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Conocer a Dios
es algo que lleva toda una vida
Zulema Biasi
Coordina el Ministerio en Contra de las Drogas de la parroquia
San Esteban en Miramar
Según
José Martí la educación “comienza en la cuna y termina en
la tumba”. El conocimiento de Dios también nos lleva toda
la vida.
Llegué a ser madre conociendo estos
principios pero dándole una mala interpretación. La educación
era para mí dar buenos ejemplos y formación académica. Una
familia bien constituida y con medios para enviar a los hijos
a buenas escuelas tenía la felicidad asegurada. Conocer a
Dios significaba saber que
existe y cumplir sus mandamientos toda nuestra vida.
Me pregunto cuántos llegamos a la
paternidad con los mejores deseos de hacer un buen trabajo con
nuestros hijos pero con las mismas carencias.
No medí las influencias y tentaciones
que mis hijos enfrentarían cuando dejaran de estar bajo mi
vigilancia; sólo les enseñé lo que no debían hacer sin
inculcarles el deseo de no hacerlo. Los hice esclavos de la
necesidad de bienes materiales porque les permití pensar que
con seguridad económica y respetando la moral y las buenas
costumbres tendrían una vida feliz. ¡Qué simple! Ahí tenían
a Dios y la educación que, dijo Martí, tomaba toda nuestra
existencia.
Hoy comprendo que al negarles a mis
hijos una buena formación espiritual los eduqué más para la
esclavitud que para la libertad. Educación y conocimiento de
Dios nos permiten ser libres en cualquier circunstancia. Si
realmente conocemos a Dios no necesitamos riquezas materiales
para ser felices ni dependeremos de otros humanos para
sentirnos fuertes.
Muchos buscan en el alcohol y la droga
la libertad, la felicidad y la fortaleza para sólo encontrar
una prisión y mucho dolor. Esto lo aprendí sufriendo y
viendo sufrir a mi familia. También aprendí que debí haber
buscado otros conocimientos y medios para fortalecer nuestro
espíritu y el de nuestros hijos. ¡Qué distinta hubiera sido
la vida de mi hijo si yo lo hubiera sabido antes de que él
probara la marihuana! Hubiese enriquecido mi alma con las
lecturas de grandes pensadores como San Agustín, San Juan de
la Cruz, Santa Teresa de Avila y aquellos que, sin saberlo,
llevan en sus corazones la luz y la guía del Espíritu Santo.
Con sus reflexiones nos ayudan a superarnos para que podamos
cumplir con la misión que Dios nos confió: cuidar su creación,
que no es otra cosa que
lo que llamamos “responsabilidad paterna”.
Pero cumplir con ese deber no significa
solamente trabajar para cubrir necesidades materiales. Tenemos
que mostrarles el camino a una vida interior para que sepan
respetarse a sí mismos sabiendo que en su cuerpo se encierra
el Espíritu Santo, la armadura que bien cuidada los protegerá
siempre.
En este periódico, su parroquia, el
Centro Espiritual Carmelita y otros lugares puede encontrar
información sobre clases, retiros y actividades para
iniciarle en una espiritualidad activa que le evite
sufrimientos inútiles. También puede buscar recursos en las
bibliotecas públicas. Por el bien de todos, con nuestro
esfuerzo y con Dios todo se puede.
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