VATICANO ( ZENIT) — En el debate contemporáneo sobre
la relación entre cristianismo y otras religiones, no
faltan entre los teólogos católicos quienes afirman que
las religiones son caminos igualmente válidos de
salvación. En este contexto, la Congregación para la
doctrina de la fe, bajo el cardenal Joseph Ratzinger, ha
hecho pública la declaración Dominus Iesus sobre el
carácter único y universal de la salvación en Cristo y
la Iglesia.
El documento afronta las teorías relativistas que
niegan o consideran superables algu-nas verdades
fundamentales de la fe católica acerca del carácter
definitivo y completo de la revelación de Jesús, el
carácter inspirado de los libros de la Sagrada Escritura,
la unidad y universalidad salvífica del misterio de la
encarnación, pasión y muerte de Cristo y la mediación
salvífica universal de la Iglesia.
Estas teorías se fundan sobre algunos presupuestos de
naturaleza filosófica y teológica bastante difundidos.
Entre estos la declaración señala:
• La convicción de que es imposible comprender la
verdad divina, ni siquiera por parte de la revelación
cristiana.
• La actitud relativista con relación a la verdad
por la cual aquello que es verdad para algunos no lo es
para otros.
• La contraposición radical que habría entre la
mentalidad lógica occidental y la mentalidad simbólica
oriental.
• El subjetivismo exasperado de quien considera a la
razón como única fuente de conocimiento.
• El vaciamiento metafísico del misterio de la
encarnación.
• El eclecticismo de quien, en la investigación
teológica, asume ideas derivadas de diferentes contextos
filosóficos y religiosos, sin preocuparse de su
coherencia y compatibilidad con la verdad cristiana.
• La tendencia a leer e interpretar la Sagrada
Escritura fuera de la Tradición y el Magisterio de la
Iglesia.
Teniendo en cuenta este debate, la Comisión Teológica
Internacional ya había publicado en 1997 un documento, El
Cristianismo y las religiones, que con amplitud de
referencias bíblicas y motivaciones teológicas mostraba
la falta de fundamento de una teología pluralista de las
religiones, afirmando en cambio la unicidad y la
universalidad salvífica del misterio de Cristo y de la
Iglesia, fuente de toda salvación, dentro y fuera del
cristianismo. Sin embargo, dada la enorme y rápida
difusión de la mentalidad relativista y pluralista, el
Vaticano interviene ahora con la presente declaración
para reproponer y clarificar algunas verdades de fe.
En concreto, la declaración se articula en seis
puntos, que resumen los datos esenciales de la doctrina de
la fe católica sobre el significado y el valor salvífico
de las otras religiones.
I. Plenitud y carácter definitivo de la revelación de
Jesucristo.
Contra la tesis que sostiene el carácter limitado,
incompleto e imperfecto de la revelación de Jesús, la
cual sería una complemento de la revelación presente en
otras religiones, la declaración reafirma la plena y
completa revelación en Jesucristo del misterio salvífico
de Dios. Se afirma nuevamente que la calificación de
libros inspirados se reserva solamente a los libros
canónicos del Antiguo y el Nuevo Testamento.
II. El Logos encarnado y el Espíritu Santo en la obra
de la salvación
Contra la tesis de la así llamada doble salvación: la
del Verbo eterno, que sería universal y por lo tanto,
válida también fuera de la Iglesia y aquella del Verbo
encarnado, que estaría limitada solamente a los
cristianos, se afirma la unicidad de la sal-vación
traída por el único Verbo encarnado, Jesucristo. Su
misterio de encarnación, muerte y resurrección es la
fuente única y universal de salvación para toda la
humanidad. Jesús es el mediador y redentor universal. El
Espíritu Santo es Espíritu de Cristo resucitado y su
acción no se pone fuera o al lado de la acción de
Cristo.
III. Carácter único y universal de la salvación de
Jesús.
Reafirma el carácter único y universal del misterio
de Cristo, que en su evento de encarnación, muerte y
resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la
salvación. Las propuestas de un obrar salvífico de Dios
fuera de la única mediación de Cristo resultan
contrarias a la fe católica.
IV. Unicidad y unidad de la Iglesia.
Jesús continúa su presencia y su obra de salvación
en la Iglesia y a través de la Iglesia, que es su cuerpo.
Cristo y la Iglesia no pueden confundirse ni tampoco
separarse.
Los fieles están obligados a profesar que existe una
conti-nuidad histórica entre la Iglesia fundada por
Cristo y la Iglesia Católica, "gobernada por el
sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con
él".
Las iglesias que no aceptan la doctrina católica del
primado del Obispo de Roma permanecen unidas a la Iglesia
Católica por vínculos, como la sucesión apostólica y
la Eucaristía válidamente consagrada. En estas Iglesias
está presente y operante la Iglesia de Cristo, si bien
falte la plena comunión con la Iglesia Católica.
Por el contrario, las comunidades eclesiales que no han
conservado el episcopado válido y la genuina e íntegra
sustancia del misterio eucarístico, no son Iglesia en
sentido propio; sin embargo, los bautizados en estas
comunidades han sido incorporados por el Bautismo a Cristo
y por lo tanto, están en una cierta comunión, si bien
imperfecta, con la Iglesia Católica.
V. Iglesia, Reino de Dios y Reino de Cristo.
No se puede en ningún modo negar o vaciar de
significado la íntima conexión que existe entre Cristo,
el Reino y la Iglesia.
VI. La Iglesia y las religiones en relación con la
salvación.
Ante todo, debe ser firmemente creído que la
"Iglesia peregrinante es necesaria para la
salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino
de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la
Iglesia" (Lumen gentium, 14).
Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica
universal de Dios… Para aquellos que no son formal y
visiblemente miembros de la Iglesia, "la salvación
de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun
teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les
introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de
manera adecuada en su situación interior y ambiental.
Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su sacrificio
y es comunicada por el Espíritu Santo".
Ciertamente, las diferentes tradiciones religiosas
contienen y ofrecen elementos de religio-sidad, que forman
parte de "todo lo que el Espíritu obra en los
hombres y en la historia de los pueblos, así como en las
culturas y religiones". A ellas, sin embargo, no se
les puede atribuir un origen divino ni una eficacia
salvífica ex opere operato, que es propia de los
sacramentos cristianos. Por otro lado, no se puede ignorar
que otros ritos no cristianos, en cuanto dependen de
supersticiones o de otros errores, constituyen más bien
un obstáculo para la salvación.
Con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha
establecido a la Iglesia para la salvación de todos los
hombres. Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que
la Iglesia considera las religiones del mundo con sincero
respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad
indiferentista marcada por un relativismo religioso que
termina por pen-sar que "una religión es tan buena
como otra" .
Conclusión
La presente declaración ha querido reproponer y
aclarar algunas verdades de fe frente a propuestas
problemáticas o incluso erróneas.
Al tratar el tema de la verdadera religión, los Padres
del Concilio Vaticano II han afirmado: "Creemos que
esta única religión verdadera subsiste en la Iglesia
Católica y apostólica, a la cual el Señor Jesús
confió la obligación de difundirla a todos los hombres,
diciendo a los Apóstoles: Id, pues, y enseñad a todas
las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo
cuanto yo os he mandado. "Por su parte todos los
hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en
lo referente a Dios y a su Iglesia y, una vez conocida,
abrazarla y practicarla".