|
Lo que importa es lo que
tenemos dentro

Víctor M. Martell
Presidente del distrito sur de la Sociedad San Vicente de
Paul.
Estaba un vendedor de globos con su
mercancía en la mano. Llevaba globos de todas formas y
brillantes colores. Sin embargo, tenía un problema: a pesar
de ese gran colorido, apenas llamaba la atención de los niños
y niñas que estaban en el parque y mucho menos de los padres
que los acompañaban.
De repente hizo algo extraño: soltó
un globo que subió a lo más alto del cielo. Al verlo, un niño
gritó: “¡Mira, mamá, un globo!” Poco a poco se fueron
sumando más y más personas a contemplar el ascenso.
El vendedor entonces, al ver aquella
reacción, soltó dos globos atados. Así todos comenzaron a
rodearlo para comprarle aquellos hermosos globos que subían y
subían.
A pesar de que gastó dinero al soltar
algunos de sus globos consiguió que la gente, al acercarse a
ver su mercancía, los comprara. Muchos niños y niñas ya
caminaban por el parque felices con sus globos.
Al mirar a su alrededor, el vendedor de
globos observó un niño diferente quien, con lágrimas en los
ojos, miraba con tristeza los globos que seguían subiendo. El
vendedor le ofreció un globo de muchos y vivos colores pero
el niño rehusó tomarlo.
El color de su piel le apartaba de los
demás.
El vendedor le preguntó por qué no lo
tomaba y el niño, con su voz suave, le respondió con una
pregunta: "¿Usted cree que el globo negro que tiene en
el montón podrá subir como los otros?"
El vendedor comprendió su inquietud y
le dijo: "Haz tú mismo la prueba. Suéltalo y verás cómo
tu globo sube igual que los demás".
Con ansiedad el niño soltó el globo y
contempló con alegría cómo su globo negro ascendía
velozmente como los otros. ¡Qué gran felicidad irradiaba su
carita!
El sabio vendedor le dijo: "Mira
pequeño, lo que hace subir al globo no es la forma ni el
color, sino lo que tiene dentro".
¡Qué importante es el que
comprendamos esa frase! ¡Cúantas veces, sin darnos cuenta,
discriminamos contra los demás! Y no sólo por la raza, ya
que hay muchas formas de separar y titular a las personas que
conocemos.
Si anhelamos seguir las huellas de
Cristo, no podemos discriminar. El nunca lo hizo y El es
nuestro Divino Maestro.
A veces discriminamos hacia una persona
porque nos parece fea, es mujer o muy joven, no habla inglés
o no tiene dinero, está en el país ilegalmente o tiene un
impedimento, no es católica,
no piensa como nosotros o no es de nuestro país. Así
podemos citar cientos de motivos.
¿Quiénes somos nosotros para juzgar?
En esta ciudad en la que somos uno más
dentro del gran número de personas de diferentes razas,
debemos ver a nuestro prójimo como un hermano. Lejos de
rechazarle debemos ayudarlo, atraerlo para poner fin a las
luchas fraticidas y para que juntos construyamos una mejor
sociedad.
|