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En
Navidad, un Niño
convierte nuestras penas en gozo
Mons. Thomas J. McSweeney
Director de The Christophers. Puede visitar su sitio en la
Internet en www.christophers.org.
Era el día de Navidad de 1969, en una
pequeña aldea en las afueras de Nuremberg, Alemania, donde
tuve la suerte de presenciar una obra de teatro ofrecida en el
gimnasio de una escuela. Una experiencia teatral navideña que
nunca olvidaré.
La gente del pueblo tomó su pequeña
obra navideña con el entusiasmo y la seriedad que uno sólo
esperaría ver en las producciones alemanas de la pasión de
Cristo, en el frente de la Catedral de Salzburgo. Pero lo que
no me esperaba —y me impresionó muy especialmente— fue la
primera escena.
El telón se levanta mostrando a María
y José junto al Niño Jesús en el pesebre, una escena
desolada y fría, con el viento silbando en medio del
silencio. De repente se oye un leve golpe en la puerta del
establo y, sorprendido, José va a ver quién es. Yo —y me
imagino que el resto de la audiencia— pensé que serían los
pastores o los Reyes Magos. Pero no. Junto a la puerta vemos a
una pareja de ancianos, encorvados por la edad y el cansancio.
Cuando entran al establo un haz de luz ilumina sus rostros
arrugados y con marcas de tristeza y remordimiento. En su
debilidad aparecen como abrumados por un terrible secreto
mientras le preguntan a José si pueden ver al niño.
Perplejos y con dudas, José y María
se hicieron a un lado y los dejaron pasar. Con sus espaldas
hacia ellos y hacia la audiencia, la anciana sacó algo debajo
de su chal y lo puso en la cunita del niño.
Además de mi propia curiosidad, pude
sentir la intriga del público. “¿Quién es esa pareja y qué
está haciendo?” Y de repente los ancianos se volvieron a
José y María —ahora con un cambio notable en el semblante,
como si de pronto hubieran sido aliviados y revitalizados por
lo que acabaron de hacer, sin arrugas en la cara ni agobio.
Sonriendo y con un gozo radiante, agradecieron a María y José
y se fueron.
Cuando María busca en la cuna,
encuentra un pedazo de manzana y se la da a José con gran
curiosidad, quien estudia el trozo de fruta y luego dice, “¿Puede
ser posible? ¡Esa pareja era Adán y Eva devolviéndole a
Dios lo que una vez le quitaron!”
Y con este descubrimiento el público
rompió en un aplauso entusiasmado que aumentó a medida que
las luces sobre el escenario se iban oscureciendo.Para los
alemanes de esta aldea la primera Navidad comenzó con el perdón.
Esta escena fue para mí un magnífico
recordatorio de que el amor de Dios es más grande que
nuestros pecados y su promesa de una nueva vida es más fuerte
que nuestros errores. En la primera Navidad, a pocas millas de
Jerusalén, Dios perdonó a la humanidad convirtiéndose en
uno como nosotros.
El regalo del perdón fue dado al mundo
entero. No hay herida que El no pueda curar. No hay pena que
no pueda convertir en gozo.
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