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Ser madre es más que recibir flores

Hada María Morales
Escritora católica nicaragüense residente en Miami.

¡No en vano se dice que los años van marcando y la experiencia vivida nos va colmando de sabiduría!

Cuando somos jóvenes la vida tiene una connotación como de eternidad y el tic-tac del reloj acumulando horas, días, semanas y años no es algo que nos preocupe y ocupe. Vemos las cosas con demasiada naturalidad y no tomamos tiempo para observar detenidamente lo que nos rodea. Estamos demasiado absortos en otras “cosas grandes” y los llamados detalles no acaparan nuestra atención.

¡Esa es ley de la vida! No fui una excepción; a medida que mi calendario sumaba hojas, mi capacidad de observar se fue agudizando, encontrando belleza en la gente y en las cosas que me rodeaban.

Una de las cosas que más atesoro es que la figura romántica de la madre con un ramo de rosas entre las manos no es tan fiel a la realidad. Yo daba por sentado que “madre” era un concepto muy general y en mi mundo joven, cuando contaba con menos abriles en mi haber, todas las madres eran iguales. Pero quiso mi Señor en su gran sabiduría que pudiera ver tantas mujeres, no como en esas postales del Día de las Madres, sino en la realidad de sus corazones palpitantes y sus manos entregadas a la lucha de acunar corazones y tejer el futuro de sus hijos.

Observé detenidamente a estas madres y la mayoría no tenía aquel ramo de rosas en sus manos. Unas tenían un arado pues eran campesinas labrando la tierra y arrancándole el pan para sus hijos. Algunas tenían una escoba, trabajando como empleadas domésticas a miles de millas de sus pueblos natales y recogiendo con el sudor de su frente el fruto de su trabajo para luego enviarlo a su familia.

A muchas las vi arrodilladas y con una Biblia entre sus manos buscando el rostro de su Salvador y clamando por la salvación y la protección de sus seres amados. Y unas cuantas estaban paradas a las puertas de los burdeles, tratando de apurar el trago amargo de ganarse la vida vendiendo sus cuerpos para dar de comer a sus hijos.

Conocimos una madre que, sin ser madre biológica, asistía con sus manos amorosas a quienes vivieron privados de amor: Madre Teresa de Calcuta, madre de los abandonados. En contraste con su paz, vemos día a día a otras que corren de prisa y taconeando con un estrés muy grande, con “beepers”, celulares y maletines ejecutivos. Son las supermujeres de hoy, atrapadas entre el anhelo por el éxito y el amor a sus familias. Otras son como María, la Madre de Jesús, que amó a su bebé, su adolescente, su hijo ya hombre como amamos las madres de hoy a nuestros propios hijos.

Te recuerdo que mi Salvador ha puesto un tesoro en tu corazón: el poder del amor y la esperanza en El. Ahí, en ti misma, está; no tienes que buscarlo en ninguna parte. Puedo verlo extendiéndote sus manos colmadas de ternura, paz y sustento. Pon en ellas tu carga y abandónate en El, quien ha prometido cuidar de ti y de los tuyos. Su amor es fiel y eterna su misericordia.