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Medalla
de Oro para Jerónimo

Aurelio Fernández
Escritor católico radicado en Miami
Hoy quisiera referirme a dos hechos que
nada tienen en común, pero por su magnitud no puedo menos que
encontrar en ambos un homenaje a la vida y a la esperanza.
Uno de estos acontecimientos fueron los
Juegos Olímpicos realizados en Sydney, Australia el pasado
septiembre donde millares de atletas de todo el orbe se dieron
cita para dar lo mejor de sí y ofrecer al mundo entero una
maravillosa lección de entusiasmo, tesón y sacrificio.
Formando un impresionante caleidoscopio
de razas y colores, estos hombres y mujeres se convirtieron en
portadores de un mensaje de armonía universal a través de la
competición; en adalides de una actitud ante la vida que
proclama el esfuerzo, la disciplina y la constancia como único
camino al éxito.
¡Excelente paralelismo con nuestra
vida cristiana en este constante caminar, en este incesante
ejercitarnos en el amor y el servicio, siempre en renovado
proceso de conversión! Al igual que los atletas de la
Olimpiada también necesitamos entrenarnos día a día,
momento a momento en nuestro compromiso apostólico. Sólo así
podrá culminar un día nuestra "carrera" y decir
con San Pablo en su carta a los Filipenses: “Corro hacia la
meta para ser merecedor del premio de la vocación en Cristo
Jesús”.
El otro evento al que quiero referirme
ocurrió en mi parroquia, en mi acostumbrada misa dominical de
sábado por la tarde hace unas cuantas semanas. Y fue nada
menos que la celebración del 100 cumpleaños de Jerónimo, un
miembro de nuestra comunidad.
Un día el bueno de Jerónimo dejó su
querido terruño en Salamanca y partió muy joven, casi niño,
a buscar nuevos horizontes. Como muchos otros peninsulares,
Jerónimo ancló su nave en tierras del Caribe y allí durante
décadas trabajó duro y supo convertir sus sueños,
sufrimientos y alegrías en amor que repartió a los suyos.
Cuando pienso en lo que significa vivir
cien años, me conmuevo al pensar que Jerónimo fue testigo de
los grandes hitos del siglo XX. ¡Cuántas experiencias, cuántas
historias, cuánto testimonio y, por qué no, cuánta bendición!
Sí, bendición del Señor que se transforma en vida regalada
a los sencillos. Bendición para nosotros que podemos dar
gracias por la vida y por los "signos de vida" que
debemos enviar en nuestro caminar.
En este año jubilar, año de reflexión,
de reencuentro, de perdón debemos tomar estos ejemplos como
asideros para nuestra esperanza.
Acabada la contienda olímpica los
atletas volvieron a casa con sus anhelos convertidos en
realidad o aún relegados a puras quimeras, conscientes de que
hicieron lo mejor que pudieron en un evento donde lo que
importa es “competir más que vencer”. Jerónimo, por su
parte, seguirá siendo el roble viejo pero firme que con su
sabiduría y donaire alienta a todos en el hogar.
Para él no habrá medallas y quizás,
como muchos de sus paisanos, nunca pudo aspirar siquiera al más
elemental de los títulos o grados. Pero ciertamente es
poseedor de un premio que el Señor reserva a muy pocos. En
cierta forma Jerónimo ha conquistado el campeonato de la vida.
¡Felicidades, Jerónimo!
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