
las Familias 'Jubileo de las Familias', que tendrá lugar
en Roma, el 14 y 15 de octubre del 2000, y en la
Arquidiócesis el 21 de noviembre. El Encuentro Mundial es
continuación del primero, efectuado en Roma durante el
Año de la Familia (1994) y del segundo, que tuvo lugar en
Río de Janeiro en el 1997.
Durante varios meses vamos a ofrecer una selección de
textos del Documento que recogen las enseñanzas del
Concilio Vaticano II y del Pontificado de Juan Pablo II
sobre la familia.
• Antes de hacer esta reflexión, toma la Biblia y
lee alguna de estas lecturas: el salmo 139; el salmo 127;
del libro del Génesis 1,27-28a; del evangelio de Lucas,
1,26 en adelante.
• ¿Cada hijo es para nosotros un don? ¿Nos dejamos
influir por la mentalidad común que lo rechaza,
especialmente si ha sido concebido en un acto de
violencia, o si nacerá minusválido?
• Pensemos en nuestra actitudes: Ante los padres que
tienen dificultad para acoger el don de los hijos. Ante
quien nos resulta poco agradable por alguna deficiencia
física o mental.
• Piensa de qué manera cada miembro de tu familia es
un don para tí, para la sociedad.
¿Es verdad que el nuevo ser humano es un don para los
padres? ¿Un don para la sociedad? Aparentemente nada
parece indicarlo. El nacimiento de un ser humano parece a
veces un simple dato estadístico.
Ciertamente, el nacimiento de un hijo significa para
los padres ulteriores esfuerzos, nuevas cargas
económicas, otros condicionamientos prácticos. Estos
motivos pueden llevarlos a la tentación de no desear otro
hijo. En algunos ambientes sociales y culturales la
tentación resulta más fuerte. El hijo, ¿no es, pues, un
don? ¿Viene sólo para recibir y no para dar?
He aquí algunas cuestiones inquietantes, de las que el
hombre actual no se libra fácilmente. El hijo viene a
ocupar un espacio, mientras parece que en el mundo cada
vez haya menos. Pero, ¿es realmente verdad que el hijo no
aporta nada a la familia y a la sociedad? ¿No es quizás
una "partícula" de aquel bien común sin el
cual las comunidades humanas se disgregan y corren el
riesgo de desaparecer? ¿Cómo negarlo? El niño hace de
sí mismo un don a los hermanos, hermanas, padres, a toda
la familia. Su vida se convierte en don para los mismos
donantes de la vida, los cuales no dejarán de sentir la
presencia del hijo, su participación en la vida de ellos,
su aportación a su bien común y al de la comunidad
familiar. Verdad, ésta, que es obvia en su simplicidad y
profundidad, no obstante la complejidad, y también la
eventual patología, de la estructura psicológica de
ciertas personas.
Duda y perplejidad
El progreso científico-técnico, que el hombre
contemporáneo acrecienta continuamente en su dominio
sobre la naturaleza, no desarrolla solamente la esperanza
de crear una humanidad nueva y mejor, sino que también
promueve una angustia cada vez más profunda ante el
futuro. Algunos se preguntan si es un bien vivir o si
sería mejor no haber nacido; se duda de si es lícito
llamar a otros a la vida, los cuales quizás maldecirán
su existencia en un mundo cruel, cuyos terrores no son ni
siquiera previsibles.
Otros piensan que son ellos los únicos destinatarios
de las ventajas de la técnica y excluyen a los demás, a
los cuales imponen medios anticonceptivos o métodos aún
peores. Otros todavía, cautivos como son de la mentalidad
consumista y con la única preocupación de un continuo
aumento de bienes materiales, acaban por no comprender, y
por consiguiente rechazar la riqueza espiritual de una
nueva vida humana. Ha nacido así una mentalidad contra la
vida , un cierto pánico derivado de los estudios de
ecólogos y futurólogos sobre la demografía, que a veces
exageran el peligro que representa el incremento
demográfico para la calidad de la vida.
Sí a la vida
Pero la Iglesia cree firmemente que la vida humana,
aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del
Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el egoísmo, que
ofuscan el mundo... La Iglesia cree firmemente que la vida
humana, aunque débil y enferma, es siempre un don
espléndido del Dios de la bondad… La Iglesia manifiesta
su voluntad de promover con todo medio y defender contra
toda insidia la vida humana, en cualquier condición o
fase de desarrollo en que se encuentre. Por esto condena,
como ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia,
todas aquellas actividades de los gobiernos o de otras
autoridades públicas, que tratan de limitar de cualquier
modo la libertad de los esposos en la decisión sobre los
hijos.
El deber de transmitir la vida y educarla constituye la
misión propia de los esposos. Dios, el Señor de la vida,
ha confiado a los hombres esta insigne Misión de Proteger
la vida y salvaguardarla con extremo cuidado. Una índole
sexual del hombre y su facultad generativa superan
admirablemente los otros órdenes de la naturaleza. Tal
misión de transmitir la vida y educar a los hijos no se
limita a este mundo sino que mira al destino eterno del
ser humano
Ser padre y ser madre
La paternidad y matemidad responsables expresan un
compromiso concreto que en el mundo actual presenta nuevas
características. En particular, se refieren directamente
al momento en que el hombre y la mujer, uniéndose
"en una sola carne", pueden convertirse en
padres. Ambos pueden convertirse en procreadores ‘padre
y madre’ comunicando la vida a un nuevo ser humano. Las
dos dimensiones de la unión conyugal, la unitiva y la
procreativa, no pueden separarse artificialmente sin
alterar la verdad íntima del mismo acto conyugal…
Toda la vida del matrimonio es entrega, pero esto se
hace singularmente evidente cuando los esposos,
ofreciéndose recíprocamente en el amor, realizan aquel
encuentro que hace de los dos "una sola carne"
(Gen 2,24).
Es ella la primera que se da cuenta de que es madre y
el hombre toma conciencia, mediante el testimonio de ella,
de ser padre. El hombre debe reconocer y aceptar el
resultado de una decisión que también ha sido suya.
¿Cómo podría el hombre no hacerse cargo de ello? Es
necesario que ambos, el hombre y la mujer, asuman juntos,
ante sí mismos y ante los demás, la responsabilidad de
la nueva vida suscitada por ellos.