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La
muerte y la resurrección son parte de nuestras vidad
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Mis queridos amigos:
¡Qué rápido cambió la vida para Jesús!
El Domingo de Ramos había recibido la bienvenida a Jerusalén
entre alabanzas con Hossanas y ramas de palmas, saludado
como “Aquel que viene en el nombre del Señor”. Menos de
una semana más tarde era víctima de azotes, burlas y fue
crucificado.
Así también sucede en nuestras vidas.
Justo cuando pensamos que estamos en la cima del mundo, algo
sucede para arruinar nuestra esperanza y felicidad: una
separación, un divorcio, una enfermedad, el desempleo, el
enemistarnos con aquellos a quienes amamos. Aturdidos por
ese sufrimiento, se nos hace difícil creer que las cosas
mejorarán, que la vida cambiará nuevamente y nos brindará
felicidad o al menos un respiro dentro de nuestro dolor.
Estoy seguro de que los apóstoles se
sintieron de la misma manera al presenciar los eventos del
Viernes Santo. Su amado Maestro había muerto. Su dulzura y
sabiduría había sido pagada con odio y violencia. Su
esperanza se había esfumado.
Entonces María Magdalena y otras
mujeres fueron hasta la tumba y la hallaron vacía.
Experimentaron más duda y confusión. ¿Dónde estaría su
cuerpo? ¿Quién pudo haberlo tomado? ¿Por qué?
Eso sucedió hasta que, según nos dice
San Juan, el mismo Jesús se le apareció. Entonces María
regresó hasta los discípulos y les dijo, “He visto al Señor”.
Su fe no era en vano y la de ellos tampoco. Jesús había
resucitado de entre los muertos, como lo decían las
Escrituras. Dios cumplió su promesa: la humanidad había
sido redimida.
No cabe duda en los Evangelios de que
la Resurrección de Cristo fue un hecho: Santo Tomás tocó
las llagas de sus manos y sus pies. Algunos de los discípulos
compartieron una cena con El. Otros conversaron con El en el
camino hacia Emaús.
Una vez se dieron cuenta de la realidad
de la Resurrección los discípulos perdieron el miedo. Su
confusión se convirtió en pasión. Viajaron a través del
mundo predicando las nuevas de la salvación. Padecieron su
propio sufrimiento y murieron por el Reino de Dios.
Ese es el tipo de reacción que debemos
experimentar esta Pascua. Nuestra fe no es en vano, como
tampoco lo es nuestro sufrimiento. Dios ha cumplido su
promesa y ha salvado a su pueblo. Ahora todo el sufrimiento
cobra sentido y significado a través del sufrimiento y la
resurrección de Cristo. Como El, nosotros también
resucitaremos. El cielo está a nuestro alcance.
Esa es la fe a la que debemos
aferrarnos durante nuestro sufrimiento diario. Esa es también
la cruz que debemos esperar cuando nos acostumbramos a la
admiración de los demás, a la riqueza, la alegría o la
seguridad del mundo. Jesús nos mostró el camino. Si El
mismo sufrió por nuestros pecados, estamos llamados a no
hacer menos. Debemos morir a nuestros propios pecados
diariamente. Eso puede ser un proceso doloroso, tal vez
agónico. Pero desde que Jesús resucitó de entre
los muertos, podemos estar seguros de que nuestra propia
resurrección también espera por nosotros.
Ruego para que en esta Pascua lleguemos
a entender, como lo hicieron los apóstoles, que nuestro
tiempo en la tierra es breve. Que experimentaremos el
sufrimiento, la muerte y la resurrección con frecuencia.
Pero que también estamos llamados a otra vida, una vida de
unión con Dios para siempre. Esa vida hará que nuestros
sufrimientos diarios y nuestras experiencias de felicidad
parezcan insignificantes. ¡Esa es la vida en la que debemos
concentrarnos, porque es nuestro el Reino de los Cielos!
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