El misterio del ser humano sólo se esclarece en el
misterio del Verbo encarnado. Cristo, el nuevo Adán, en
la misma revelación del misterio del Padre y de su amor,
manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le
descubre la sublimidad de su vocación. Es, en efecto, la
única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por
sí misma. El origen del ser humano no se debe sólo a las
leyes de la biología, sino directamente a la voluntad
creadora de Dios: voluntad que llega hasta la genealogía
de los hijos e hijas de las familias humanas. Dios ha
amado al hombre desde el principio y lo sigue amando en
cada concepción y nacimiento humano.
Dios ama al ser humano como un ser semejante a El, como
persona. Todo ser humano es creado por Dios por sí mismo.
En la constitución personal de cada uno está inscrita la
voluntad de Dios. Los padres, ante un nuevo ser humano,
deberían tener plena conciencia de que Dios le ama por
sí mismo. Desde el momento de la concepción y más
tarde, del nacimiento, el nuevo ser está destinado a
expresar plenamente su humanidad, a encontrarse plenamente
como persona.
Esto afecta absolutamente a todos, incluso a los
enfermos crónicos y minusválidos. Ser hombre/mujer es su
vocación fundamental; serlo según el don recibido;
según el talento que es la propia humanidad y después,
según los demás talentos. Sin embargo, en el designio de
Dios la vocación de la persona humana va mas allá de los
límites del tiempo. Dios quiere que la persona participe
de su misma vida divina. Por eso dice Cristo: "Yo he
venido para que tengan vida y la tengan en
abundancia" (Jn 10,10).
El ser humano está llamado a una plenitud de vida que
va más allá de las dimensiones de su existencia terrena,
ya que consiste en la participación de la vida misma de
Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta
la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su
fase temporal. La vida en el tiempo es parte integrante de
todo el proceso unitario de la vida humana. Un proceso
que, inesperada e inmerecidamente, es iluminado por la
promesa y renovado por el don de la vida divina, que
alcanzará su plena realización en la eternidad (cf. I Jn
3,1-2).
Debilidad y grandeza de la vida del niño
La vida humana, antes y después del nacimiento, se
encuentra en una situación muy precaria. "Antes de
haberte formado yo en el seno materno, te conocía y antes
que nacieses, te tenía consagrado" (Jr 1,5): la
existencia de cada individuo, desde sus orígenes, está
en el plan de Dios. ¿Cómo se puede pensar que uno solo
de los momentos del maravilloso proceso de formación de
la vida pueda ser sustraído de la sabia y amorosa acción
del Creador y dejado a merced del arbitrio del hombre?
La revelación del Nuevo Testamento confirma el valor
de la vida desde sus comienzos. El valor de la persona
desde su concepción es celebrado vivamente en el
encuentro entre la Virgen María e Isabel y entre los dos
niños que llevan en su seno. Son precisamente ellos, los
niños, quienes revelan la llegada de la era mesiánica:
en su encuentro comienza a actuar la fuerza redentora de
la presencia del Hijo de Dios entre los hombres.
"Bien pronto –escribe San Ambrosio—se manifiestan
los beneficios de la llegada de María y de la presencia
del Señor… Isabel fue la primera en oír la voz, pero
Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque
Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza
pero Juan, en cambio, se alegró a causa del
misterio".
Derechos que lo protegen
Toda persona abierta sinceramente a la verdad y al bien
puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su
corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor de la vida humana
desde su inicio hasta su término y afirmar el derecho de
cada ser humano a ver respetado totalmente este bien
primario suyo.
Hoy una gran multitud de seres humanos débiles e
indefensos como son, concretamente, los niños aún no
nacidos, está siendo atropellada en su derecho
fundamental a la vida. Dios es el único señor de esta
vida: el hombre no puede disponer de ella. De la
sacralidad de la vida deriva su carácter inviolable,
inscrito desde el principio en el corazón de la persona,
en su conciencia.
La vida del ser humano es el mayor bien que todos hemos
de proteger. Por ello la Declaración Universal de los
Derechos Humanos dice que "Todo individuo tiene
derecho a la vida" (art. 3) y la Carta de los
Derechos de la Familia de la Santa Sede (1983) confirma
que la "vida humana debe ser respetado y protegida
absolutamente desde el momento de la concepción"
(art. 4). Por tanto los "niños, tanto antes como
después del nacimiento, tienen derecho a una especial
protección y asistencia" (art. 4, d). Así pues el
fruto de la generación humana desde el primer momento de
su existencia exige el respeto incondicionado y
reconocerle los derechos de persona, principalmente el
derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida.
En la familia debe reservarse una atención
especialísima al niño, desarrollando una profunda estima
por su dignidad personal, así como un gran respeto y un
generoso servicio a sus derechos. Esto vale respecto a
todo niño, pero adquiere una urgencia singular cuando el
niño es pequeño y necesita de todo, está enfermo,
delicado o es minusválido.
Todo cuanto se ha dicho de la dignidad de la persona
humana se debe aplicar al niño aún no nacido porque no
es el nacimiento que le da dignidad, sino el hecho de ser
un individuo de naturaleza racional y esto lo es desde el
mismo momento de su concepción. Es ya entonces un ser al
que Dios ama por sí mismo. Pero además, en este caso del
no nacido, junto a la misma dignidad se une la mayor
fragilidad.