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Amar  no es un ritual

Xiomara Pagés
Escritora cubana residente en Miami.

Estaba sentada en una vieja y linda iglesia en el pueblecito de Atenas, en la provincia de Alajuela en Costa Rica. Amo mucho a ese país centroamericano donde viví hace un tiempo.

Allí sentada en el viejo banco rezaba durante la Misa. Me habían pedido que les hablara al final de la celebración dominical sobre la vida, el dolor, mi testimonio de fe.

Durante los rituales me conmovió ver entrar a una pordiosera que fue a sentarse justo al lado del altar. Estaba sucia, harapienta, llena de fango, descalza. Los pocos dientes que tenía estaban manchados y podridos. Su pelo asomaba por debajo de la pañoleta gris de la suciedad. Las uñas eran negras y cortas. Las manos y los pies llenos de callos por recoger basura y comida entre los desperdicios de la calle y caminar todo el día descalza.

En el momento de darnos la paz, cuando todos se acercaban unos a otros y se daban las manos, se abrazaban o se besaban, noté que nadie se le había acercado. No pude contenerme. Sentí en mi corazón la hipocresía de llamarnos cristianos, hijos de Dios y, sin embargo, no éramos capaces de desearle la paz a aquella mujer marginada por la vida y la sociedad.

Salí de mi banco y fui hasta ella. Me recibió sorprendida. Cuando la toqué, sentí su rechazo; temía que me le hubiese acercado. Cuando le toqué la cabeza cubierta por el mugriento pañuelo le dije: “La Paz de Dios esté contigo”. Me di cuenta que devolvía también con una sonrisa mi saludo, pero sólo exclamó “Gracias”.

Luego me arrodillé en mi banquillo. No pude evitar que algunas lágrimas corrieran por mis mejillas. Dios mío, ¿qué hemos hecho de la Iglesia? ¿Es que volvemos de nuevo al tiempo de los fariseos y escribas? ¿Es que somos aún de la raza de ratas y víboras, como los llamó Jesús en su época? Nos hemos quedado con el ritual, la oración memorizada, los movimientos calculados y medidos. ¿Hasta este pequeño pueblecito rural, entre hispanos, ha llegado la frialdad y la indiferencia que rige en las grandes ciudades? ¿Y en el corazón? ¿Qué pasó con los sentimientos? ¿Dónde está la caridad?

Luego, antes de finalizar la Misa, observé a algunos que miraban a aquella anciana senil con crítica y juicio en sus gestos y palabras y que tal vez me juzgaban a mí de igual manera por haberme osado a tocarla. Pero yo subí al púlpito y con mis palabras y testimonio no pude evitar decirles que dejaran de criticar, que se olvidaran de juzgar, que tanto yo como ellos sólo tenemos una misión, sólo uno era el testimonio que podía darles, el de amar: Amar sin condiciones. Y al despedirme del crucifijo y agitar mi mano para decirle adiós a la mendiga, repetí las palabras de Cristo, “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”.