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Cuaresma, 
¿tiempo de renovación o de rutina?

Emma Espinoza
Parroquiana de la iglesia El Buen Pastor en Kendall.

Hay un dicho de la sabiduría popular que me ha dado qué pensar. La palabra “cumplimiento”, dice, está compuesta por dos vocablos: “cumplir” y “miento”. Aunque se refiere a los actos sociales en los cuales nos vemos obligados a participar, esto puede aplicarse a mi vida espiritual especialmente durante este tiempo cuaresmal.

Estos cuarenta días de preparación para celebrar la muerte y resurrección de Jesucristo, es uno de los tiempos más ricos espiritualmente del año litúrgico. De mí depende aprovechar esa riqueza de gracia o sólo “cumplir” y “mentirme” observando los rituales por tradición.

Entramos en la Cuaresma por la humilde puerta del Miércoles de Ceniza. La ceniza es un símbolo penitencial que nos recuerda el material caduco del cual estamos hechos; un signo de humildad, de reconocimiento de nuestros fallos. La ceniza en la frente, ¿significó para mí todo esto o lo hice solamente por costumbre? Cuando hago ayuno y abstinencia, ¿lo hago por “cumplir” una ley o por verdadero amor y sacrificio, orando por los que pasan hambre toda su vida? Cuando participo en la Eucaristía, ¿lo hago con sentido profundo de la presencia real de Cristo entre nosotros o lo hago como algo rutinario?

El Domingo de Ramos al recibir las ramas de palma benditas, ¿reconozco a Jesús como el Mesías y medito sobre el drama que comenzó con su entrada triunfal en Jerusalén, o las recojo por la simple tradición cultural de tener una 'protección' en mi casa? Al besar la Cruz el Viernes Santo, ¿siento veneración hacia este instrumento de suplicio en el que se ofreció Cristo por mí, o lo hago porque todo el mundo lo hace y se vería mal si yo no lo hiciera? El Domingo de Resurrección, ¿celebro con verdadera fe y alegría el triunfo de Cristo o es un pretexto más para hacer una fiesta?

Todos caemos fácilmente en la rutina. Más de un matrimonio se ha roto porque al transcurrir el tiempo, la pareja se mira como algo que no necesita cuidado especial. También en el trabajo, al realizar diariamente las mismas labores, caemos en un modo automático de hacer las cosas, sin esmero o atención. Con la fe sucede lo mismo. La gran tentación de los creyentes es el cansancio, la rutina que se convierte en la repetición de gestos vacíos.

La Cuaresma nos ayuda a esforzarnos espiritualmente. Es un llamado a despertarnos del letargo en que nos sumerge la lucha por la vida diaria en un mundo cargado de materialismo, para darnos cuenta de que tenemos una meta más alta: la unión con Dios. Es tiempo de reflexión y evaluación de nuestra fe pero sin caer en el egoísmo espiritual de concentrarme en mí misma. Ese renacer interior y personal tiene que volcarse hacia el prójimo para que sea legítimo, porque el amor de Dios es una “buena noticia” que tengo que compartir.

Emma Espinoza pertenece a la iglesia El Buen Pastor, en Kendall.