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La ley y el espíritu de Dios

Zulema Biasi
Coordina el Ministerio en Contra de las Drogas de la parroquia San Esteban en Miramar

Una amiga mía que siempre lee mis notas me dice que no se explica por qué me estoy culpando continuamente por la adicción a las drogas que sufrió mi hijo. Ella piensa que he sido una buena madre y que hice todo lo posible por dar a mis hijos una buena vida. Es verdad, eso traté de hacer y junto con mi esposo dimos todo el amor de que somos capaces.

Mi propio hijo, hoy curado, me repite cada vez que hablamos del pasado, que yo no tuve nada que ver en su caída. Es agradable oírlo  pero sigo creyendo que todos somos responsables, en alguna medida, de lo bueno y lo malo que pasa a nuestro alrededor, muy especialmente en lo que concierne a nuestros hijos. Así es que si nos enorgullecemos de sus logros y nos sentimos felices de haber formado una persona útil a sí misma y a su familia, del mismo modo debemos aceptar que si en algo fue débil es porque en algún aspecto de su formación algo faltó.

Sé que, como humanos, no podemos hacer un trabajo perfecto pero cuando vemos el nuestro terminado creo que es bueno analizar y buscar las causas que no permitieron mejores resultados. Por mi parte lo hago porque quiero ayudar a que mis errores se repitan lo menos posible.

Tanto mi esposo como yo tratamos de mostrarles a nuestros hijos dónde estaba el bien y dónde el mal  pero lo enseñamos como se enseña la ley, como normas de buena convivencia. Nos olvidamos de poner en esa ley el espíritu de nuestra religión.

La Biblia nos enseña que la religión sin ley por más espiritual que sea no puede guiarnos al Reino de Dios. Jesús no vino a cambiar la ley de los judíos, vino a sumarle el Espíritu de Dios. Buenos ejemplos, buenas enseñanzas se graban en lo profundo del corazón cuando en éste se sembró la semilla de la espiritualidad.

Hoy mi hijo está poniendo en práctica las enseñanzas que recibió en su niñez. Después de tantos años de fracasos y dolor para él y para nosotros, vio la luz que nosotros no alimentamos desde un principio. Este es el milagro que mi familia recibió del Señor.

Todos los padres debiéramos tener presentes estas palabras de Sir 15, 1415: "Medita los mandamientos del Señor y ocúpate siempre de sus preceptos. El mismo afirmará tu corazón y te concederá la sabiduría que deseas". Aquí está la ley y el Espíritu de Dios.

Toda la sabiduría que necesitamos los padres está en las Sagradas Escrituras; si las leemos y las meditamos podremos trasmitírselas a nuestros hijos y darles la fortaleza necesaria para que no caigan en tentaciones que arruinen sus vidas. El futuro de los jóvenes está en conocer sus responsabilidades con ellos mismos y con sus semejantes, respetar cuerpo y alma por igual.

Si practicamos la Ley unida al Espíritu de Dios, nuestro mundo estará más cerca de Su Reino. Si utilizamos la libertad y la inteligencia que El nos dio entenderemos que Dios nos da la fuerza necesaria para aceptar nuestra responsabilidad y todos juntos podremos vencer al mal.