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Hacia puerto seguro

Aurelio Fernández
Escritor católico residente en Miami

Al visitar uno de los cruceros que zarpan de Miami, recordé escenas acerca del único viaje realizado por aquel lujoso trasatlántico llamado Titanic. Sorprendentemente este coloso naufragó una noche de abril de 1912 tras colisionar con un témpano de hielo causando la muerte a más de 1,500 personas.

La cinta presenta entre fantasía y realidad parte de este drama humano. Por ejemplo, el arrugado rostro de la anciana protagonista es vivo exponente de las muchas historias, romances y momentos de arrojo y valentía que se esconden tras esos encorvados cuerpos a los que, sin el menor recato ni consideración, llamamos “viejos” y de los cuales tanto podemos aprender.

Entre los hechos que sucedieron durante aquellas fatídicas horas es de señalar la actitud del ingeniero del buque. Asumiendo la realidad y desprovisto de todo apasionamiento, evaluó objetivamente los daños sufridos sin el menor vestigio de soberbia profesional, aún cuando la nave, ”su” nave, era calificada por muchos como “insumergible”.

¡Lección y contraste! ¡Cuán a menudo nos aferramos a nuestro criterio o la posición que ocupamos y descalificamos a todos aquellos que no piensan como nosotros! ¡Qué lejos estamos entonces de la humilde declaración de Juan el Bautista cuando, dejando de lado toda vanidad, proclamó a Jesús como alguien a quien él “no era digno de desatar la correa de su sandalia”.

Por su parte los músicos a bordo también plasmaron una de las más conmovedoras páginas donde se recoge el heroísmo anónimo de aquellos que hacen en cada momento lo mejor que saben hacer. Estos hombres decidieron continuar permeando con su música el ambiente caótico y terrible en el que se encontraban y de seguro esta acción movió a más de un protagonista de aquella catástrofe a la reflexión y al sosiego ante lo inevitable.

Cabe preguntarse si somos nosotros capaces también de lograr armonía y transmitir serenidad en todo momento; si mantenemos nuestra fe insumergible ante las borrascas que la vida nos presenta y somos portadores de un mensaje similar a la melodía que se escuchó en aquella aciaga noche y que reza con el salmo: “Si ciegos al mirar mis ojos no te ven, yo creo en Ti Señor, sostén mi fe”.

La vida del cristiano es un navegar enfrentando los escollos que encontramos inmersos a veces en las turbulentas aguas de la duda y la desolación, víctimas otras de la gélida indiferencia que tantas ocasiones amenaza con hacernos zozobrar.

¡Pongamos, pues, proa a la esperanza apoyados en el Señor y roguemos para que en nuestra nave no haya cabida para el clasismo, la arrogancia ni la cobardía! Avancemos tan conscientes de las dificultades como del deseo de vencerlas, sabiendo que tenemos la misión de crear horizontes de paz que lleven a otros al puerto seguro que brinda la confianza y la solidaridad.

¿Cómo lograrlo?  Fácil no es, pero quizás un buen comienzo sea inspirarnos en la imagen que nos brindan los inmortales versos de Machado: “Caminante no hay camino/Se hace camino al andar/Caminante no hay camino / Sólo estelas en la mar”.