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El P. Angel Villaronga lleva 50 años entregado a la Palabra de Dios


"Por mi parte no me voy a retirar... porque la palabra de Dios no está encadenada y siempre habrá micrófono para decirla
Foto: Araceli Cantero

Araceli M. Cantero
La Voz Católica

MIAMI—Al contemplar su medio siglo de  vida sacerdotal,  el padre Angel Villaronga no puede menos que entonar un himno de gratitud al Señor.

Lo hizo ante las más de 1,000 personas que le rindieron tributo –honor a quien honor merece.  Y lo hizo con la palabra, la poesía y también cantando.

“Todo lo poco que soy yo te lo ofrezco", repitió varias veces, tomando palabras de la canción litúrgica.

"Todo lo que pude ser y que no he sido… lo pongo en tus manos inmensas pidiendo perdón", cantó al  finalizar un  homenaje en el aniversario de su ordenación sacerdotal, el 17 de febrero.

El acto fue organizado por el Movimiento Familiar Cristiano al que el fraile franciscano ha dedicado sus energías, su salud, su vida entera.

"Todo es gracia", les dijo recordando la frase del cura de aldea en la obra del escritor francés Georges Bernanos.

“Todo ha sido para mí gracia de Dios” insistió mientras relataba  el ‘rosario’ de los eventos de su vida.

El padre Villaronga dio las gracias a Dios por haberle elegido para ser sacerdote y seguidor de San Francisco de Asís, "el santo más parecido a Jesús". Y por haber llegado "a este país hace 50 años y estar hoy entre tanta gente… es gracia de Dios," volvió a decir.  


El P. Villalonga junto a Casa Caná. Foto: Ernesto Lauzardo

"Pero lo más importante es que  hace 50 años Cristo vino a mi vida por la palabra sacerdotal," dijo invitando a todos a acudir a una Misa aniversario el domingo 25 de febrero a las 4 de la tarde en la Iglesia de San Juan Bosco.

"Sea triste mesa sin Misa," les dijo a quienes habían acudido al almuerzo de gala.

Ante todos dio gracias por su ‘vuelta a la vida’, después de un accidente automovilístico en 1963 del que hoy sufre las consecuencias. Y recordó la  profunda fe de su familia y de sus padres quienes, aunque aquel 4 de marzo del 1939 Europa estaba en guerra, permitieron que su hijo de 13 años partiera para España para iniciar su formación franciscana.

El viaje fue en el barco Orinoco y debido a la guerra civil española los barcos no podían tocar puerto en España. Entraron por Lisboa y por 40 días esperaron salvoconducto en un monasterio franciscano. Sin conseguirlo, estaban ya a punto de ser repatriados  cuando cayó Madrid bajo el gene-ralísimo Francisco Franco lo que les permitió cruzar la frontera y llegar al santuario franciscano de Aránzazu en el norte .

Allí, entre 60 jóvenes vascos y una comunidad de 120 religiosos, el muchacho cubano vivió el hambre de la posguerra española, cursó la filosofía y teología, estudió música y curtió su espíritu.

Pudiera decirse que sus años entre las frías montañas de Aránzazu tienen algo que ver con la reciedumbre y porte austero de este sacerdote que reconoce que le cuesta sonreír,  pero a quien no le falta el sentido del humor. 

“No me enseñaron a sonreír de pequeño y eso no se aprende fácilmente…además  no tengo una dentadura  Colgate", bromea al subrayar su amor a la verdad sin rodeos.

"Decir la verdad no es algo agradable, pero yo no he nacido para eso del oportunismo", señala.

Nacido el 15 de septiembre de 1925 en Villagarcía de Arosa, en Galicia, España, el segundo de seis hermanos, su padre emigró a Cuba y ya con trabajo, llevó después a su familia. El joven Angel tenía 8 años y sin más se incorporó a la parroquia de San Francisco en La Habana Vieja, como monaguillo y parte del coro.

Recuerda que "en mis sue-ños de niño, nunca soñé verme amado por una mujer, ni tener unos hijos que me llamaran papá. Soñé  con vestir un hábito misionero como mis tíos; me veía celebrando Misa y en las cosas de Dios".  


A su llegada a Miami en 1961 se despide de las religiosas clarisas exiladas en el mismo vuelo desde Cuba. Foto de Archivo

Ordenado sacerdote a los 25 años, no contó con el calor de la familia en ese día debido a la distancia con Cuba. Le destinaron a Roma a doctorarse y antes de partir sus padres viajaron para su primera Misa el 27 de mayo en el pueblo natal gallego. Fue entonces que vio por primera vez a su hermana pequeña, Vicky que ya tenía 10 años.

Pero el destino a Roma  se cambió por Washington. Algo que no se cumplió por un cambio de provincial para quien "estudiar era un lujo". Y el padre Villaronga regresó a La Habana donde fue organista en la Iglesia de San Antonio de Miramar y pronto cobró fama de predicador de retiros y del Sermón de las Siete  Palabras en Semana Santa. Estuvo al frente de la Juventud Estudiantil Católica (JEC) y se inició en el Movimiento Familiar Cristiano al que ha dedicado su vida.

Ha conocido a cinco Papas,  ha vivido en carne propia los cambios del Concilio Vaticano y ha llevado 32 peregrinaciones a Tierra Santa constatando "el gran impacto que la visita es para la gente".

Puede decir que en medio siglo "he visto nacer y derrum-Viene de la página 17

barse naciones, y he visto el derrumbamiento moral de la sociedad".

Pero sobre todo conoce desde dentro como todo ello ha impactado a la familia "a la que  más que nunca hay que salvar".

Está convencido de que "hay que trabajar para  crear con-ciencia en la familia para que tome en serio su hogar y no prescinda de Dios".

Desde su experiencia les dice a los matrimonios que cuiden la comunicación, que busquen tiempo y lugar para hacerlo y el apoyo de una comunidad, grupos de matrimonios que comparten los mismos valores.

Es la esencia del apostolado familiar que él mismo ayudó a fundar en Miami dos años después de su salida forzada de Cuba.

Aún se recuperaba del accidente de carro, en 1963, que le mantuvo 8 meses en el hospital, cuando Mons. Johh Fitzpatrick , entonces al frente del apostolado hispano, le dio la noticia. Desde entonces el Movimiento Familiar Cristiano  ha realizado  207 Encuentros Familiares por los que han pasado unos 6,300 matrimonios. Ha surgido Casa Caná como lugar de encuentros y actividades y "toda esa gente necesita seguimiento, y con-sejería", dice.

Por  ello, aunque el padre Villaronga está oficialmente ‘jubilado’ dice que trabaja más que nunca. Y a pesar de los contratiempos con su salud subraya que "por mi parte no me voy a retirar…porque la palabra de Dios no está encadenada y siempre habrá algún micrófono para decirla".

Como buen predicador que teje la palabra con las imágenes, echa mano de una parábola para transmitir sus sentimientos y habla de una tinaja vieja y resquebrajada  que le pide a su aguador que la cambie porque "mi agua se va cayendo por el camino".

El sabio aguador le invita a la tinaja a que se fije en el sendero cuajado de flores.

"No estaban antes, le dice. Conociendo tu situación fui sembrando semillas y florecieron  con el agua de tu tinaja. Tú no eres inútil para mi poder de hacedor".u