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UN HOSPICIO EN LA CARCEL

Sammy Díaz
Director de la Pastoral de Prisiones de la Arquidiócesis
de Miami.
En el aeropuerto de San Antonio, Texas, fue donde vi
por primera vez a Judith Steel. Para mí era sólo una
persona más que tenía que recoger para llevarla a
nuestra reunión anual de la Asociación de Capellanes
Católicos de Correcciones de América .
Me llamó la atención lo calmada que estaba cuando se
enteró que su maleta no había llegado y que se la
llevarían al día siguiente. En la mañana me enteré que
era una capellana de la penitenciaría del estado de
Oregon y que nos iba a explicar un proyecto ini-ciado por
ella hacía unos años, un hospicio dentro de la
penitenciaría.
En su charla, la reverenda Steel, ministra de la
Iglesia Presbiteriana, nos explicó todo el proceso. El
preso-paciente es admitido en el programa de hospicio
después que su situación médica ha sido evaluada y él
ha aceptado participar en el mismo. El programa está
orientado a ayudarle a lidiar con los asuntos emocionales,
físicos, mentales y espirituales de los últimos días de
su vida. Un equipo compuesto por personal médico y
sicológico, un capellán, guardias y presos voluntarios
debidamente entrenados se ocupará de atender al
preso-paciente.
Para ser voluntario el preso no puede haber sido
condenado por delitos sexuales ni ser drogadicto. Debe
haber tenido buena conducta en los últimos años. Los
presos voluntarios son asignados a los pacientes de
acuerdo con sus necesidades. Para el preso-paciente ésta
es una oportunidad de tener digno control del fin de su
vida. Sus necesidades físicas son atendidas y las
relaciones con su familia se facilitan. La labor
espiritual de prepararlo para su encuentro con el Creador
y la reconciliación con sus familiares son aspectos muy
importantes.
Para los voluntarios, nos decía la capellana Steel, ha
sido una gran experiencia de conversión. Asesinos
endurecidos cambian de actitud y cuidan de un moribundo,
atienden sus necesidades más elementales como ayudarles a
comer, bañarlos, limpiarlos y hacen vigilia hasta que
muera.
El programa no sólo es beneficioso para los presos
participantes. La institución penal también experimenta
la compasión y la solidaridad, algo poco común entre
presos y menos aún donde están los más peligrosos y los
condenados por "vida natural".
Atender a un moribundo es la expresión de solida-ridad
más importante cuando, por casualidad o por la Divina
Providencia, se dan casos como el de un preso-paciente
homosexual, enfermo de sida, que termina siendo atendido
por un preso voluntario que cumple sentencia precisamente
por haber asesinado a un hombre homosexual. El triple
asesino que cuidó con especial atención a su
preso-paciente estuvo más de 50 horas en vigilia a su
lado. Pocas horas después de ser relevado para que
descansara, murió el enfermo… precisamente el día en
que, años antes, el preso voluntario había cometido su
triple asesinato. Este fue el punto final de una gran
conversión.
La presencia cristiana en las prisiones logra estos
actos de humanidad que facilitan los actos de conversión.
No importa lo que hayamos hecho, la conversión siempre es
posible porque Jesús pagó por nuestras faltas con su
Sangre. |