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Mundo/Nación
 

LLAMADOS A LA PLENITUD DE LA VIDA

El Pontificio Consejo para la Familia ha preparado algunos temas de reflexión y diálogo en preparación al Tercer Encuentro Mundial del Santo Padre con las Familias. El ‘Jubileo de las Familias’ tendrá lugar en Roma el 14 y 15 de octubre del 2000 y en la Arquidiócesis el 21 de noviembre. El Encuentro Mundial es continuación del primero, efectuado en Roma durante el Año de la Familia (1994) y del segundo, que tuvo lugar en Río de Janeiro en 1997.

Esta es la segunda parte de una selección de textos del Documento que recoge las enseñanzas del Concilio Vaticano II y del Pontificado de Juan Pablo II sobre la familia.

Antes de hacer esta reflexión, toma la Biblia y haz la siguiente lectura: Lc 1,26-56.

• Piensa en tu vida familiar. Piensa en el trato que ofreces a tus hijos. ¿Cómo refleja ese trato los valores de los que habla este documento? ¿ Cómo puedes aportar algo en este sentido a la vida familiar?

• Respetar los derechos del niño es cuestión de civilización. ¿Qué agrega la visión cristiana?

El misterio del ser humano sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Es, en efecto, la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma. El origen del ser humano no se debe sólo a las leyes de la biología, sino directamente a la voluntad creadora de Dios: voluntad que llega hasta la genealogía de los hijos e hijas de las familias humanas. Dios ha amado al hombre desde el principio y lo sigue amando en cada concepción y nacimiento humano.

Dios ama al ser humano como un ser semejante a El, como persona. Todo ser humano es creado por Dios por sí mismo. En la constitución personal de cada uno está inscrita la voluntad de Dios. Los padres, ante un nuevo ser humano, deberían tener plena conciencia de que Dios le ama por sí mismo. Desde el momento de la concepción y más tarde, del nacimiento, el nuevo ser está destinado a expresar plenamente su humanidad, a encontrarse plenamente como persona.

Esto afecta absolutamente a todos, incluso a los enfermos crónicos y minusválidos. Ser hombre/mujer es su vocación fundamental; serlo según el don recibido; según el talento que es la propia humanidad y después, según los demás talentos. Sin embargo, en el designio de Dios la vocación de la persona humana va mas allá de los límites del tiempo. Dios quiere que la persona participe de su misma vida divina. Por eso dice Cristo: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10).

El ser humano está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su fase temporal. La vida en el tiempo es parte integrante de todo el proceso unitario de la vida humana. Un proceso que, inesperada e inmerecidamente, es iluminado por la promesa y renovado por el don de la vida divina, que alcanzará su plena realización en la eternidad (cf. I Jn 3,1-2).

Debilidad y grandeza de la vida del niño

La vida humana, antes y después del nacimiento, se encuentra en una situación muy precaria. "Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía y antes que nacieses, te tenía consagrado" (Jr 1,5): la existencia de cada individuo, desde sus orígenes, está en el plan de Dios. ¿Cómo se puede pensar que uno solo de los momentos del maravilloso proceso de formación de la vida pueda ser sustraído de la sabia y amorosa acción del Creador y dejado a merced del arbitrio del hombre?

La revelación del Nuevo Testamento confirma el valor de la vida desde sus comienzos. El valor de la persona desde su concepción es celebrado vivamente en el encuentro entre la Virgen María e Isabel y entre los dos niños que llevan en su seno. Son precisamente ellos, los niños, quienes revelan la llegada de la era mesiánica: en su encuentro comienza a actuar la fuerza redentora de la presencia del Hijo de Dios entre los hombres. "Bien pronto –escribe San Ambrosio—se manifiestan los beneficios de la llegada de María y de la presencia del Señor… Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio".

Derechos que lo protegen

Toda persona abierta sinceramente a la verdad y al bien puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor de la vida humana desde su inicio hasta su término y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo.

Hoy una gran multitud de seres humanos débiles e indefensos como son, concretamente, los niños aún no nacidos, está siendo atropellada en su derecho fundamental a la vida. Dios es el único señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella. De la sacralidad de la vida deriva su carácter inviolable, inscrito desde el principio en el corazón de la persona, en su conciencia.

La vida del ser humano es el mayor bien que todos hemos de proteger. Por ello la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice que "Todo individuo tiene derecho a la vida" (art. 3) y la Carta de los Derechos de la Familia de la Santa Sede (1983) confirma que la "vida humana debe ser respetado y protegida absolutamente desde el momento de la concepción" (art. 4). Por tanto los "niños, tanto antes como después del nacimiento, tienen derecho a una especial protección y asistencia" (art. 4, d). Así pues el fruto de la generación humana desde el primer momento de su existencia exige el respeto incondicionado y reconocerle los derechos de persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida.

En la familia debe reservarse una atención especialísima al niño, desarrollando una profunda estima por su dignidad personal, así como un gran respeto y un generoso servicio a sus derechos. Esto vale respecto a todo niño, pero adquiere una urgencia singular cuando el niño es pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o es minusválido.

Todo cuanto se ha dicho de la dignidad de la persona humana se debe aplicar al niño aún no nacido porque no es el nacimiento que le da dignidad, sino el hecho de ser un individuo de naturaleza racional y esto lo es desde el mismo momento de su concepción. Es ya entonces un ser al que Dios ama por sí mismo. Pero además, en este caso del no nacido, junto a la misma dignidad se une la mayor fragilidad.