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El paso de un santo por Chile

L. Jerónimo Sáa Jiménez
Escritor chileno con residencia en Miami.

Siempre se piensa que un santo es una persona muy especial, muy distinta y muy distante de nosotros, como que vive en otro mundo y es de otra naturaleza. Sin embargo yo personalmente conocí y traté con alguien que pronto estará en los altares  ya que el Santo Padre, en solemne ceremonia en Roma el 16 de octubre de 1994, lo declaró como Beato. Me refiero al sacerdote jesuita chileno, Padre Alberto Hurtado Cruchaga.

Estaba yo en Mendoza esperando ciertos documentos para volver a Chile cuando alguien me presentó a un joven sacerdote que recién se había doctorado en Psicología y Pedagogía en la Universidad de Lovaina y volvía a Chile para iniciar su labor sacerdotal. Como compatriota de inmediato me trató como amigo y me invitó para que, vueltos a nuestro país, me involucrara en ciertas actividades culturales y sociales.

Fue así que estando ya en Santiago tomé nuevo contacto con él, que residía en el Colegio de San Ignacio; esto fue por el año 1936. Yo había ingresado a la Universidad Católica y cursaba el primer año de Ingeniería. En esa circunstancia el padre Hurtado pasó a ser mi consejero y director espiritual. Luego tuve la suerte de asistir con un numeroso grupo de universitarios a un retiro con él. Aún recuerdo algunos de los puntos de meditación que nos impactaron profundamente.

Nos decía, “tengan confianza que el Señor no es tan estricto ni tan severo como somos nosotros con nuestros semejantes; El nos conoce muy bien y sabe de nuestras debilidades y flaquezas, nos perdona y nos da su gracia para salir adelante. Tengamos fe y confianza en ‘nuestro patroncito Dios’, que El nos ama”.

Mantuve constante relación con el padre Hurtado quien había sido designado Asesor de la Acción Católica de los jóvenes en la Arquidiócesis de Santiago y luego Asesor Nacional. Era incansable y sin embargo atendía a los que íbamos a dialogar con él como si tuviera todo el tiempo disponible para cada uno.

Como chileno, era orgullo de la Patria. Entre sus muchos escritos  se encuentra el siguiente: “Amo a mi Patria y quisiera que nos sacudiera a todos un noble deseo de superación y progreso”. Su trabajo en el campo social  lo acercaba a los más pobres y así inició la extraordinaria labor del “Hogar de Cristo”, que provee techo y comida a una cantidad increíble de niños y ancianos a través de todo el país, orientación de trabajo y atención médica para enfermos terminales.  Su última gran obra que perdura floreciente hasta nuestros días es la revista Mensaje cuya finalidad, como él describía, es la “formación religiosasocialfilosófica… ¡Orientar! Ser el testimonio de la presencia de la Iglesia en el mundo contemporáneo”.

El Señor se lo llevó  muy joven a los 51 años  y miles de chilenos lo acompañamos en el funeral. El obispo Manuel Larraín, su antiguo compañero y amigo lo despidió, recordando a este hombre admirable que recibió el diagnóstico de un cáncer irremediable entregándose a la voluntad del Señor y repitiendo lo que siempre estaba en sus labios: “Contento Señor, contento”.