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Mi
niño de un año llora cuando se queda solo, dice:
‘tengo miedo’. Yo pienso que lo hace para llamar la
atención. ¿Qué diferencia hay entre el miedo a quedarse
solo o llamar la atención?

María Cristina Acosta
Sicóloga con muchos años de práctica profesional en Cuba
Si en las dos situaciones el niño reclama nuestra presencia, está en legítimo
derecho de reclamar nuestro cuidado como una necesidad
infantil tan importante como alimentarlo.
Cuando el niño llora nos expresa estados psicológicos de malestar o
desagrado que tenemos que traducir en inseguridades,
sentimientos de soledad y desamparo, ansiedades o malestar físico.
El niño pequeño no puede expresar en palabras qué necesita
y es a través del llanto que trata de expresarnos su
dependencia de nosotros, los adultos que lo cuidamos y
atendemos.
Es importante saber que tener miedo debilita toda la estructura que apoya el
cimiento ambiental de la personalidad y genera ansiedades que
van a estar presentes, querramos o no, a todo lo largo de
nuestras vidas. Permitir que nuestros hijos tengan miedo como
algo estable es aceptar que no somos capaces de protegerlos,
cuidarlos, defenderlos y amarlos.
Las necesidades y temores en la primera infancia pueden repercutir en toda
la vida del individuo de forma negativa en sus relaciones con
los demás, en la capacidad de enfrentamiento a nuevas
situaciones, en la tolerancia a frustraciones o situaciones no
felices en la vida cotidiana, en el desarrollo de su
independencia y en sus objetivos, metas futuras y
aspiraciones.
El miedo es uno de los sentimientos más destructivos en la personalidad
cuando es estable: por miedo se llega a traicionar, ser ruin,
cobarde, débil y esto lo podemos educar desde edades
tempranas. ¿Por qué juzgar el miedo del niño pequeño, que
no sabe la diferencia entre la fantasía y la realidad? Nunca
debemos ridiculizarlo ni omitirlo, debemos aceptar que es
indefenso y necesita de nosotros de forma estable y segura.
Cuando este sentimiento aparece debemos darle al niño amor,
protección, confianza y fe en nosotros.
¿Y nosotros? En algún momento todos hemos sentido miedo. Analicemos cómo
nosotros enfrentamos nuestros temores; esa es la mejor manera
de enseñar a nuestros hijos a superar sus propios miedos.
Los seres humanos no somos perfectos; necesitamos que nos comprendan,
valoren, apoyen y protejan. Somos seres indefensos que, por
fuertes y valientes que nos creamos, necesitamos del amor
infinito de Dios Padre como cimiento de nuestra fe.
En ese momento, ¡qué bien nos sentimos cuando una mano amiga nos ayuda,
comprende, escucha y nos da la seguridad que podemos triunfar
y vencer ese miedo y esa crisis! Si esto nos sucede a nosotros
los adultos, que como hijos de Dios dependemos de la voluntad
del Padre, ¿cuánto más no necesitarán nuestros hijos?
Cuando descubrimos que Dios camina junto a nosotros, nos cuida
y protege, el temor desaparece y sentimos paz. Esto también
sucede con nuestros pequeños.
Ser padre es una tarea noble, valiente, llena de paciencia y amor. Cuidemos
de nuestros hijos como Dios cuida de nosotros. Allí está el
secreto y el futuro de la humanidad.
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