Secciones

punto.gif (910 bytes) Vaticano
punto.gif (910 bytes) Miami
punto.gif (910 bytes) Cuba
punto.gif (910 bytes) Mundo/Nación
punto.gif (910 bytes) Opiniones
punto.gif (910 bytes) Enlaces
punto.gif (910 bytes)
Correo
punto.gif (910 bytes) Archivo
punto.gif (910 bytes) Portada

 

Opiniones
 

¿Creemos que Dios nos da demasiado?

Víctor Martell
Periodista, escritor y presidente del distrito sur de la Sociedad San Vicente de Paúl.

Estudié en el colegio Las Escuelas Pías en La Habana, Cuba. Todos los años los Padres Escolapios celebraban un festival de ayuda a los niños pobres. Nos entregaban un gran número de papeletas para que las vendiéramos. Decíamos que los curas nos atiborraban de talonarios mientras ellos no vendían una papeleta.

Como mi familia era de clase algo más baja que media me costaba mucho trabajo vender algunas papeletas entre mis familiares, por lo que tenía que ofrecerlas en la calle y centros de trabajo cerca de mi casa.

Como había premios para los que más vendieran, algunos hacíamos esfuerzos sobrehumanos para vender el máximo, aun a escondidas de nuestros padres.

Yo vivía en el centro de La Habana cerca de un parque nombrado La Fraternidad. Parece que a la gente le gustaba ver a aquel muchacho de 12 años en su uniforme, pregonando "¡compre una papeleta para ayudar a los niños pobres!" Me compraban bastante y me convertí en uno de los vendedores más populares en la escuela.

Un día vi sentado en uno de los bancos al "Caballero de París", personaje legen-dario de La Habana de entonces. Era un hombre bastante joven, de espesas barbas y cubierto con una gran capa negra. Mis padres decían que estaba loco, aunque en su hablar parecía denotar una gran educación.

"Vos, ¿qué vendes?", me preguntó. Me corrió un frío por la espina dorsal que casi me paralizó, por lo que le contesté tímidamente: "Señor, yo vendo unas papeletas de mi colegio para ayudar a los niños pobres". Me miró largamente y me dijo: "Haces muy bien. Hoy te ríes por tu obra; mañana llorarás de alegría por todo el bien que has hecho. Mira, toma, dame una".

Buscó en el interior de su capa y extrayendo una moneda americana de 50 centavos, me la entregó. La tomé con manos temblorosas y por el nerviosismo se me cayó la papeleta, por lo que tuve que recogerla del suelo. "No, no, quédate con ella y véndesela a otro", replicó. "Así recolectarás más". Me quedé aturdido y le dije, "No; fíjese que tiene unos premios. Usted puede ganárselos".

Respondió con mirada penetrante, "Puedes quedarte con ella. Tú te mereces el premio; yo no necesito nada. Tengo demasiado".

Jamás he olvidado este episodio y sobre todo esa última frase. ¿Cómo era posible que este señor hablara así? Alguien que vivía de la caridad pública, que dormía en los portales, que no tenía familia… ¿y tenía demasiado? Conté lo sucedido a mis familiares pero no lo comprendieron. Por poco no me dejan vender más papeletas, por lo que guardé aquella anécdota en mi corazón por muchos años.

Nunca he sabido si esto fue el motivo de mi entrada muchos años más tarde en la Sociedad de San Vicente de Paúl de ayuda a los necesitados. De lo que sí estoy seguro es que esa frase de "yo tengo demasiado" la he meditado mucho.

Ahora les dejo esta inquietud: ¿en verdad creemos que Dios nos ha dado y nos da demasiado todos los días?