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El privilegio de conocer a Matías
La muerte es siempre triste; toda
partida definitiva de un ser querido duele mucho, pega fuerte;
más cuando es sorpresiva y ocurre apenas dejando la
adolescencia para entrar en la madurez.
Así fue la partida de Matías hace un
año. Para sus padres el dolor es tan fuerte que parece que el
corazón no puede soportarlo porque todo ese amor que volcaron
en él ha quedado detenido como si no supiera a dónde ir.
Como dijo el sacerdote que celebró la
Misa en su primer mes de aniversario, “su encuentro con
Cristo ya ocurrió” y si está con Dios ya no necesita del
amor humano.
Quienes lo conocieron o conocieron su
historia dicen que Matías fue como un ángel, uno de los
seres especiales que Dios envía a la tierra con una misión
muy clara: sembrar el bien, dejar la semilla en todos cuantos
se crucen en su vida. Eso fue lo que él hizo y esas semillas
fueron creciendo con su amor durante 21 años. No pueden morir
ahora porque desde su dimensión y por su unión con Dios su
amor y su fuerza tienen la intensidad de lo infinito y las
regarán día tras día para que los frutos sean abundantes y
repartidos y compartidos con aquellos que más lo necesitan,
sin distinción de raza ni condición, como Cristo lo hizo y
él lo aprendió de Su Palabra.
Sí, el perder un hijo duele mucho pero
Dios compensa ese dolor cuando, al recordar su vida, sus
padres sólo encuentran alegrías, satisfacciones y enseñanzas
porque no se dio la lógica y fue Matías quien les enseñó
el amor, el respeto y la compasión hacia el prójimo. Y eso
es un privilegio.
Sabemos y asumimos que ya no está
entre nosotros. No podemos oír su voz ni sus risas, ni verlo
caminar entre su papá y su mamá tomándolos del brazo como
dirigiéndolos, ni haciendo la señal de la Cruz y rezando sus
oraciones antes de comer con sus amigos en el restaurante más
simple como en el más elegante, ni podemos escucharlo enseñando
la Palabra de Dios que por once años estudió, aprendió,
transmitió y vivió. Pero si se fue físicamente, su espíritu
quedó acá, en sus padres, su familia, sus amigos, sus compañeros
y profesores del colegio y la universidad, los que
compartieron el servicio militar y en todos cuantos de una u
otra forma tuvimos el privilegio de conocerlo.
Matías fue un ejemplo de que la
juventud no está perdida. El también, como muchos, amaba la
música, componía y cantaba. Pero sus canciones hablan de
amor, de vida, de esperanza. Por eso, como alguien que no
recuerdo dijo, “cuando un amigo nos visita y se va, no
quedemos tristes con su ausencia sino alegres y agradecidos
con el recuerdo de su presencia”.
Teresa Jantus es una escritora católica
argentina residente en Miami.
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