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Al
fin hice mi sueño realidad

L. Jerónimo Sáa Jiménez
Fue cónsul de Chile en Nicaragua y reside en Miami
¡Por fin, después de muchos años,
logré peregrinar a Tierra Santa! La verdad es que no pude
insertarme en ninguno de los grupos de peregrinos que, acompañados
de un sacerdote, viajaban desde Miami luego de reuniones
previas para este
importante evento.
Partí
solo a Tel Aviv y ahí me uní a un conjunto de 38 personas de
distintos países de América Latina bajo la dirección de un
señor que, en calidad de guía, nos iba explicando todo el
desarrollo de las visitas a los diversos lugares santos. Con
profundo conocimiento de las Escrituras nos aclaraba lo que
estaba perfectamente definido en esos escritos y lo que sólo
es tradición… muy seria y tal vez de los primeros siglos.
Es muy difícil expresar los
sentimientos que experimenté al sentirme cerca de los lugares
donde se desarrolló la vida de Nuestro Señor .
Visité Belén, Nazaret, Jerusalén y
varios otros pueblos que de alguna manera recuerdan la vida,
los milagros, las enseñanzas y los padecimientos de Nuestro
Señor en esta tierra.
En el río Jordán mojé mis pies en
las mismas aguas donde Jesús fue bautizado y un sacerdote
roció mi cabeza con esas aguas en una renovación del
bautismo.
Ante el Muro de las Lamentaciones pude
advertir el gran sentido de religiosidad con que se mueven
hombres y mujeres de diversas partes del orbe y que profesan
distinta fe. Sin embargo, con sus cabezas cubiertas y gran
respeto, se acercan, oran y cumplen sus particulares rituales.
Recuerdo haber visto por televisión a su Santidad el Papa
Juan Pablo Segundo también orando ante ese viejo muro.
Una de las visitas que más me impactó
fue a la Vía Dolorosa. Un angosto sendero de ruda piedra por
donde se asciende con dificultad hacia el Gólgota, hoy
rodeado de pequeños negocios y entre ellos modestas capillas
que recuerdan las catorce estaciones, hacen
revivir con profunda emoción las últimas y doloridas
horas de Cristo al Calvario.
Luego llegamos a la enorme e
impresionante iglesia del Santo Sepulcro. Permanecí largo
tiempo meditando a la entrada en medio de una muchedumbre de
fieles, ya que por mi edad no habría sido fácil subir por la
empinada escala que lleva a la parte alta donde se recuerda la
crucifixión. Me acerqué a la piedra en que se depositó el
cuerpo de Jesús para prepararlo a la sepultura; me arrodillé
y besé esa bendita piedra con la mas grande emoción. ¡Imposible
expresar los sentimientos que embargaron mi corazón en esos
breves momentos que tuve el privilegio de tocar y besar la
piedra donde descansó el cuerpo de Cristo! El guía obtuvo
para mí la autorización para insentarme entre los peregrinos
que iban volviendo luego de haber
subido a la parte alta y después de casi dos horas
llegaban al lugar del sepulcro. Sólo tres o cuatro personas
pueden penetrar por la pequeña entrada a la gruta.
Al término de mi viaje sólo puedo
comentar que lamento lo breve del tiempo y que ahora entiendo
lo que me dijo una de las compañeras del grupo: si es posible
espero volver una vez más.
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