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Jesucristo todo y entero en la Eucaristía

Claudio de Castro
Escritor panameño y lector de la edición digital de La Voz Católica, www.vozcatolica.org.

Uno de los recuerdos hermosos que tengo de mi infancia es el del sacerdote que sostenía con una devoción indecible a nuestro Señor. Luego, mientras repartía la comunión, estaba siempre a su lado el monaguillo vestido solemnemente y sujetando una patena para evitar que cayeran partículas de la Hostia consagrada.

Ahora hemos reemplazado la patena con nuestra mano. Y aquello tan  solemne, termina siendo un acto reflejo al que no le prestamos atención.

El domingo, a mi lado, una persona recibió la comunión. En ese instante se desprendió una minúscula partícula de la Hostia y cayó al suelo. Fue tan pequeña y ocurrió tan rápido. Casi en segundos. No pude hacer nada. Desapareció de mi vista y no la vi más. Pareció como si el tiempo se detuviera.

Los santos nos cuentan de los ángeles que bajan del cielo para adorar a nuestro Señor durante la Consagración. Seguramente también ellos miraban horrorizados esta escena.

Jesús quedó en el suelo.

Convertimos nuestra mano en patena para recibir al Rey de la Creación, al Hijo de Dios. Pero en ocasiones actuamos como si no lo supiéramos. No hay ese cuidado infinito que debiéramos tener para recibir a Dios. El tan Santo... y nosotros tan mortales.

El sacerdote coloca la hostia, la recibes, la sujetas con la otra mano y te la llevas a la boca. Pero, espera...¿te detienes a ver si alguna partícula quedó en la palma de tu mano? ¿Verificaste  antes de bajar tu mano?

¿No lo sabías? Si cae una partícula, por pequeña que sea, Jesús queda en el suelo donde puede ser pisoteado. En vez de ser glorificado, es ultrajado.

Es así. Jesucristo, todo y entero, está presente en la Sagrada Eucaristía bajo las apariencias de pan y vino. Está presente simultáneamente en cada una de las hostias consagradas en cada altar de todo el mundo y en cada cáliz consagrado dondequiera que la Misa se celebre. Más todavía: Jesús todo y entero, está presente en cada partícula de cada hostia consagrada y en cada gota de vino consagrado. Si la sagrada hostia se divide –como lo hace el sacerdote durante la Misa—, Jesús está totalmente presente en cada una de las partes. Si cayera una partícula de hostia consagrada o se derramara una gota del cáliz, Jesús estará presente en esa partícula y en esa gota.