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La
ciencia no puede ignorar la ética
Plantea
carta papal los nuevos retos del Tercer Milenio para los
creyentes del mundo
VATICANO (ZENIT) — La nueva
evangelización, la unidad de los cristianos, la profundización
del diálogo interreligioso, la defensa de la familia y el
medio ambiente, así como la orientación ética de la
biotecnología son algunos de los grandes desafíos que
esperan a los cristianos en el Tercer Milenio, señala Juan
Pablo II en la Carta Apostólica "Novo Millennio
Ineunte" (El Nuevo Milenio que se abre).
Con esta carta apostólica, el Papa
quiere profundizar en la experiencia de estos 379 días de
"gracia" que han convocado a la Iglesia a "ir
mar adentro", según la orden que Jesús dio a Pedro,
afrontando los desafíos del mundo.
“¿Podemos quedar al margen ante las
perspectivas de un desequilibrio ecológico que hace
inhabitables y enemigas del hombre vastas áreas del
planeta?", pregunta el Pontífice en la carta. "¿O
ante los problemas de la paz, amenazada a menudo con la
pesadilla de guerras catastróficas? ¿O frente al vilipendio
de los derechos humanos fundamentales de tantas personas,
especialmente de los niños?”
El Papa señala que “se debe prestar
especial atención a algunos aspectos de la radicalidad evangélica
que a menudo son menos comprendidos, hasta el punto de hacer
impopular la intervención de la Iglesia, pero que no pueden
por ello desaparecer de la agenda eclesial de la caridad”.
“Me refiero al deber de comprometerse
en la defensa del respeto a la vida de cada ser humano desde
la concepción hasta su ocaso natural", indicó.
"Del mismo modo, el servicio al
ser humano nos obliga a proclamar, oportuna e importunamente,
que cuantos se valen de las nuevas potencialidades de la
ciencia, especialmente en el terreno de las biotecnologías,
nunca han de ignorar las exigencias fundamentales de la ética,
apelando tal vez a una discutible solidaridad que acaba por
discriminar entre vida y vida, con el desprecio de la dignidad
propia de cada ser humano”.
Para que el “testimonio cristiano”
sea escuchado en el mundo, el Papa insiste en que “no se
trata de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe”.
“La caridad se convertirá entonces
necesariamente en servicio a la cultura, a la política, a la
economía, a la familia, para que en todas partes se respeten
los principios fundamentales, de los que depende el destino
del ser humano y el futuro de la civilización”.
Se trata, por tanto, de un desafío que
confía especialmente a los laicos, sumergidos en el mundo. Un
reto que se podrá alcanzar si no se cede a “la tentación
de reducir las comunidades cristianas a agencias sociales”.
En este sentido, los cristianos cuentan
en su testimonio con la ayuda que ofrece el diálogo
interreligioso: sin quitar nada al anuncio cristiano, el diálogo
es una directriz importante para el crecimiento de todos en la
búsqueda de la verdad y en la promoción de la paz, dice.
Y como “signo” del compromiso de
amor de los cristianos el Papa anuncia una decisión
inesperada: Con las ofrendas recibidas en el Año Jubilar, una
vez cubiertos los gastos, se realizará en Roma una obra que
quiere ser símbolo de la floreciente caridad de la que la
Iglesia universal debe continuar realizando en el nuevo
milenio.
La carta está estructurada en
cuatro capítulos:
I. El encuentro con Cristo,
herencia del Gran Jubileo.
Repasa los principales acontecimientos
del Año Jubilar para elevar un himno de alabanza y
“descifrar”, al mismo tiempo, los mensajes que el Espíritu
de Dios ha enviado a la Iglesia a lo largo de este año de
gracia.
II. Un rostro para contemplar.
El Papa
invita a la Iglesia a profundizar en la contemplación
del misterio de Cristo.
III. Caminar desde Cristo.
Insiste el Papa en la necesidad de
orientar la pastoral cristiana hacia una experiencia de fe sólida,
que haga florecer la santidad. El Papa invita a plantearse
ideales elevados y no contentarse con una religiosidad
mediocre.
De aquí la necesidad de hacer
redescubrir la oración en toda la profundidad . Oración
personal, pero sobre todo comunitaria, comenzando por la litúrgica,
“fuente y culmen” de la vida eclesial.
IV. Testigos del amor.
En él afronta el desafío del
testimonio cristiano en los albores del tercer milenio. Un
testimonio, que no será creíble, si los católicos no están
unidos, en “comunión”, y si no camina siguiendo la senda
del ecumenismo hacia la plena unidad de los cristianos.
La Carta concluye afirmando que aunque
la Puerta Santa se cierre, queda abierta más que nunca la
“puerta viva” que es Cristo y que la Iglesia después de
este Año Jubilar no vuelve a lo anodino, sino que le espera
un nuevo impulso apostólico.
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