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La voz del Arzobispo John C. Favalora

Resumen de la homilía del Arzobispo de Miami, John C. Favalora, durante la última celebración arquidiocesana del Jubileo celebrada el 6 de enero, fiesta de la Epifanía.  

 

 

Mis queridos amigos:

La Estrella de Belén llevó a los tres sabios de Oriente al lugar donde estaba el Niño Jesús. Durante este Gran Jubileo del Año 2000, millones de hombres y mujeres sabios han seguido la brillante luz de sabiduría espiritual para descubrir a Cristo una vez más. Este año especial de gracia ha servido a muchos como tiempo de rica renovación interior y crecimiento espiritual.

Nuestros sacerdotes cuentan historias maravillosas y experiencias de Dios que provocan en los corazones una nueva y excitante realización de quién es Jesús: el Señor de la historia, el Salvador del mundo, el Hijo de Dios que se hizo hombre para ser nuestro hermano.

El programa de Renacer en muchas de nuestras parroquias; las peregrinaciones diocesanas y parroquiales a Roma; las visitas a la Catedral y a nuestras iglesias de peregrinación; el regreso de muchos a la confesión; las oportunidades para ganar indulgencias, las homilías, las muchas oraciones y buenas obras de este año han sido ocasiones para que nosotros demos alabanzas y gracias al Padre por enviarnos a Su Hijo y por llamarnos a su Iglesia, la Iglesia que El dejó a sus apóstoles y sus sucesores.

Este Año Jubilar ha sido uno lleno de epifanías.  Los sabios de Oriente llevaron a Jesús preciosos regalos de oro, incienso y mirra. A lo largo de este año y especialmente hoy nosotros traemos los tesoros más preciosos al adorar a Jesús abriendo nuestros corazones y ofreciéndole nuestra alma y nuestro ser. Nos entregamos sabiendo que El nos dará mucho más a cambio: el cien por ciento.

El desafío para nosotros es extender la luz de Cristo. Si la oscuridad del egoísmo y del pecado, del secularismo y el relativismo, del cinismo y el consumismo debe ser iluminada, ustedes que han visto la luz de Cristo son quienes harán eso posible. Este año de gracia será nada más que una serie de rituales vacíos a menos que lleven el Cristo que han descubierto a todos los que necesitan encontrarlo.

Como su arzobispo les invito a ser hombres y mujeres sabios y a continuar buscando a Jesús, a guardarlo en sus corazones y alabarlo diariamente con gratitud. Sean la Estrella de Belén que guíe a otros a Jesús. Con San Pablo proclamen a todo el mundo que, en Cristo Jesús, nosotros los gentiles somos ahora coherederos con los judíos, nuestros hermanos y hermanas espirituales a quienes Dios se reveló primero; que somos miembros del mismo cuerpo y partícipes de su promesa a través de la prédica del Evangelio.

En esta fiesta de la Epifanía, al cierre del Gran Jubileo del Año 2000, he emitido una carta pastoral titulada "La Estrella de Belén". Les insto a leerla y aceptar la invitación para que se unan a mí y cumplir los desafíos presentados por el Santo Padre después del Sínodo de Obispos de América en 1998, al cual tuve el privilegio de pertenecer.

La carta nos llama a una conversión continua de vida, a unirnos en comunión con nuestros hermanos en la fe y con aquellos de Norte, Centro, Suramérica y nuestras queridas islas caribeñas, sobre todo con el más pobre y necesitado. Oro para que mis recomendaciones en esa carta nos unan en la única América que el Papa designa en su documento postsinodal, "La Iglesia en América".

Al cierre del Jubileo acudimos a María, Nuestra Señora del Nuevo Milenio y Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América, para que nos guíe en la esperanza del próximo siglo y, como lo hizo a los pastores y a los sabios de Oriente, nos muestre a Jesús mientras resumimos nuestra jornada hacia el Padre. Como la Estrella de Belén, María, la Estrella del Mar, nos guiará a casa con seguridad.