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¿Creemos que Dios nos da demasiado?

Víctor Martell
Periodista, escritor y presidente del distrito sur de la
Sociedad San Vicente de Paúl.
Estudié en el colegio Las Escuelas Pías en La Habana,
Cuba. Todos los años los Padres Escolapios celebraban un
festival de ayuda a los niños pobres. Nos entregaban un
gran número de papeletas para que las vendiéramos.
Decíamos que los curas nos atiborraban de talonarios
mientras ellos no vendían una papeleta.
Como mi familia era de clase algo más baja que media
me costaba mucho trabajo vender algunas papeletas entre
mis familiares, por lo que tenía que ofrecerlas en la
calle y centros de trabajo cerca de mi casa.
Como había premios para los que más vendieran,
algunos hacíamos esfuerzos sobrehumanos para vender el
máximo, aun a escondidas de nuestros padres.
Yo vivía en el centro de La Habana cerca de un parque
nombrado La Fraternidad. Parece que a la gente le gustaba
ver a aquel muchacho de 12 años en su uniforme,
pregonando "¡compre una papeleta para ayudar a los
niños pobres!" Me compraban bastante y me convertí
en uno de los vendedores más populares en la escuela.
Un día vi sentado en uno de los bancos al
"Caballero de París", personaje legen-dario de
La Habana de entonces. Era un hombre bastante joven, de
espesas barbas y cubierto con una gran capa negra. Mis
padres decían que estaba loco, aunque en su hablar
parecía denotar una gran educación.
"Vos, ¿qué vendes?", me preguntó. Me
corrió un frío por la espina dorsal que casi me
paralizó, por lo que le contesté tímidamente:
"Señor, yo vendo unas papeletas de mi colegio para
ayudar a los niños pobres". Me miró largamente y me
dijo: "Haces muy bien. Hoy te ríes por tu obra;
mañana llorarás de alegría por todo el bien que has
hecho. Mira, toma, dame una".
Buscó en el interior de su capa y extrayendo una
moneda americana de 50 centavos, me la entregó. La tomé
con manos temblorosas y por el nerviosismo se me cayó la
papeleta, por lo que tuve que recogerla del suelo.
"No, no, quédate con ella y véndesela a otro",
replicó. "Así recolectarás más". Me quedé
aturdido y le dije, "No; fíjese que tiene unos
premios. Usted puede ganárselos".
Respondió con mirada penetrante, "Puedes quedarte
con ella. Tú te mereces el premio; yo no necesito nada.
Tengo demasiado".
Jamás he olvidado este episodio y sobre todo esa
última frase. ¿Cómo era posible que este señor
hablara así? Alguien que vivía de la caridad pública,
que dormía en los portales, que no tenía familia… ¿y
tenía demasiado? Conté lo sucedido a mis familiares pero
no lo comprendieron. Por poco no me dejan vender más
papeletas, por lo que guardé aquella anécdota en mi
corazón por muchos años.
Nunca he sabido si esto fue el motivo de mi entrada
muchos años más tarde en la Sociedad de San Vicente de
Paúl de ayuda a los necesitados. De lo que sí estoy
seguro es que esa frase de "yo tengo demasiado"
la he meditado mucho.
Ahora les dejo esta inquietud: ¿en verdad creemos que
Dios nos ha dado y nos da demasiado todos los días? |