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La voz del Arzobispo John C. Favalora

La muerte y la resurrección son parte de nuestras vidad

 

 

 

Mis queridos amigos:

¡Qué rápido cambió la vida para Jesús! El Domingo de Ramos había recibido la bienvenida a Jerusalén entre alabanzas con Hossanas y ramas de palmas, saludado como “Aquel que viene en el nombre del Señor”. Menos de una semana más tarde era víctima de azotes, burlas y fue crucificado.

Así también sucede en nuestras vidas. Justo cuando pensamos que estamos en la cima del mundo, algo sucede para arruinar nuestra esperanza y felicidad: una separación, un divorcio, una enfermedad, el desempleo, el enemistarnos con aquellos a quienes amamos. Aturdidos por ese sufrimiento, se nos hace difícil creer que las cosas mejorarán, que la vida cambiará nuevamente y nos brindará felicidad o al menos un respiro dentro de nuestro dolor.

Estoy seguro de que los apóstoles se sintieron de la misma manera al presenciar los eventos del Viernes Santo. Su amado Maestro había muerto. Su dulzura y sabiduría había sido pagada con odio y violencia. Su esperanza se había esfumado.

Entonces María Magdalena y otras mujeres fueron hasta la tumba y la hallaron vacía. Experimentaron más duda y confusión. ¿Dónde estaría su cuerpo? ¿Quién pudo haberlo tomado? ¿Por qué?

Eso sucedió hasta que, según nos dice San Juan, el mismo Jesús se le apareció. Entonces María regresó hasta los discípulos y les dijo, “He visto al Señor”. Su fe no era en vano y la de ellos tampoco. Jesús había resucitado de entre los muertos, como lo decían las Escrituras. Dios cumplió su promesa: la humanidad había sido redimida.

No cabe duda en los Evangelios de que la Resurrección de Cristo fue un hecho: Santo Tomás tocó las llagas de sus manos y sus pies. Algunos de los discípulos compartieron una cena con El. Otros conversaron con El en el camino hacia Emaús.

Una vez se dieron cuenta de la realidad de la Resurrección los discípulos perdieron el miedo. Su confusión se convirtió en pasión. Viajaron a través del mundo predicando las nuevas de la salvación. Padecieron su propio sufrimiento y murieron por el Reino de Dios.

Ese es el tipo de reacción que debemos experimentar esta Pascua. Nuestra fe no es en vano, como tampoco lo es nuestro sufrimiento. Dios ha cumplido su promesa y ha salvado a su pueblo. Ahora todo el sufrimiento cobra sentido y significado a través del sufrimiento y la resurrección de Cristo. Como El, nosotros también resucitaremos. El cielo está a nuestro alcance.

Esa es la fe a la que debemos aferrarnos durante nuestro sufrimiento diario. Esa es también la cruz que debemos esperar cuando nos acostumbramos a la admiración de los demás, a la riqueza, la alegría o la seguridad del mundo. Jesús nos mostró el camino. Si El mismo sufrió por nuestros pecados, estamos llamados a no hacer menos. Debemos morir a nuestros propios pecados diariamente. Eso puede ser un proceso doloroso, tal vez  agónico. Pero desde que Jesús resucitó de entre los muertos, podemos estar seguros de que nuestra propia resurrección también espera por nosotros.

Ruego para que en esta Pascua lleguemos a entender, como lo hicieron los apóstoles, que nuestro tiempo en la tierra es breve. Que experimentaremos el sufrimiento, la muerte y la resurrección con frecuencia. Pero que también estamos llamados a otra vida, una vida de unión con Dios para siempre. Esa vida hará que nuestros sufrimientos diarios y nuestras experiencias de felicidad parezcan insignificantes. ¡Esa es la vida en la que debemos concentrarnos, porque es nuestro el Reino de los Cielos!