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La familia es el núcleo del Cuerpo de Cristo

El Pontificio Consejo Para la Familia preparó algunos temas de reflexión y diálogo para el Tercer Encuentro Mundial del Santo Padre con las Familias, realizado el pasado 15 de octubre en Roma. Esta es la última parte de una selección de textos del Documento que recoge las enseñanzas del Concilio Vaticano II y del pontificado de Juan Pablo II sobre la familia.

Hijos huérfanos de padres vivos

El divorcio adquiere carácter inmoral a causa del desorden que introduce en la célula familiar y en la sociedad. Este desorden entraña daños graves: para el cónyuge, que se ve abandonado; para los hijos, traumatizados por la separación de los padres y, a menudo, viviendo en tensión a causa de ellos; por su efecto contagioso que hace de él una verdadera plaga social.

Conviene, pues, que la sociedad humana y, en ella, las familias que a menudo viven en un contexto de lucha entre la civilización del amor y sus antítesis, busquen su fundamento estable en una justa visión del ser humano y de lo que determina la plena “realización” de su humanidad. Ciertamente contrario a la civilización del amor es el llamado “amor libre”, tanto o más peligroso porque es presentado frecuentemente como fruto de un sentimiento “verdadero” mientras, de hecho, destruye el amor. ¡Cuántas familias se han disgregado precisamente por el “amor libre”! El “amor libre” explota las debilidades humanas dándoles cierto “marco de nobleza" con la ayuda de la seducción y con el apoyo de la opinión pública. Se trata  así de “tranquilizar” las conciencias especialmente cuando, además del cónyuge, sufren los hijos privados del padre o de la madre y condenados a ser, de hecho, huérfanos de padres vivos.

Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su revelación: El quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.

 Una familia para quien carece de ella

Las familias cristianas se deben abrir con disponibilidad a la adopción y acogida de aquellos hijos que están privados de sus padres o han sido abandonados. Esos niños podrán experimentar la cariñosa y solícita paternidad de Dios y crecer con serenidad y confianza.

Los huérfanos y los hijos privados de la asistencia de sus padres o tutores deben gozar de una protección especial por parte de la sociedad. El Estado debe procurar una legislación que facilite a las familias idóneas acoger a los niños que tengan necesidad de cuidado temporal o permanente y que, al mismo tiempo, respete los derechos naturales de los padres.

Los esposos que viven la experiencia de la esterilidad física deberán orientarse hacia esa perspectiva, rica para todos en valor y exigencias. Las familias cristianas, que reconocen a todos los seres humanos como hijos del Padre común de los cielos, irán al encuentro de los hijos de otras familias, sosteniéndoles y amándoles como miembros de la única familia de los hijos de Dios.

 Gratuidad y educación en la fe

El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por él somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños. La Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento.

Los padres, a través de la educación cristiana, ayudan a que los propios hijos se hagan más conscientes cada día del don recibido de la fe, mientras se inician gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación, se forman para vivir según el hombre nuevo en justicia y santidad de verdad y contribuyen al crecimiento del Cuerpo místico. En la familia todos los miembros evangelizan y son evangelizados.

 Evangelización en la familia

En virtud del ministerio de la educación de los padres, mediante el testimonio de su vida son los primeros mensajeros del Evangelio ante los hijos. Es más, rezando con los hijos, dedicándose con ellos a la lectura de la Palabra de Dios e introduciéndoles en la intimidad del Cuerpo de Cristo mediante la iniciación cristiana, llegan a ser más plenamente padres. Uno de los campos en los que la familia es insustituible es el de la educación religiosa, gracias a la cual la familia crece como “iglesia doméstica”. La educación religiosa y la catequesis de los hijos sitúan a la familia en el ámbito de la Iglesia como un verdadero sujeto de evangelización y de apostolado. Es un derecho relacionado íntimamente con el principio de la libertad religiosa.

 Ayuda de otras instituciones

Las familias y, más concretamente los padres, tienen la libre facultad de escoger para sus hijos un determinado modelo de educación religiosa y moral de acuerdo con las propias convicciones. Pero incluso cuando confían estos cometidos a instituciones eclesiásticas o escuelas dirigidas por personal religioso, es necesario que su presencia educativa siga siendo constante y activa.

A fin de que los padres cristianos puedan cumplir dignamente su ministerio educativo, el Estado y la Iglesia tienen la obligación de dar a las familias todas las ayudas posibles para que puedan ejercer adecuadamente sus funciones educativas. Se subraya la exigencia de una particular solidaridad entre las familias que puede expresarse mediante diversas formas organizativas como las “asociaciones de familias para las familias”. Es importante que las familias traten de construir entre ellas lazos de solidaridad. Esto les permite prestarse mutuamente un servicio educativo común: los padres son educados por medio de otros padres, los hijos por medio de otros hijos. Se crea así una peculiar tradición educativa que encuentra su fuerza en el carácter de la familia “iglesia doméstica”.