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Después
del Jubileo pide el Papa
Mirar
hacia adelante

El Papa Juan Pablo
II se arrodilla para orar frente a la Puerta Santa antes de
cerrarla el 6 de enero marcando así el fin del Año Santo.
Millones atravesaron la Puerta Santa durante las
celebraciones del Jubileo iniciadas el 25 de diciembre de
1999. (Foto Reuters)
VATICANO
(ZENIT) — Al concluir el Año Jubilar y cerrar la
Puerta Santa, el Papa Juan
Pablo II señaló que el momento presente es “el
momento de mirar hacia adelante”.
Momentos después de dar por concluido
el Año Jubilar 2000, Juan Pablo II hizo pública su nueva
Carta Apostólica ‘Novo Milenio Ineunte’ (El Nuevo Milenio
que se Abre), en la que presenta los nuevo retos para los cristianos en el
nuevo milenio. (Ver pág. 3)
Juan Pablo II puso punto final al
acontecimiento más esperado de su pontificado al cerrar los
batientes de la Puerta Santa. El Pontífice, vestido con una
capa fluvial dorada, antes de subir los peldaños de la Puerta
Santa de la Basílica vaticana, se arrodilló durante intensos
minutos de oración, dando la espalda a los más de cien mil
peregrinos reunidos en la plaza.
Después el Papa presidió la Eucaristía
del día de la Epifanía de Jesús (fiesta de los Reyes Magos)
y, al final de la cual firmó la carta apostólica en la misma
plaza vaticana.
La ceremonia concluyó con un “Te
Deum”, en el que el Obispo de Roma dio gracias a Dios por la
aventura espiritual vivida por los cristianos en estos 379 días
que ha durado este “año de gracia”.
Durante la homilía, al ver a la gente
que no cabía en la plaza,
Juan Pablo II constató: “en el centro de la
catolicidad, la afluencia imponente de peregrinos provenientes
de todos los continentes ha ofrecido este año una imagen
elocuente del camino de los pueblos hacia Cristo”.
Personas
“de las más diversas categorías, venidas con el
deseo de contemplar el rostro de Cristo y de obtener su
misericordia”.
Dijo que “Si bien con la Puerta
Santa, se cierra un 'símbolo' de Cristo, queda más que nunca
abierto el corazón de Cristo. Él sigue diciendo a la
humanidad necesitada de esperanza y de sentido: 'Venid a mí
todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré
descanso'“.
Señaló que “más allá de las
numerosas celebraciones e iniciativas que lo han distinguido,
la gran herencia que nos deja el Jubileo es la experiencia
viva y consoladora del encuentro con Cristo".
La Iglesia, en y tras este año
jubilar, “no vive para sí misma, sino para Cristo”, aclaró.
“Como la luna, no brilla con luz propia, sino que refleja a
Cristo, su Sol”.
Por eso, pidió evitar todo tipo de
“autoexaltación”; al contrario, dijo que "este
Jubileo ha servido para tomar plena conciencia de nuestros
propios límites y de nuestras debilidades”. E indicó que
“no obstante no podemos dejar de vibrar de alegría” por
“las gracias recibidas” y por “la certeza del amor
perenne de Cristo”.
Terminado el Jubileo, “ahora es el
momento de mirar hacia delante. El cristianismo nace, y se
regenera continuamente, a partir de esta contemplación de la
gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo”.
De “esta inmersión en la contemplación
del misterio” debe surgir el gran fruto del Jubileo:
“testimoniar el Amor mediante la práctica de una vida
cristiana marcada por la comunión, por la caridad, por el
testimonio en el mundo”.
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