
Xiomara Pagés
Escritora cubana residente en Miami
Un pobre hombre fue el único sobreviviente de un
naufragio. Sujeto a un pedazo del barco, llega a las
playas de una diminuta y deshabitada isla. Se arrodilló
una vez allí y le pidió a Dios que alguien viniera a
rescatarlo.
Pasaron los días y para cubrirse de las inclemencias
de la naturaleza y poder guardar sus pocas pertenencias,
construyó una pequeña choza hecha de pencas de palmas,
pedazos de troncos, conchas y guijarros.
Cada mañana caminaba alrededor de la isla en busca de
algún alimento, hierbas y frutas y, al mediodía,
pescaba algo del mar. En uno de esos recorridos, regresó
a su cabañita para verla envuelta en llamas y el humo
ascendiendo al cielo.
Se puso a llorar de tristeza y rabia. Su oración a
Dios se convirtió en un lamento, una queja, "¿Cómo
es posible que Dios me trate así?" Y se quedó
dormido al lado de las ruinas.
Al día siguiente lo despertó el ruido de un barco que
se acercaba a la isla. Habían venido a rescatarlo.
"¿Cómo sabían que estaba aquí?" preguntó a
sus salvadores. Y los marinos le
respondieron: "Vimos tu señal de humo".
Muchas veces la vida nos "quema la choza". Y
como todo ser humano, nuestra primera reacción es
lamentarnos, quejarnos y enojarnos con Dios. "¿Por
qué me tratas así?" le preguntamos entre lágrimas
y desesperación. Pasa el tiempo y de aquel problema,
de aquella situación siempre sale algo bueno. No es que
seamos masoquistas o que querramos el dolor o el problema,
sino aprender a ver que detrás de los tiempos malos
siempre se ocultan otros tiempos mejores.
Alguien dijo que las oportunidades en la vida que nos
hacen crecer, vienen disfrazadas de situaciones difíciles
para luego develarnos un futuro mejor. Dios conoce
nuestros deseos y escucha nuestra oración. Todos tenemos
un propósito, una meta.
El sabe que somos escritores de nuestras vidas aunque
no hayamos escrito un libro; que nuestro humilde trabajo,
tal vez anónimo, se puede convertir en una oración
cotidiana; que aunque nos sangren los pies de tropezar con
las piedras del camino, podemos sonreír a los demás; que
aunque las manos estén llenas de cicatrices por tantas
incomprensiones y problemas, nuestros labios pueden aún
regalar una frase amable llena de gratitud. Aunque
las lágrimas amargas nos bañen el rostro, dentro el
corazón late porque siempre podrá amar. Que aunque no
seamos ni un artista, ni un escritor, ni un santo, ni un
ángel, siempre Dios tiene un lugar reservado para
nosotros.
El siempre será nuestro Salvador, pues ve nuestras
señales de humo, aunque la choza se nos haya quemado.